García Lorca. Prosa literaria completa
Ayer soñé, y te vi toda de transparencias y sonrisas dulces… Estabas sentada en una piedra negra y tenías por fondo yedras y madreselvas. Ayer soñé... y mi corazón, que era de conformidad, se agitó inquieto y después comenzó a llorar tan fuerte que parecía un timbal de ultratumba... Hay veces, hay horas en que el recuerdo, que es nuestra vida y nuestra muerte al mismo tiempo, se adormece y el pensamiento vive un rato feliz, pero cuando por cualquier circunstancia nos llega perfume de lo que amaba, se despierta el corazón y la vida es visión trágica y angustiosa... La noche es callada y tiene alma de estrellas y en esa alma está escondido el genio que convierte los ojos en vaguedad y el corazón en clavel rojo. En las estrellas se oculta la genial mariposa de la melancolía y el agua de las acequias y albercas guarda el aire que despierta al corazón... ¿Qué olores tiene el alma y los pensamientos del que sueña en lo que pasó y no ha de volver? ¡Qué tranquilidad la de la noche y qué hipar angustioso del que piensa envuelto en nube de pasión...! Los momentos del sueño son vida de vidas, son poseer lo imposible, son amar más intensamente que se puede amar... No turbad el sueño del que sueña con amores y cópulas cerebrales. No tocadlo, que se va a despertar y su corazón va a nacer a la vida corriente y espantosa. Pero acercaos y aspirad su aliento, porque es olor de amor y santidad que al caer en vuestros corazones será bálsamo de consuelo y añoranzas... y miradlo, porque vuestras miradas se santificarán y de vuestros ojos saldrá la luz que quizá os salve.
Así comienza la Mística que trata del dolor de pensar, de Federico García Lorca, una de las prosas de juventud que recoge su Prosa literaria completa, que llega hoy a las librerías en la edición dirigida por Víctor Fernández que publica Galaxia Gutenberg.
Como toda la serie juvenil de Místicas, Estados sentimentales y otras meditaciones, Baladas y otros diálogos o Impresiones y paisajes, esas prosas de juventud reflejan el aprendizaje imitativo de un Lorca aún adolescente, anclado aún en la sentimentalidad decadentista tardorromántica y en el preciosismo modernista. Y hay también en esos textos juveniles una característica, su confesionalidad autobiográfica, que Miguel García Posada destacó en el prólogo de los Primeros escritos de Lorca, que rescató hace ahora treinta años: “Al lector se le brinda -escribía allí el editor- el espectáculo único de asistir al nacimiento literario de ese adolescente abrumado de sí mismo. Lorca, que en su madurez sería un escritor escasamente autobiográfico, al menos en un sentido inmediato, testimonial, se transparenta, se refleja, se proyecta con nitidez en versos y prosas juveniles. Un irrepetible confesionalismo se desborda en muchas de estas páginas.”
Pero además de esos abundantísimos escritos juveniles este volumen de la Prosa literaria completa de García Lorca reúne textos imprescindibles del escritor adulto, como sus Conferencias, Alocuciones y Homenajes.
Desde la conferencia Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado «cante jondo» (1922) hasta las últimas alocuciones, Semana Santa en Granada y Homenaje a Luis Cernuda (1936), está en estos textos la prosa de un poeta, una prosa que en muchas ocasiones iguala en calidad estética a su poesía.
Están aquí reunidas las conferencias vinculadas algunos de sus libros de poesía como el Poema del cante jondo o el Diván de Tamarit, sobre el que explican tanto implícitamente las charlas Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre o Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Están también los textos imprescindibles que el poeta utilizó como apoyo explicativo en sus recitales del Romancero gitano o de Poeta en Nueva York. O los que resumen explícitamente su poética, como Imaginación, inspiración, evasión, Juego y teoría del duende o la memorable La imagen poética de don Luis de Góngora, donde decía cosas como estas:
El poeta que va a hacer un poema dentro de su campo imaginativo tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable abre fuentes y niños muertos en su corazón. Va el poeta a una cacería. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos... Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas, criaturas de yeso y representaciones de locura que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas y no figuradas o falsas que le van acompañando. El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado.
[...]
El estado de inspiración es un estado de recogimiento. pero no de dinamismo creador. Hay que reposar la visión y el concepto para que se clarifiquen. No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje.
Como aquí, en todos estas prosas habla siempre el poeta con el fulgor verbal y la clarividencia iluminadora que brillan también en sus alocuciones y homenajes, en su Charla sobre teatro, en las Alocuciones argentinas o en Semana Santa en Granada, fechada el 5 de abril de 1936, que comienza con este párrafo:
El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.
Páginas como esa y como las otras ochocientas de este libro, como afirma Victor Fernández en su prólogo (“Palabras para un poeta en prosa”), «constituyen una pieza fundamental para seguir la escena de un poeta que, afortunadamente continúa plenamente vigente.»

<< Home