Curso de filosofía de Dardo Scavino
En abril de 2001, una productora de televisión me propuso rodar catorce episodios de una serie basada en esta pregunta: ¿Qué es la filosofía? Yo tenía que encargarme del guion, y ellos buscarían a un director para llevarlo a la pantalla. Se trataría de un documental, evidentemente. Aunque habría también teatralizaciones de hitos de la historia de esta disciplina interpretadas por actores. La idea me encantó y propuse una sola modificación, menor, del proyecto: en lugar de preguntarnos qué es, ¿qué tal preguntarnos qué hace la filosofía? Ningún problema, me dijeron. Al principio no llegaba a imaginarme por dónde podría empezar, pero me fui entusiasmando y me pasé unos cuantos meses escribiendo hasta reunir una centena de páginas de borradores. Antes de que pudiera enviarles los primeros esbozos del libreto, una crisis financiera arrasó la economía argentina y sucedió lo que sospechaba: todo quedó en agua de borrajas. Así que deposité el texto en un cajón de mi escritorio y me olvidé del asunto. O no tanto, porque la carpeta naranja permaneció ahí durante años sin que me atreviera a tocarla para no revivir mi decepción. Ignoro por qué dos décadas más tarde me vinieron ganas de echarle de vuelta una ojeada. Los borradores estaban plagados de nombres propios, frases sueltas, citas de filósofos, indicaciones someras. Pero a pesar de los años, volvieron a mi memoria algunos de los episodios que hubiese querido filmar.
Así evoca Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964), profesor universitario en Pau, la génesis de su Curso de filosofía que acaba de publicar Anagrama en su colección Argumentos.
Aquel guion arrancaba con una escena en la que un hombre peregrinaba en el siglo V a.C. desde Atenas hasta Delfos para consultar a la joven pitonisa que revelaba los oráculos délficos en aquel santuario. La pregunta era esta: «Dime, ¿hay en el mundo alguien más sabio que Sócrates?» La hacía el peregrino Querefonte, amigo personal de Sócrates. Y la respuesta de la muchacha en trance fue que no había nadie más sabio que Socrates.
Si había alguien consciente de su propia ignorancia, ese era Sócrates, precisamente. A tal punto que, durante años, había recorrido las calles de la ciudad interrogando a otros acerca de los asuntos que supuestamente conocían. Al militar le preguntaba qué era el coraje. Al magistrado, la justicia. Al político, el gobierno. Y así sucesivamente. Esperaba que estos especialistas lo instruyeran acerca de esas cuestiones. Pero cuando empezaba a pedirles aclaraciones acerca de sus respuestas, saltaba a la vista que tampoco conocían muy bien el tema. Sócrates comprendió entonces por qué la pitonisa había respondido que era el más sabio de los hombres. No porque supiera más que los demás sino porque, a diferencia de ellos, conocía su ignorancia. El famoso «Solo sé que no sé nada» proviene de esta misma historia: los hombres se la pasan diciendo que tal acto de gobierno es justo o no; tal general, astuto o incompetente; tal persona, bella o fea. Discuten, se pelean, recurren incluso a la violencia si alguien ofende sus creencias. Y resulta que son perfectamente incapaces de definir cosas como la justicia, la astucia o la belleza. No hay ningún otro animal que posea esa capacidad de expresarse en un lenguaje articulado. Aunque, por regla general, no sepa muy bien qué dice. Ni qué ideas defiende. Así y todo, se muestra a veces dispuesto a matar y morir por ellas.
Esa escena, inspirada en la platónica Apología de Sócrates, sirve también de punto narrativo de arranque de este apretado e intenso Curso de filosofía, que en los catorce capítulos, que reproducen y evocan el plan de la serie documental frustrada, recorre los asuntos centrales de la historia del pensamiento filosófico con una perspectiva actual y una mirada cercana.
