Manuscrito encontrado en Zaragoza
Como oficial del ejército francés, me tocó asistir al sitio de Zaragoza. Pocos días después de la toma de la ciudad, habiendo avanzado hasta un lugar algo apartado, descubrí una casita de muy buen aspecto, que en un principio pensé no habría sido visitada aún por ningún francés.
Tuve la curiosidad de entrar, y llamé a la puerta, pero al ver que no estaba cerrada, la empujé y entré. Aunque llamé y busqué por toda la casa, no encontré a nadie. Sin duda se habían llevado todo lo que poseía algún valor, y ya no quedaban sobre las mesas y en los muebles más que objetos sin importancia. En un rincón advertí, sin embargo, esparcidos en el suelo varios cuadernos escritos, y al echarles una ojeada comprobé que contenían un manuscrito en español. Aunque mi conocimiento de esa lengua es escaso, sabía de ella lo necesario para darme cuenta de que era un texto entretenido, en el que se hablaba de bandidos, de almas en pena y de adictos a la cábala: pensé que nada mejor que distraerme de las fatigas de la campaña que la lectura de una novela extrafia, Y convencido de que el curioso manuscrito no volvería ya a su legítimo dueño, no vacilé en apropiármelo.
Con esa Advertencia previa se abre la primera parte del Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, una de las cimas de la literatura fantástica del siglo XIX, que recupera el libro de bolsillo de Alianza editorial en la traducción abreviada de José Luis Cano, que firma también la Nota biográfica del autor, aquel noble polaco que nació en 1761, tuvo una juventud de progresista ilustrado, una madurez de jacobino exaltado e intrigante y una muerte suicida y prerromántica en su biblioteca en 1815.
En esa Nota biográfica evoca José Luis Cano los viajes de Potocki a España, “país que iba a atraerle quizás como ningún otro, y en el que aún reinaba un rey ilustrado, Carlos III. La España que visitó Potocki era una España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores. Le atrajo sobre todo Andalucía, ese paraíso del Sur que ya a fines del XVIII sedujo a los primeros turistas nórdicos, y que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos andaluces hay huellas en el Manuscrito, como podrá ver el lector.”
Abre esta edición un “Prólogo para uso del lector de la traducción española”, en el que Julio Caro Baroja dice del conde Potocki, contemporáneo de Mrs. Radcliffe y de Hoffmann, autores como él de relatos “de ambientes italianos y de asuntos terroríficos y fantásticos”: “Fue este un contemporáneo riguroso de Moratín y de Goya: más viejo que el primero, más joven que el segundo. Parece que estuvo en España por los años de 1791 y que combinó su estancia aquí con un viaje a Marruecos. Finge que el manuscrito en cuestión lo encontró un oficial francés en el sitio de Zaragoza, en plena guerra de la Independencia (1808-1809), y que el relato se centra en tiempos de Felipe V, o sea en la primera mitad del siglo XVIII. Estos datos cronológicos sucintos hacen que nos planteemos la cuestión de hasta qué punto el conde Potocki se basó en una realidad, observable en su época, y hasta dónde su imaginación corrió veloz en un mundo de ensueños prerrománticos.”
Escrita en francés, se publicó en dos partes: Diez jornadas de la vida de Alfonso Van Worden (1804-1805) y Avadoro, historia española (1813), que aparecieron respectivamente en San Petersburgo y en París en un intrincado proceso de publicación.
El proyecto global se desarrollaba en un conjunto de relatos, levemente vinculados con el método del relato enmarcado (el viaje iniciático por Sierra Morena de Alfonso Van Worden, capitán de la guardia valona) y encajados entre sí según un esquema de muñecas rusas. Un conjunto de relatos que se sucedían a lo largo de sesenta y seis jornadas (seis Decamerones), de las que en vida de Potocki se publicaron cincuenta y seis en las dos partes mencionadas.
Y algo más de una cuarta parte -catorce jornadas de la vida de Alfonso Van Worden más tres relatos de Avadoro, historia española- son los que se seleccionan en este volumen. Son, como precisa Cano, “la parte de la novela que mejor se inscribe en el género del relato fantástico y cabalístico, mientras que la segunda parte, Avadoro, corresponde más a la novela picaresca, cuyas historias son más familiares al lector español.”
Relatos en los que conviven lo maravilloso, lo sorprendente y lo terrorífico, convocados en la imaginación prerromántica de Potocki y habitados por embrujados y bandidos, inquisidores y cabalistas, apariciones y duquesas, astrólogos y alquimistas, los secretos y los enredos amorosos, judíos errantes, árabes y gitanos, fantasmas y endemoniados como Pacheco, que protagoniza uno de los mejores relatos del conjunto.
Se desarrolla en la Jornada segunda y comienza con estos párrafos:
Finalmente, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente.
¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos.
Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.

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