En Alga
EL GUARDIÁN DEL FUEGO
(Sobre la poesía transitiva de Santos Domínguez)
Ante la poesía de Santos Domínguez (Cáceres, 1955) nos sentimos a la vez inermes y guarecidos. Inermes ante la inmensidad cósmica y acechante de la realidad que ruge en el poema desde el fondo de los siglos, pero refugiados junto al portador de la antorcha cuyo poder numinoso espanta a las sombras y trae el calor fraterno al corazón entumecido.
La "canción extranjera" que abre este panorama de su obra da fe de esta extrañeza. Atraídas por las llamas del canto, las alas del poeta quieren ascender, aunque su destino sea yacer en la cubierta, burlado como el albatros de Baudelaire, ahogado como Ícaro en el mar. Santos ha hecho de lo extranjero un emblema de su poesía, ese "bosque extranjero," concreción del "bosque de símbolos" (otra vez Baudelaire), donde las correspondencias son hijas de la nieve y el frío, transitan la frontera de lo indecible y se adentran "a tientas" en lo incognoscible.
En los poemas aquí reunidos son convocadas las voces de la tribu, desde las balbucientes cifras consignadas en la arcilla sumeria hasta la garganta en fuga de Paul Celan, condenado a cantar en "la lengua del verdugo". Pero Eliot, Ovidio, Shakespeare, Dante, Rimbaud, Leopardi o Cicerón no son psicofonías ni tampoco máscaras, aunque el poema adopte en ocasiones la forma del monólogo dramático. Su voz es la voz de los oráculos, comparecen como resonancias de una estirpe órfica que ha transmitido el fuego prometeico a la precariedad humana. Condenados a todos los exilios, solo el lenguaje y su condición mágica abren una puerta, no a la esperanza, tampoco a la desolación, sino a la contemplación minuciosa del universo. En el poema "Crepúsculo español de Casanova" tomamos conciencia casi exacta de este mandato: Quizá sólo sea eso lo que la vida quiere:/ fluir y atravesarte/ como un inconsistente apócrifo del viento.
La inteligencia cartesiana limita nuestro mundo porque sus fronteras son el espacio y la muerte, pero de la renuncia a la "razón pura" como instrumento de conocimiento, surge la "razón poética", el ser transverberado por un idioma ignoto donde es posible afirmar "el nombre exacto de las cosas". De esta nueva visión, de esta reviviscencia de la realidad como un viento que atraviesa nuestra conciencia emana un mandato moral. La poesía que es ahora una forma de conocimiento, una revelación del ser, ha de trascender y emprender el camino desde el ego iluminado y luminoso hacia un iluminador nosotros, vosotros y ellos. Y por esto afirmamos el carácter transitivo de la poesía de Santos Domínguez.
El portador del fuego, el guardián de las llamas corre el riesgo de arder en su propia hoguera de luz, pero su misión y su verdad han de ser otras, entregarla al lector, ponerla al servicio de la vida. En los poemas en los que Santos presta su voz a la evocación de otras obras artísticas, de restos arqueológicos, de formas musicales, esta posición moral nos parece especialmente evidente. Liberado el poeta de su condición de demiurgo, que cede ahora al artista invocado (Friedrich, Velázquez, Caravaggio, Van der Weyden…) o acaso imbuido por el sentimiento sublime de la temporalidad -pincelada en el tiempo es aquí la poesía-, hay cierto carácter redentor y colectivo en estos versos. Así, en el poema "Descendimiento" sobre la obra de Van der Weyden que custodia el Museo del Prado, sentimos cómo: un dolor transitivo/desciende por la mano del hijo hasta la madre.
O, con Caravaggio, en el poema "In Absentia", la virgen y su modelo ("mujer de mala vida") quedan reunidas en la muerte y: El arte la redime del olvido y la furia. / Ya el tiempo no la toca.
O también en la visión de las lápidas en Saint Giles, donde, aunque el tiempo ha borrado los nombres y las fechas y el olvido azota impasible, hay, en la imposibilidad del recuerdo, una vindicación de la memoria colectiva: Erosiona su nombre y su memoria / la fugitiva arena de los sueños.
Que "la lengua es un ojo", la célebre afirmación de Wallace Stevens, que Santos Domínguez a menudo refiere para explicar la esencia de su escritura poética como metamorfosis de la mirada y la experiencia en materia verbal, no debe hacernos olvidar que la poesía ha de construir, antes que nada, "un templo en el oído" (Rilke). En la tradición órfica, el poeta ha de tañer la lira -"de la musique avant toute chose"(Verlaine), ha de imbricar el sentido y el sonido en esa nueva realidad que es el poema. La lengua es, pues, también un oído. Del latido simple de una sílaba germina una "canción extranjera" que crece como frase, como arroyo melódico, y se vuelve luego torrente polifónico. Hay mucha música en la poesía de Santos, que toma sus sonidos del régimen nocturno y establece la clave de sus modos menores y mayores, partiendo del crepúsculo y la nieve hacia un océano orquestal: la palabra mayor que late ante el abismo / y el cristal de la música remota de los astros / que vibra en las esferas de luz innumerable.
En estos versos de "El corazón helado del cometa", junto a un Leopardi que mira el infinito, sentimos reverberar la "Canción de la noche" mahleriana. Los poemas de Santos, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica. Como estructuras fractales que, una y otra vez, crecen y se destruyen orgánicamente para renacer del misterio, como una salmodia litúrgica cuyo sentido nos alcanza antes de descomponerla en versos y palabras, la poesía de Santos Domínguez, el portador del fuego, viaja hasta la hondura del ser (Wagner) y nos revela, inermes, pero guarecidos, nuestra esencial y fría soledad lunar.
Este magnífico texto de José María Jurado García-Posada introduce la selección de textos que publica la revista Alga de Casteldefells en su número 95-96, que se puede leer pinchando en la imagen y en este enlace: http://www.revistaliterariaalga.com/95.htm
Este es uno de los textos incluidos en esas páginas centrales de Alga:
EL CORAZÓN HELADO DEL COMETA
"e l'atra notte e la silente riva" (Leopardi)
desde la biblioteca en sombra del palacio.
Sus ventanas se abrían al jardín familiar,
al paterno giardino d stelle scintillanti
y al vértigo de hielo de las constelaciones.
con aristas agudas y días desolados.
Y allí la soledad dejó su tedio,
su luz punzante el tiempo, su voz dura el recuerdo
y la grieta incisiva de un dolor amarillo
en los largos insomnios bajo una vela triste.
el cerro yermo erguido y la flor del desierto,
la palabra mayor que late ante el abismo
y el cristal de la música remota de los astros
que vibra en las esferas de luz innumerable.
Allí estalló una noche, con géiseres y fuentes

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