Una mirada que conecta el mundo socrático con la actualidad y los sofistas con porque en una democracia que, como se había platón, estaba siempre en un equilibrio inestable entre la tiranía y la demagogia, “los sofistas habían encontrado otra solución al problema: había que elaborar discursos persuasivos para las masas que gobernaban la polis. Una arenga convincente no tiene por qué basarse en un argumento irrebatible, y un discurso seductor no debe ser necesariamente racional. Así, en lugar de enseñarles a los políticos cómo demostrar lógicamente una tesis, los sofistas les enseñaban cómo cautivar a las masas. Y los políticos los remuneraban muy bien por este valioso servicio, como lo harían más tarde con los especialistas del marketing y la comunicación. Imagínense ustedes una ciudad en la que las mayorías deciden cuáles son las leyes justas y las medidas benéficas: ese poder de persuasión es un poder enorme. Y a Platón esto le molestaba, porque los sofistas no sabían qué era la justicia, la valentía o la belleza. Sabían solamente proferir discursos sugestivos, y en vez de apoyar a las personas idóneas para gobernar la polis, los ciudadanos apoyaban a quienes los hechizaban con palabras. Y al arte de estos hechizos Platón lo llamaba psychagogia: la conducción de las almas.”
Desde el método socrático de la mayéutica y el arte de las parteras de Spinoza a Kant y la relación entre la esencia y la existencia, del “Sólo sé que no sé nada” al heraclitiano “Conócete a ti mismo”, con Platón y Sócrates como hilos conductores, “filosofar -explica Scavino- no consiste en elaborar grandes teorías acerca de lo divino y lo humano. Consiste en extraer los saberes tácitos de algún discurso, poco importa si se trata de una opinión sin sustento o de una ciencia muy fundamentada. Los filósofos, por supuesto, siempre teorizaron, y todavía hoy siguen haciéndolo, como lo hacían también los presocráticos, a quienes la tradición incluye en el conjunto de los «filósofos», aunque todavía no hicieran lo que haría, justamente, Sócrates. En vez de dedicarse a observar los fenómenos naturales, él escuchaba a sus compatriotas.”
Y así estas páginas son un recorrido desde la Política de Aristóteles a la “sapienza volgare” de Vico, de Al-Kwarismi a Hegel, de la mayéutica a la fenomenología, del razonar al contar, de los ríos a los sueños, de Platón a Heidegger, del realismo al nominalismo, del círculo hermenéutico a la voluntad nietzscheana, de Hume a Bachelard, de la razón cartesiana a la lógica de los límites de Wittgenstein, del pensamiento político de Hobbes a la teoría crítica de Walter Benjamin.
Un recorrido que explora la relaciones entre el lenguaje y la filosofía, lo mismo y lo otro, la multiplicidad del ser, el conocimiento y la paradoja y que culmina en un último episodio, que compara a Sócrates con Cristo a propósito de un diálogo entre Jesús y Nicodemo en el que recurre a la idea socrática del parto del espíritu, porque “aunque uno apostara por la razón y el otro por el amor, Sócrates y Jesús tenían un objetivo común: la redención de sus congéneres” y ambos “pagaron con sus vidas esa pretensión de cambiar las otras y de introducir una ruptura entre lo viejo y lo nuevo. Al ateniense se lo acusó de haber tratado con impiedad y perversión a los jóvenes. Y las acusaciones contra el nazareno no fueron muy diferentes.”
Este es el último párrafo del libro, que vuelve a su punto de partida y a su escenario inicial en el templo oracular de Delfos con la visión de una joven que inevitablemente evoca a la sibila. Una muchacha a la que -inevitablemente también- le dirige una pregunta socrática:
Mientras me paseo por el antiguo templo de Delfos, diviso entonces a una joven con una gran capelina y un vestido claro y largo, que también camina entre las ruinas, indiferente a los turistas, los arqueólogos y el suplicio del calor. Sospecho que se trata de una estudiante de Historia Antigua o Lenguas Clásicas que habría venido a visitar los restos de este santuario después de haber escuchado una adaptación moderna de los Himnos délficos a Apolo. Me sorprende, en todo caso, que pase entre los vestigios con una elegante soltura a pesar de ir tecleando a toda prisa un mensaje en su smartphone. Y también que ande descalza sin temor a los restos de latas y botellas encasquilladas entre las rocas. Cuando paso junto a ella, me atrevo a dirigirle la palabra: «Buen día, disculpa que te moleste, ¿te parece que hay una ciencia más importante que la filosofía?». Se sobresalta, me mira como si yo fuera un extraterrestre y empieza a reírse a carcajadas. Y yo con ella.

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