La Ilustración. Y por qué sigue siendo importante para nosotros
Escribí este libro para responder a dos preguntas estrechamente relacionadas: qué es –o qué fue– «la Ilustración» y por qué sigue siendo importante para nosotros. Sea cual sea la respuesta a estas preguntas –si es que la hay–, es evidente que lo que en español se conoció como Ilustración, en alemán como Aufklärung, en francés como Lumières, en italiano como Illuminismo, en inglés como Enlightenment y en danés como Oplysningstiden ha sido, y sigue siendo, objeto de un debate persistente y a menudo encarnizadamente polémico, que va mucho más allá de lo que el filósofo escocés David Hume llamaba las «celdas y escritorios» de la vida académica. Pues la Ilustración, fuera lo que fuese además de eso, fue siempre un movimiento proteico, compuesto por filósofos, ensayistas, poetas, dramaturgos, científicos de la naturaleza e incluso músicos.
Fechado en enero de 2026, así comienza Anthony Pagden el nuevo Prólogo a la edición española de su monumental La Ilustración, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo con traducción de Pepa Linares.
Atendiendo por encima de todo a ese carácter proteico de la Ilustración, a su genealogía, su instauración y su desarrollo, a la multiplicidad de sus manifestaciones e implicaciones y a la trascendencia de sus postulados en la configuración del mundo moderno, Pagden reivindica el legado de la Ilustración como base constitutiva y seña de la identidad cultural, social y política de Europa y la persistencia de sus valores en la actualidad. Así lo resume al final de su excelente Prólogo a la edición española:
Por un lado están aquellos –los populistas y los nacionalistas– que afirman que no existen valores universales, que todos los seres humanos construyen sus universos propios según su distinta comprensión del bien, y que esto está determinado únicamente por las sociedades y las comunidades en las que viven. Están quienes argumentan que existen «valores europeos», que son «individualistas», y «valores asiáticos», que son colectivos. Luego hay afirmaciones aún más constreñidas de que cada comunidad, cada pueblo, cada nación tiene su propio conjunto particular de ideas sobre lo que constituye el «bien», y que nadie fuera de esa comunidad está en posición de determinar o juzgar adecuadamente. Están los defensores de la «política de la identidad» que argumentan que existe, digamos, una identidad nacional «francesa» que es en muchos aspectos incompatible con una identidad nacional «española». Y luego, por supuesto, están los grandes sistemas religiosos monoteístas –el judaísmo, el cristianismo y el islam–, cada uno de los cuales afirma que sí existen valores universales, códigos universales de creencia, sistemas universales de derecho, pero que estos han sido dictados, «revelados» a cada pueblo por una única deidad creadora. Los defensores de cada uno de estos argumentos están de acuerdo en algunos puntos; en la mayoría no. Todos ellos, a su manera, son enemigos de la Ilustración.
Por otro lado están quienes creen en los derechos, en la igualdad (en particular en la igualdad entre los sexos y entre las razas), en la necesaria universalidad de todos los objetivos humanos, por muy variadas que puedan ser sus manifestaciones individuales políticas e incluso jurídicas. Los que creen que, más allá de qué libertades concretas podamos disfrutar como individuos, estas solo pueden ser garantizadas por leyes fundamentadas en principios que son comunes a toda la humanidad y, de manera crucial, que todas esas leyes, y todos los principios morales que las sustentan, son humanos, no divinos. Estos, podríamos decir, son los valores que la Ilustración, la Ilustración de Hume y Diderot, de Kant y Campomanes, nos ha legado. La Ilustración, pues, sigue siendo importante porque nosotros, en Europa, en «Occidente», somos sus herederos. Es por ello que no nos puede resultar indiferente comprender plenamente qué fue.”
Enfocado con una perspectiva rigurosa, pero amplia y abierta, el espléndido ensayo de Pagden es uno de los estudios de conjunto sobre historia de la cultura y de la filosofía más relevantes que se han escrito en torno a la Ilustración.
Ambiciosa en sus planteamientos y espléndida en sus resultados, la ilustración, de Anthony Pagden se ha convertido desde la publicación de su edición original en 2013 en una ineludible referencia bibliográfica y en una obra imprescindible para entender la modernidad y su confianza optimista en el conocimiento, la defensa de la dignidad humana, de la libertad y la autonomía personal del individuo.
Y así aborda este ensayo el pensamiento crítico ilustrado y su visión universalista como impulso intelectual y ético de un hombre más pensante que creyente, porque “se necesitaba también una filosofía independiente no sólo de las premisas inflexibles e indemostrables de la religión, sino de toda certeza dogmática -de los «prejuicios», en otras palabras-; una filosofía capaz de explicar la naturaleza cambiante del mundo exterior y, sobre todo, los continuos cambios de las percepciones, las pasiones y las creencias del animal humano.”
Esa razón crítica sería la fundamentación de una nueva ciencia del hombre (de la antropología a la historia, de la geografía a la lingüística o la filosofía), el descubrimiento del individuo en la república de la naturaleza, la defensa de la civilización y la gran sociedad humana, para cerrar la obra con una conclusión sobre los enemigos de la Ilustración.
Con la solidez de su estudio, su abrumadora documentación y su profundidad analítica, Pagden destapa también en estas páginas la falta de fundamento de la crítica romántica, tan combativa generalmente contra el racionalismo ilustrado, pero a la vez tan simplificadora y tan poco consciente de su deuda con la Ilustración, porque -afirma Pagden- “entre las muchas divisiones ideológicas del mundo moderno, una de las más persistentes, complejas y polémicas es la disputa sobre la herencia de la Ilustración. La Ilustración -periodo de la historia europea que se extiende aproximadamente desde la última década del siglo XVII hasta la primera del siglo XIX- ejerció una influencia mucho más profunda y constante en la formación del mundo moderno que las anteriores convulsiones de signo intelectual. Aunque el Renacimiento y la Reforma transformaron también de un modo irreversible primero las culturas europeas y posteriormente todo el orbe cristiano, para la mayoría de nosotros no dejan de ser simples períodos históricos. No ocurre lo mismo con la Ilustración. Si nos consideramos modernos, progresistas, tolerantes y, en general, de mentalidad abierta, si no nos asusta la investigación de las células madre y sí las creencias religiosas fundamentalistas, tendemos a considerarnos «ilustrados». Con tal convencimiento nos declaramos de hecho herederos -aunque herederos distantes- de un movimiento intelectual y cultural concreto.”

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