Antología poética de José Emilio Pacheco.
Todos somos poetas
de transición.
La poesía jamás
se queda inmóvil,
escribió José Emilio Pacheco (México, 1939-2014) en Manifiesto, un poema incluido en Irás y no volverás, uno de los catorce libros representados en la Antología poética que acaba de publicar Alianza Editorial con selección e introducción (‘Basta mirar lo que sucede’) de Andrés Catalán, que destaca en ella que los poemas de José Emilio Pacheco, «siguen resonando hoy en un mundo que, a pesar del paso del tiempo, no ha cambiado demasiado. incluso cuando su tono no pretende ser profético, o precisamente porque no lo pretende, parecen hablarnos de una realidad que es la nuestra, la de los habitantes de unos tiempos que parecen empeñados en repetir los errores de otras épocas.»
Una amplia y atinada antología que recoge el medio siglo de escritura de un poeta que fue creando con su obra un mundo propio en el que se equilibran ejemplarmente ética y estética. Un mundo en el que se concentra la melancolía elegíaca y las metáforas despliegan toda su potencia alegórica ("Todo ante mí se vuelve alegoría") para mostrar la realidad bajo la luz de "las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo" a través de una poesía que Pacheco definió una vez memorablemente como “la sombra de la memoria”.
Entre los poemas del primero de sus libros, Los elementos de la noche (1963), y los últimos de La edad de las tinieblas, que apareció en 2009, transcurrieron más de cincuenta años de labor constante y reescritura rigurosa del mexicano. Medio siglo largo de escritura constante, rigurosa y además muy coherente, porque ya desde los visionarios Los elementos de la noche y El reposo del fuego, atravesados por una profunda huella simbolista y superrealista, hay en la poesía de José Emilio Pacheco una presencia fundamental de temas y tonos que recorren la totalidad de su obra: el tiempo y la naturaleza, la ciudad y la fugacidad, el temple elegíaco y el impulso alegórico en unos poemas cercanos y nocturnos que huyen de la abstracción y combinan la conciencia y el lamento, la mirada solidaria y la reflexión sobre la historia.
También en esos libros iniciales apuntaba ya un rasgo que persistiría en su poesía posterior: la tendencia a construir poemas circulares como el que cierra El reposo del fuego:
Es hoguera el poema
y no perdura
Hoja al viento
tal vez
También tristísima
Inmóvil ya
desierta
hasta que el fuego
renazca en su interior
Cada poema
epitafio del fuego
cárcel
llama
hasta caer
en el silencio en llamas
Hoja al viento
tristísima
la hoguera.
Delimitado así su mundo poético, José Emilio Pacheco lo fue perfilando en cada uno de sus libros posteriores, que iban aportando nuevos matices, tonalidades variadas y enfoques estilísticos diversos: la ironía aguda de los aforismos críticos y desesperanzados en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), un libro en el que aparecen algunos de sus textos más comprometidos y famosos (Un marine, Che o Alta traición) y donde la alegoría toma la forma de las fábulas de animales (Discurso sobre los cangrejos o Biología del halcón).
Con ese libro Pacheco iniciaba un ciclo poético que se prolongaría en Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), en unos poemas que tienden a la brevedad y a la exactitud, a la desnudez y a la claridad expresiva y a la doble contención del verso corto y el poema breve.
En esa segunda etapa aparecen también poemas largos, de tono conversacional, en los que el poeta se proyecta en otro personaje (Fray Antonio de Guevara o el padre Las Casas) o fábulas alegóricas como la Fisiología de la babosa o Los ojos de los peces.
Habla común tituló Pacheco significativamente una de las secciones de Islas a la deriva. Y esa es otra de sus claves poéticas: la capacidad para construir con esa materia coloquial textos de alto voltaje literario, crítico y emocional, como esta Crónica:
La guerra terminó o tal vez no ha empezado.
El fuego derribó nuestras murallas
y hacemos guardia entre las armas rotas.
En el aire se palpa un rumor de lluvia.
Aún no desciende pero está manchada
por nuestra sangre. ¿Somos inocentes
o somos los culpables de la matanza?
¿Quién desertó o ha muerto como un héroe?
No lo sabremos nunca. En esta noche
toda nuestra ventura se reduce
a esperar, a esperar aquella guerra
que aún no comienza
o se encendió hace siglos.
En la ininterrumpida evolución a que somete su obra, José Emilio Pacheco inicia con Los trabajos del mar (1982) un tercer ciclo que se prolonga hasta La arena errante (1999). En los libros que escribe en esa época, años ochenta y noventa, su poesía se convierte en crónica y testimonio moral, en reflejo del teatro lamentable y grotesco de la historia. La larga serie de espléndidos poemas que tituló Ley de extranjería y que formaban parte de El silencio de la luna son un inmejorable ejemplo de la mejor poesía de Pacheco. Son una constante lección de geometría, de equilibrio entre lo aforístico, lo alegórico y la narratividad, manifestaciones de una poesía cada vez más moral en la que Pacheco habla tras la máscara de los personajes y construye fábulas que explican el mundo a través de los animales, en una ejemplar conjunción de historia, naturaleza y poesía.
Siglo pasado (2000) llevaba como subtítulo Desenlace y era no sólo la despedida de un siglo. Hay en sus poemas una clara tendencia a la recapitulación literaria con unos poemas breves y tan agudamente irónicos como siempre en Pacheco, pero más introspectivos, más sombríos y resignados, aunque no hayan perdido su voluntad testimonial y su resistencia ética. Se cerraba con esta Despedida:
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.
Pero esa despedida no fue definitiva. Posteriormente apareció Como la lluvia, con poemas escritos entre 2001 y 2008. Poemas que desde su título y a lo largo de sus cinco secciones (cinco libros en realidad) aluden a la fragilidad resistente de la poesía y a la persistencia de la palabra frente a la devastación del tiempo, esa “conversación con la fugacidad” a la que alude Andrés Catalán en su introducción.
Y finalmente, los cincuenta poemas en prosa de La edad de las tinieblas resumen los temas y las actitudes éticas de la poesía de José Emilio Pacheco a través de unos textos en los que confluyen la lírica y la narrativa, la elegía y a veces la celebración, la crítica y la piedad, para hacer un diagnóstico moral de la época contemporánea. Como en este Cuchillo de palo:
En casa del herrero hallé el cuchillo de palo. Quise abolir de un solo tajo las fortalezas y las prisiones del tirano, doblegar a sus huestes, arbolar los desiertos y remar contra la catarata que abismará mi frágil balsa.
Cuchillo de palo, arma que me desarma, escudo que no acierta a defenderme de lanzallamas y cañones, amuleto basado en creencias ya inexistentes. Desde hace mucho perdí la batalla y sin embargo no me rindo.

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