Cuentos filosóficos del mundo entero
EL SUEÑO DE LA MARIPOSA
La idea de que toda vida es cuestionable, de que toda percepción puede ser engañosa, de que todo juicio puede rebatirse, de que toda afirmación que parece objetiva encierra una parte secreta de arbitrariedad, dicha idea corre por el mundo desde que el pensamiento dejó sus primeras huellas.
Una historia china muy célebre trata de lleno de estas dudas del espíritu. Chuang-tzu nos la ha transmitido.
Un hombre sueña que es una mariposa. Revolotea con gracia de flor en flor, abriendo y cerrando sus alas, sin el más mínimo recuerdo de su naturaleza humana.
Cuando despierta, se da cuenta con sorpresa de que es un hombre. Pero ¿es un hombre que acaba de soñar que era una mariposa? ¿O una mariposa que sueña que era un hombre?
Dicen que nunca pudo responder a esta pregunta.
Ese relato tan borgiano es uno de las decenas de cuentos orales anónimos que Jean-Claude Carrière (1931-2021), novelista, dramaturgo y guionista de algunas películas de Buñuel, Miloš Forman y Godard, reunió en el volumen El círculo de los mentirosos, que reedita Lumen con traducción de Néstor Busquets bajo el título Cuentos filosóficos del mundo entero.
“¿En qué etapa comienza una civilización? -se pregunta Jean-Claude Carrière con lúcida mirada en el prólogo, ‘Aquí hay luz’- ¿Por qué signos la reconocemos? Quizá con este indicio concreto: un hombre, o una mujer, o un grupo de hombres y mujeres, se aparta, en un momento dado, de la tradición mítica, de la repetición de las verdades primeras, para inventar una situación, unos personajes, una acción estructurada, una palabra final, una historia.
Ha nacido el autor, aunque sea anónimo. Es el primer mentiroso colectivo (conoceremos millones más). Su historia es una falsedad, una fabulación, pero ha gustado, será repetida, acaba de penetrar sin esfuerzo en la existencia cotidiana, de la que no se desgajarán jamás. La mentira, bajo una forma narrativa, se convierte así en el aliado de todos, el maestro de la vida, el lazo de unión, lo inseparable.
No ha bastado el mito, ni la fábula, ni la epopeya. Tomando elementos de unos y otros, ha aparecido otro tipo de historias, que incluso podríamos llamar metafísicas, ya que nos obligan también a deformar este mundo, a darle sabor, a abandonarlo para regresar mejor a él, como si la única forma de comprenderlo y domesticarlo fuera mirarlo de lejos un instante, no ver en él más que la débil copia de otra cosa, un modelo perdido, un ideal frustrado.
En el preciso instante en que la civilización se afirma, en que inscribe en la piedra su gloria, algo nos advierte, de forma irónica y discreta, que sólo tenemos en las manos un borrador, o un desecho.”
En esos textos narrativos breves, tradicionales en su mayor parte y originados en los cinco continentes, están las respuestas ancestrales que el hombre ha dado a lo largo de los siglos a las preguntas sobre la vida. Respuestas que asumen la forma de narraciones que en las distintas culturas intentan iluminar las incertidumbres que plantea el mundo y la existencia.
Carrière invirtió un cuarto de siglo en recopilar esos relatos, en recontarlos con su propia voz y en organizarlos en un volumen coherente que no es una simple recopilación, sino una reorganización que los presenta, a veces con un comentario introductorio, casi como un manual de filosofía en veintiuna secciones temáticas de cuentos, leyendas, parábolas o fábulas que giran en torno a cuestiones como el sueño y la realidad, la identidad y la muerte, el conocimiento y la justicia, el poder y la risa, el tiempo o la verdad, la locura y la sabiduría.
“A menudo -escribe Carrière- estas historias nos sorprenden, nos hacen reír, que es una manera de ponernos en alerta y también de desarmarnos. El que se ríe, acepta más fácilmente lo inaceptable y también lo insolente y oscuro.
A menudo concluyen con una nota indefinida, que parece negarse a concluir, que ensancha nuestra mirada, que prolonga la situación hasta las fronteras del misterio. A menudo son hermosas -es cuanto podemos decir de ellas-, pero su belleza es, ante todo, evidentemente filosófica.”
A esos mentirosos que inventaron las mejores historias de la humanidad en todo el mundo porque conocían la verdad, Carrière los pone, con su propia voz, al servicio del conocimiento, a configurar una filosofía para la vida, un camino hacia la sabiduría a través de los relatos tradicionales.
Chinas y judías, persas y japonesas, africanas y europeas, americanas y sufíes, abiertas en su significado, ambiguas e inquietantes, alejadas del prejuicio moral y de la orientación de la moraleja, el legado de estas narraciones que resumen la sabiduría oral y multicultural de la humanidad va más allá de la literatura para adentrarse en el terreno más amplio de la experiencia y el conocimiento. Así ocurre en este relato:
LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE
La historia más famosa que encontramos a cada paso en cuanto abordamos los territorios del conocimiento es sin lugar a dudas de origen indio. Pero los sufís, y más tarde otras tradiciones, la han retomado y adaptado muchas veces.
Transcurre en un pueblo donde todos los habitantes eran ciegos. No muy lejos de allí pasó un rey increíblemente bien vestido. Este rey viajaba a lomos de un elefante, animal desconocido en aquel lugar de la tierra.
Varios ciegos, al oír hablar de un nuevo animal, al parecer formidable, se presentaron en delegación ante el rey y su corte. Les autorizaron a tocar el elefante, el cual no opuso resistencia.
Cuando regresaron a su pueblo, un gran número de ciegos los rodeó y les pidió una descripción del extraordinario animal.
El primer ciego, que sólo había tocado la oreja del elefante, dijo:
—Es un animal ancho y liso, un poco rugoso, como un viejo tapiz.
El segundo, que había tocado la trompa, les dijo a los otros ciegos:
—Es largo, móvil y hueco. Tiene mucha fuerza.
El tercer ciego, que había tocado una pata, dijo:
—Es sólido y estable, como una columna.
Obviamente los habitantes del pueblo no quedaron satisfechos y pidieron más detalles, pero los tres ciegos fueron incapaces de ponerse de acuerdo. El tono de la discusión aumentó.
Empezaron a pelearse a puñetazos, a golpes de bastón, y se hicieron daño.
Algunos ciegos, más sabios que los otros, sugirieron que, para obtener una descripción más completa de la montura, se enviase una nueva delegación al rey. Para formar la delegación, lo que llevó bastante tiempo, se escogió a los ciegos más inteligentes.
Pero, cuando llegaron, el rey y toda su corte se habían ido.
Y, como en toda la literatura, el tema de la muerte constituye un elemento central en esta recopilación, en la que uno de los capítulos se titula “Y la muerte es nuestro único personaje”. Lo abre este magnífico relato sufí, reescrito por Carrière y antes por Cocteau. Y entre nosotros por Borges, García Márquez o Cortázar en unos cursos de escritura en Berkeley y por Bernardo Atxaga en Obabakoak.
Su tema es la amenaza impredecible de la muerte. La versión que recoge Carrière es la del poeta persa del s. XII Farid ud-Din Attar:
ESTA NOCHE EN SAMARKANDA
La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.
Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:
—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.
—¿Por qué?
—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
—¿La muerte?
—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.
—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?
—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.
El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.
Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.
—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.
—Te escucho.
—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:
—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.
—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.
—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.

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