Obra reunida de Rimbaud
Saldo
Se vende lo que los judíos no han vendido, lo que no han probado ni nobleza ni crimen, lo que desconocen el amor maldito y la infernal probidad de las masas: lo que ni el tiempo ni la ciencia han de reconocer:
Las Voces restauradas; el despertar fraterno de todas las energías corales y orquestales y sus aplicaciones instantáneas; la ocasión única de liberar nuestros sentidos.
Se venden los Cuerpos que no tienen precio, sin atender a la raza, el mundo, el sexo, la descendencia. Las riquezas que brotan a cada paso. Saldo de diamantes sin control.
Se vende anarquía para las masas; satisfacción irreprimible para los mejores coleccionistas; muerte atroz para los fieles y para los amantes.
Se venden las viviendas y las migraciones, deportes, poderes mágicos y comodidades perfectos, y el ruido, el movimiento y el porvenir que generan.
Se venden las aplicaciones de cálculo y los saltos inauditos de armonía. Los hallazgos y los términos insospechados, posesión inmediata.
Impulso insensato e infinito hacia esplendores invisibles, hacia delicias no sensibles, – y sus secretos perturbadores para cada vicio - y su alegría pavorosa para la multitud -.
Se venden los Cuerpos, las voces, la inmensa opulencia incuestionable, lo que no se venderá nunca. Aún los vendedores no agotado los saldos. Los viajantes no tienen que devolver su comisión tan pronto.
Ese poema en prosa de Arthur Rimbaud (1854-1891) cierra Iluminaciones (1875), su segundo y último libro, que dejó inédito, en la traducción de Miguel Casado para la edición bilingüe de su Obra reunida que publica Galaxia Gutenberg.
Obra reunida, y no completa, porque no se han recogido los trabajos escolares con poemas latinos y redacciones en prosa en francés en esta edición que abre un magnífico prólogo -"Arthur Rimbaud, poeta"- que se inicia con estos dos párrafos:
“Es difícil leer la poesía de un mito. Así, suele ocurrir que a la poesía de Hölderlin, de Rimbaud, de Dickinson, de Pessoa, de Lorca, de Celan, se llega con admiración previa, como a rendirle culto. Esto seguramente degrada, de manera involuntaria, la obra de los poetas, la posterga y neutraliza, en vez de valorarla y potenciarla. El valor primero de toda poesía no puede ser otro que ella misma, y la lectura verdadera solo se da si hay un encuentro entre el lector y los textos más allá de todos los juicios previos.
El mito de Rimbaud cuenta entre los más poderosos por los variados componentes que reúne: la genialidad del adolescente (escribió toda su obra entre sus catorce y sus veinte años de edad); la transgresión social y moral del poeta maldito, lo que tuvo de vagabundo y aventurero, el morbo de su pasional y turbulenta relación con Paul Verlaine; su vida fuera del sistema y su postura del lado de los oprimidos de cualquier orden; el abandono radical de la escritura en plena juventud, como aparentemente ya habían previsto sus poemas, sus quince años en Abisinia y su muerte temprana a los 37 años de edad.”
Arthur Rimbaud no sólo fue el poeta más experimental de su época, alguien que en los cuatro breves años de su carrera literaria cambió el sentido de la poesía occidental. Es también quien mejor encarna la modernidad y el espíritu de la creación poética, no ya presente, sino futura.
Dejó de escribir a la edad en la que muchos empiezan a tantear sus primeros escarceos literarios y con poco más de veinte años renunció a la literatura. Pero antes, convertido ya en un poeta decisivo cuya vida osciló entre el arrebato ascético y el exceso alcohólico, entre la actitud del gamberro indeseable y la inspiración del genio, había roto con las últimas persistencias románticas del parnasianismo para sentar las bases de la poesía contemporánea.
Baudelaire había puesto la primera piedra, pero fueron Lautréamont, Mallarmé y sobre todo Rimbaud quienes establecieron una nueva tonalidad para la poesía, una relación nueva entre la palabra y su referente, entre la forma y la sustancia del poema, porque también era nueva la relación entre el sujeto y el objeto, la forma de articular el encuentro -no siempre armónico- entre el yo lírico y el mundo.
A partir de esos poetas, que convirtieron a Poe y a Blake en profetas de lo contemporáneo, la poesía deja de ser literatura y se convierte en forma de conocimiento, en iluminación de una realidad irreproducible que en el caso de Rimbaud tiene la potencia fugaz e inolvidable del meteorito que atravesó el firmamento brillando en la noche de hace un siglo y medio con un fulgor que sigue iluminando sin desintegrarse.
Ese meteorito tiene un título, el de su único libro publicado, Una temporada en el infierno. Porque después de sus Iluminaciones, cuyo manuscrito entregó a Verlaine en 1875, se hundió en un silencio inexplicable.
Propenso a las máscaras, Rimbaud escribió en una ocasión «Yo es otro», para aludir a su propio desdoblamiento en ángel de luz y de tinieblas, a la convivencia en él de la inocencia y la depravación en una siempre problemática identidad. Y es que la vida y la obra de Rimbaud están instaladas en una zona de sombra, en una opacidad misteriosa y llena de contradicciones, en el enigma de aquel muchacho, más salvaje que tímido, que provocaba por igual espanto y fascinación, admiración y escándalo en los cambiantes escenarios de su biografía siempre en huida: Charleville, París, Londres, Bruselas, Yemen, Sumatra, Abisinia, Somalia.
Aquel joven en constante insumisión vital y poética pasó de asombrar a los círculos parnasianos, a los dieciséis años, con la lectura de El barco ebrio, a escandalizarlos y despreciarlos por su aburguesamiento. Aquel adolescente estaba en otra dimensión: Hugo le parecía retórico y a Baudelaire, que le influyó en su época de formación, acabó criticándolo por blando y efusivo. Había aprendido de él la importancia de la intuición visionaria en busca de correspondencias imprevisibles, pero Rimbaud dio un paso más hacia el desarreglo de los sentidos en busca de una nueva forma de conocimiento.
