25 abril 2026

Literatura y catarsis






 Estamos de nuevo en la cocina, siempre sucia, siempre llena de bolsas de basura de todas las clases en función de lo que reciclen. Ahora nuestra cocina es la cocina más angustiosamente ecológica de la tierra, está llena de basura pero bien clasificada: residuos orgánicos, plásticos, vidrios, papel y cartones. Es la cocina más rebosante del mundo, es la cocina que ella desea, es la cocina de Ada, no la mía, una cocina de ecología de vanguardia, estamos salvando el planeta. A mí me da asco tanta mierda, pero eso sí, es mierda científicamente distribuida. Y estamos salvando el planeta. Esta cocina salva el planeta, pero no salva nuestro matrimonio, qué ironía. A veces me veo con algún desperdicio en la mano que no sé en qué sitio tirar, no sé si es plástico o papel, solo es mierda en mi mano. Me quedo mirando el desperdicio como si fuese un misterio teológico. Dime, desperdicio, cuál es tu cubo de basura. El desperdicio no habla; así que al final lo tiro en cualquiera de los cubos de basura que tenemos disponibles, que son cuatro. Cuatro cubos de residuos asquerosos en una cocina pequeña. También hay basura en los armarios de la cocina. Abres uno y te puedes encontrar con unas cien o doscientas cápsulas de café o con botes de cristal de hace meses, o años, y casi te entra nostalgia del día que consumimos ese bote de judiones. En realidad, desde que Ada vino de Estados Unidos nuestra cocina es un basurero sostenible.

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 Y ahora la entropía solo me deja estos recuerdos. Y el presente es supervivencia, cada uno por su lado. Me sonrío de nuevo porque jamás la oí roncar en los primeros tiempos de nuestro amor. Ahora ese es un argumento que Ada exhibe con dureza, que la despierto por las noches, para que cambie de postura, porque sus supuestos ronquidos no me dejan dormir. Qué tristeza más grande me invade ahora mismo: ¡qué enorme daño le causa la entropía al amor! En los dos o tres últimos años comencé a oírla roncar por las noches.
Lo más gracioso es que desde la frase seguimos durmiendo juntos, cada uno en su cama, la sigo oyendo roncar pero ahora no me importa.

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Me he sentido culpable de todo: de no ser más alto, de no ser más inteligente, de no haber llegado más lejos en la vida, de no ser más honesto, más bondadoso, mejor persona, de no haber escrito buenos libros, de haber perdido amigos, de la muerte de mi padre, de la muerte de mi madre, de la muerte de mis tíos, de la muerte de mis primos hermanos, de no haber sido un buen marido, de no haber sido un buen padre, de no haber sido un buen hermano, de la muerte de mi perro. Todas mis culpas soy yo. No soy otra cosa que un culpable de haberlo hecho todo mal. Cómo he podido hacerlo todo tan mal. Cómo he podido perderla. Tal vez porque no estaba mi madre. Mi madre y mi padre, por eso les dedico este libro.


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Ada era o es (otra vez la dislexia temporal) muy competitiva. A mí me sacaba de quicio que compitiera conmigo. Le recordaba que éramos matrimonio y que yo tenía nueve años más que ella, que ni siquiera pertenecíamos a la misma generación de escritores. Y sin embargo, ha sido la persona que más se ha alegrado en esta vida de mis éxitos profesionales. Celebraba mis libros con alegría. Se leía mis manuscritos con infinito más detalle que yo los suyos. Aquí sí quiero entonar un profundo mea culpa, porque creo que tendría que haber sido más minucioso con sus manuscritos, pero me consuelo recordando que el fuerte de Ada no era la gramática (por culpa del inglés, que se le mezclaba con el español) y allí sí yo estuve ayudándola y mucho.

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También las cremas le volvían (y le vuelven) loca. Muchas veces quiso ponerme cremas hidratantes, pero yo no soporto esas cremas, porque me dejan la piel pringosa. Y ella no entendía esa renuncia mía al enorme placer y a la protección contra el sol que esas cremas procuraban a tu cuerpo. A mí no me apasionaban las cremas de belleza como a ella, que temía que su piel envejeciera. Me decía «mira cómo tu piel está aplaudiendo» cuando conseguía extender sobre mi frente una crema hidratante. Yo me miraba en el espejo para ver aplaudir mi piel. Y allí no aplaudía nadie. Pero Ada creía a pies juntillas que mi piel aplaudía ante sus cuidados.


Manuel Vilas.
Islandia.
Destino. Barcelona, 2026.