17 mayo 2026

Sepulta plenitud

 



“Pronto busca el hombre entre las ruinas en lugar de su casa…”

Tomada de El archipiélago de Hölderlin, esa es la primera de las cuatro citas del romántico alemán que articulan la estructura de Sepulta plenitud, el libro de José Antonio Santano (Baena, 1957), poeta de prolongada y sólida trayectoria, reunida en el volumen Silencio, que recopiló su obra entre 1994 y 202.

Sepulta plenitud lo publica Olé Libros con un prólogo de Francisco López Barrios, que lo define como “libro hermoso, de una pureza espiritual y una sensibilidad lírica extremas, propias de quien ha caminado en soledad, libre y sin inscripciones a capillas o movimientos de marketing literario, los arriscados senderos que perfilan una voz de la entidad y la hermosura que en Sepulta plenitud consigue José Antonio Santano.”

Sus treinta poemas, distribuidos armónicamente en tres partes equilibradas, desarrollan una alegoría temporal y existencial que tiene su eje de referencia en la metáfora central de Ituci, la ciudad romana sepultada en Torreparedones, en la campiña cordobesa cercana a Baena, que se convierte así en el espacio simbólico terrestre del que surgen y al que vuelven los poemas del libro desde sus primeros versos:

Sepulta la ciudad 
allá en el monte, como una tumba
de cristal bajo la tierra toda, hospedada 
en nosotros, hija del tiempo

Y ese diseño equilibrado es el reflejo de otros equilibrios armoniosos sobre los que se sustenta la visión del poeta y su conciencia del tiempo: el diálogo entre el pasado y el presente, la emoción y la reflexión, el hombre y el paisaje, la confluencia de la elegía y la celebración en la melancólica mirada interior y en la contemplación de la naturaleza y la historia, el encuentro entre la vida y las ruinas en un ejercicio de arqueología poética y emocional, de excavación en la memoria contra el olvido de la destrucción y de ascenso a la cima del monte:

Fulge el mármol en la cima, 
el aire remontado hasta las nubes 
y el rostro de los dioses.

Un ejercicio creativo, esperanzado y vitalista, que invoca la palabra para que broten su presencia y su esperanza frente al silencio, el olvido y las pérdidas. Y en definitiva para llegar a esa suma de plenitud y sepultura que propone el título y sugiere la imagen de portada.

“Vendrán todos los muertos al corazón del hombre”, escribió Luis Rosales en un verso de La voz de los muertos que Santano evoca en las citas iniciales del libro. Uno de esos muertos convocados de las ruinas por la palabra del poeta es Lucio Cornelio Marcus, al que invocan -este es un libro de invocaciones y búsquedas frente a las destrucciones del tiempo- estos versos que contienen las claves del libro y de su título:

He venido, Lucio Cornelio Marcus,
o todos los nombres en uno, 
a ser contigo testigo, 
confesor de otras vidas y muertes; 
para desenterrarme vuelvo, 
para desenterraros, 
restituirme y restituiros 
a esta madre tierra, 
para beber de sus raíces la savia 
que nos hizo hombres y mujeres 
libres, 
quintaesencia cósmica. 
Lucio amigo, 
sepulta plenitud.

Una metafórica suma de luz y sombra en un itinerario de ascensión espiritual que culmina en el espléndido díptico del Regreso a Ituci, la cima poética del libro y que se resuelve también en ascenso a la luz y a la armonía silenciosa en el Epitafio que cierra el libro, heredero de una larga tradición de composiciones poéticas sobre las ruinas (de la Canción a las ruinas de Itálica de Rodrigo Caro al quevedesco Miré los muros de la patria mía, de la Epístola moral a Fabio a Las ruinas de Cernuda) como espejo de la existencia humana y su frágil temporalidad. 

Y, frente a la desolación de la ruina, la reivindicación de la luz y la esperanza, de la vida y el presente:

De la ciudad sepulta
a la que hoy me habita
toda la luz de otoño
crecida en sus silencios.