El viento me cuenta cosas
Irene dejó que el silencio expectante flotara más de lo acostumbrado, meneó la cabeza para significar qué se le va a hacer, lo tuyo no tiene remedio, y con la sonrisa de quien primero desguaza y luego pulveriza a un creído, repipi, esnob, en suma, a un presuntuoso de verbo hueco y voz de impostado actor de tres al cuarto, remedo altivo de Orson Welles en La guerra de los mundos, me largó con pausados pies la filípica que, a buen seguro, traía preparada: Cuántas veces he citado el consejo de don Quijote, hablad a lo llano, a lo liso, a lo no intrincado… Cuántas, decidme, cuántas…; un día sí y otro también… Ya veo, Carmelo, ya veo que las palabras se las lleva el viento; maldita manía la tuya, venga o no a cuento, vocablo en desuso, hala, al coleto, como si tuviera las propiedades del vino añejo. Y de postre, el Sísifo y la Casandra… Ay, Carmelo, mucho bla-bla-bla, erudición de andar por casa, pura baratija ese… Sí, no me mires con esos ojos que riman con enojos. Procesión de huesos, desastre nuclear, bueno, una hecatombe de chiste; máscara por aquí, máscara por allá y el Ave Fénix planeando como murciélago gigante por una cueva… Menuda empanada…; un revoltijo de pelis, novelas de ciencia ficción, existencialismo barato y, para rematarlo, cómo no, el sexo… Silencio, queréis callaros… Menos cachondeo. Carmelo, lee con atención la hoja de apreciaciones. Eso sí, el próximo día no marees las meninges y cuenta lo que pasa en la calle, también en tu interior, pero sostenido por un relato sin tanta hojarasca. Bueno, como ha llegado la noche sin caerse el cielo, por hoy hemos terminado… Carmelo, venga, alegra esa cara.
Así comienza El viento me cuenta cosas, de Moisés Pascual Pozas, una espléndida novela articulada con un trabajado y complejo sistema narrativo de cajas chinas y sostenida en la constante encrucijada de historias y personajes que inspira su diseño estructural y su perspectivismo, su pluralidad de registros y sus cambios de tonalidad.
Una potente novela en la que las voces y los ecos, las presencias y los fantasmas se funden y se confunden en los dominios del tiempo y el espacio, del olvido y la memoria, entre el pasado y el presente, entre el sueño y la realidad donde se cruzan los vivos y los muertos.
Una novela polifónica en la que se cruzan las voces y los tiempos, las miradas y los silencios para tejer un entramado narrativo en el que los diversos registros tonales y lingüísticos encauzan expresivamente la violencia latente, contenida o aplazada, y la brutalidad desatada y crean una atmósfera irrespirable y envolvente, hipnótica y conmovedora, que atrapa al lector con la intensidad de su temperatura humana y la fuerza de su poderoso latido estilístico.
Con este párrafo se presenta el narrador principal, el enano Carmelo, aprendiz de escritor en un taller literario:
¡Ay, si se pudiera añadir el doble a la estatura…! En pocas palabras, yo era el hijo mayor de una costurera cuya madre, o sea, mi abuela, murió de parto, y su padre, mi abuelo, abandonó esta vida víctima de la coz de un caballo meses antes de que ella viniera al mundo, por lo tanto, huérfana de pata negra recogida en un hospicio, y de un padre botero en las fiestas de guardar y almacenero en los días sin Señor, hijo a su vez de un botero, guarda de ríos y sembrados, y de un ama de casa. Yo, licenciado en letras por correspondencia, sin especificar en qué, aspirante a escritor y hermano mayor de una bailarina compulsiva que andaba a la caza de un marido pudiente y, a ser posible, imbécil.
Construida técnicamente como un relato enmarcado en ese ejercicio de taller de escritura, la novela construye con su mosaico de personajes en torno al desarraigado Avelino para ofrecer una imagen siniestra del mundo, que es un hospicio grande con seres monstruosos que, entre la razón y la locura, desencadenan o sufren acciones brutales en las que emerge la violencia soterrada que transcurre bajo la superficie de la obra.
Y así, con una mezcla de horror y compasión, se presenta ante el lector el anverso y el reverso de vidas y muertes con oscuras resonancias míticas. Y se le invita a una inmersión perturbadora y a pleno pulmón en lo turbio y en lo ancestral.
Una experiencia fuerte, de la que el lector sale casi sin aire y con la memoria impresionada por párrafos como este:
Uno cree que las desgracias suceden a los demás, pensamos incluso que la muerte nos concederá el tiempo de sobremesa para disfrutar del último café y la última copa; solo al oír las campanas que ondean la esquela en el viento sentimos escalofríos. Ni siquiera cuando asistimos a la actuación en vivo de la ciega e incansable Segadora nos estremecemos tanto, por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti, por mí y por todos nosotros, pues más que la identidad del fallecido, conocida, o desconocida que se busca en el quién será, visualizan, acompañan y miden los tiempos de nuestras exequias con golpes que vibran temblores y pavores. Podemos incluso preparar el funeral como cierto emperador, hijo fiel de la muerte que le parió, a la que alimentó y a cuyo vientre volvía, pero lo que nunca conoceremos es la mirada de esa muerte porque no tiene recuerdos, por eso intentamos dejar memoria de nuestro paso por este mundo, más o menos inmundo, que dura lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, pero cuando suenen las campanas que no oiremos no habrá ni premio ni castigo, y allí finalizará la danza, si danza fue.
O este otro, recopilatorio y sombrío, que abrocha la novela:
Time present and time past /are both perhaps present in time future,/ and time future contained in time past…; la tarde de otra tarde, y de otra…; las tres mujeres dejaron tras de sí a un enano que, para adormecer la congoja, entre sorbo y sorbo, escucha atento las voces de sombras errantes, prisioneras de fatigas y miserias que buscan en los afanes y anhelos recurrentes el olvido que alivia y consuela; voces que evocan vidas, también la tuya, querido Tasio, y la mía, el lápiz, la mano y el papel… A mis soledades voy,/ de mis soledades vengo… Carmelo el pedantillo, diría Irene, lo tuyo no tiene remedio; vengan o no a cuento, cita va y cita viene; y hablando de olvidos, recuerda que el ensueño de la nada puede despertar en cualquier momento, así que, ya sabes, puestos a citar, No te afanes, alma mía, por una vida inmortal pero agota el ámbito de lo posible y vive el hoy es siempre todavía antes de que el telón del tiempo caiga y la mariposa fin revolotee al son de la Marche funèbre d'une marionnette.

<< Home