En una carta fundamental, fechada el 15 de mayo de 1871 y dirigida al poeta Paul Demeny -en la misma larga carta donde decía «Yo es otro» y donde afirmaba que «el poeta es verdaderamente ladrón de fuego»-Rimbaud proponía como objetivo de la poesía llegar a una iluminación de lo desconocido: «El Poeta se hace vidente -escribía- mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. »
En esa carta, que se reproduce en el Apéndice de esta edición, aquel Rimbaud de 16 años verbalizaba su ruptura con toda la poesía anterior para convertirse en un visionario en busca de la poesia objetiva: «Me acostumbré a la alucinación simple -escribirá en el segundo de sus Delirios, Alquimia del verbo (de Una temporada en el infierno)-: veía muy nítidamente una mezquita en el sitio de una fábrica, una escuela de tambores compuesta de ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; monstruos, misterios; un título de vodevil me llenaba los ojos de espanto.»
Buscó el escándalo desde sus primeros poemas en francés, como Las despiojadoras, que escribió a la vez que se declaraba en rebeldía con el mundo, se escapaba de casa y comenzaba una interminable peripecia de vagabundeos que expresaban su aversión al sedentarismo.
Escribió poemas heterosexuales antes de irse a los dieciséis años con Verlaine, que le siguió en sus idas y venidas tortuosas y violentas, en las que Rimbaud dominaba al poeta de más edad. Rimbaud era el principal, el "esposo infernal", y Verlaine, diez años mayor y casado, era la pasiva “virgen necia.” Con Verlaine practicó el exceso del libertinaje, de la absenta y el hachís, y mostró la parte más brillante de su poesía, su incapacidad para las relaciones sociales y su tendencia provocativa y egotista.
Empezó a escribir Una temporada en el infierno en un paréntesis de su tormentosa relación londinense con Verlaine en 1873, y la terminó después de la despedida a mano armada en Bruselas. Ese mismo año, Verlaine recibió en la cárcel un ejemplar de aquel libro en el que pudo reconocerse en la virgen necia del primero de sus dos Delirios -el otro es el ya citado Alquimia del verbo. Es la virgen necia que habla del Esposo infernal en el más memorable de los poemas de un libro atravesado por la potencia visionaria de sus sinestesias y sus imágenes:
«Soy esclava del Esposo infernal, el que perdió a las vírgenes necias. Ese mismo demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he perdido la cordura, que estoy condenada y muerta para el mundo, - no me matarán. - ¡Cómo describirlo! Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de aire fresco, Señor, si Vos queréis, si lo tenéis a bien.
Estoy viuda... - Estaba viuda... - sí, era muy seria entonces, y no he nacido para convertirme en esqueleto... - Él era casi un niño... Sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todos mis deberes humanos para seguirle. Qué vida. La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo. Yo voy donde él va, así son las cosas. Y a menudo él se enfurece contra mí, yo, la pobre alma. El demonio. -Es un Demonio, ya sabéis, no es un hombre.
[...]
Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas haciendo que me avergüenza de todo lo que ha conseguido conmoverme en el mundo, y se indigna si lloro.
[....]
Si fuera menos salvaje, estaríamos salvados. Pero también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. -Qué necia soy.
Quizá un día desaparecerá de alguna forma extraordinaria, pero necesito saber si debe regresar a algún cielo, y entrever al menos la asunción de mi amiguito.»
Qué extraña pareja.
Ese mundo poético, destructivo y renovador, llegaría poco después a la plenitud literaria en las Iluminaciones, su libro más radical y hermético, pero también el que abría nuevas vías expresivas y miraba de una manera inédita la realidad para inaugurar una tonalidad lírica desconocida hasta entonces, como en este fragmento de Infancia, el segundo texto del libro:
En el bosque hay un pájaro, su canto detiene y ruboriza.
Hay un reloj que no suena.
Hay una hondonada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que desciende y un lago que sube.
Hay un carricoche abandonado en la arboleda, o que baja el sendero a toda prisa, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos vestidos para la escena, que se entrevén en el camino más allá del lindero del bosque.
Hay por fin, cuando tienes hambre y sed, alguien que te expulsa.
A esas alturas, trazada ya su autobiografía moral, Rimbaud había disuelto en sus Iluminaciones las fronteras de la prosa y el verso, del bien y del mal, había expresado el desorden de los sentidos y había borrado los límites de la propia identidad: Yo es otro.
Rimbaud vagabundeó a partir de entonces por las calles y los tugurios de Europa, llegó a Alejandría, El Cairo y Java, y acabó traficando con esclavos y armas en Somalia y Etiopía. Una década en el Norte de África y Arabia, el actual Yemen. Allí empezó a sufrir el cáncer de huesos que acabaría con su vida en Marsella en 1891.
Nadie baja impunemente a los abismos de la poesía de Rimbaud. El lector que traspasa esa frontera y va más allá de la superficie de sus libros sabe que no hay posibilidad de marcha atrás en la poesía posterior a Una temporada en el infierno o a Iluminaciones.
Siempre en huida –de su madre opresiva y abandonada, de su infancia ejemplar de niño “alarmantemente bueno”, de la influencia de Baudelaire, de la sumisión de Verlaine, de sí mismo-, aquel ángel infernal del exceso que cambió la poesía europea en cuatro años de escritura todavía corre inalcanzable, con las suelas al aire, a años luz de nosotros.
Un poeta que no es de ayer, ni de hoy, sino de pasado mañana.

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