La Odisea según Stephen Fry
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Junto con la Ilíada, la Odisea es una de las dos obras inmortales que están en la raíz de la literatura occidental. Dos obras que trazan dos imágenes de la vida, dos concepciones de la existencia y dos miradas a la condición humana: la vida como guerra o la vida como aventura. La guerra y el regreso del guerrero a casa, el desorden de la violencia y la restauración del orden. De Troya y la rabia del combate en masa a Ítaca como destino entre islas peligrosas. Del tiempo de la muerte de los héroes a la celebración de la vida y la aventura interior, del talento y la cólera de Aquiles a la incursión de Odiseo en su viaje por los reinos del misterio.
Stephen Fry, que ya dedicó en su Troya una estupenda relectura a la Ilíada, proyecta ahora su mirada sobre la Odisea en un volumen que publica Anagrama con traducción de Rubén Martín Giráldez.
Tras las obras dedicadas a la edad de los dioses y a la edad de los héroes semidioses, Odisea es su cuarta aproximación interpretativa a los mitos griegos, tras Mythos, Héroes y la ya citada Troya, que servía de transición del ciclo heroico a la edad del hombre que representa Odisea:
“Bienvenidos a Odisea -escribe Fry en el Prólogo-. Este es el cuarto libro de esta serie mía de reinterpretaciones de los mitos griegos. Os aseguro que para entenderlo y disfrutarlo no hace falta haber leído los tres anteriores: Mythos, Héroes y Troya. Naturalmente, espero que os apetezca acudir a ellos o que ya lo hayáis hecho, aunque la historia de la Odisea se sostiene por sí sola, en todos los sentidos.”
[...]
Es una historia profundamente humana, pero todavía quedan dioses y monstruos por encontrar. Después de Zeus, las diosas Hera, Afrodita y Atenea son las tres que más protagonismo tienen en esta historia, junto con el dios mensajero Hermes. Hay un motivo para su estrecha implicación, un motivo que se remonta al episodio que desencadenó toda la guerra de Troya y sus consecuencias. (Re)familiaricémonos con esa historia…”
En Odisea Fry recuerda, recuenta y reinterpreta la intrincada peripecia de Odiseo, rey de Ítaca, el “más astuto e ingenioso de los veteranos guerreros griegos”, que cambió el signo de una guerra enquistada durante diez años con la argucia de la ofrenda engañosa del Caballo de Troya, el artefacto del que salieron los soldados griegos que exterminaron a los habitantes de la ciudad y convirtieron la resistencia heroica en cenizas: “La guerra había terminado. En lo que respecta a los troyanos, su hogar había sido destruido. Los griegos, por su parte, sintieron entonces la llamada del hogar.”
Y así tras la victoria, vino el regreso (el nostos en griego) de los guerreros (Áyax, Agamenón, Menelao, Odiseo) a su patria, al territorio doméstico que devuelve a los héroes a su dimensión humana.
De esos regresos (nostoi) de los vencedores y de la peregrinación mediterránea del superviviente troyano Eneas, hijo de Afrodita, tratan los capítulos iniciales, que reconstruyen con entusiasmo a veces divertido y siempre contagioso el posible argumento de los muy probables poemas orales perdidos que se dedicaron al regreso de los héroes, a esa transición de la condición heroica a la dimensión humana.
Entusiasmo contagioso, decía, en la narración del regreso a Micenas del rey de los griegos, Agamenón, que será asesinado por su mujer Clitemnestra con ayuda de su amante Egisto para vengar el sacrificio de su hija Ifigenia; del brutal Áyax, que violó a la profetisa Casandra, hija del rey Príamo y hermana de Héctor y Paris, a la que se llevaría Agamenón como esclava sexual; aunque “nadie ansiaba más el regreso a casa que Odiseo de Ítaca. Atenea lo observó embarcar en su buque insignia. La flota que comandaba constaba de doce naves, cada una con más de cuarenta itacenses. En aguas tranquilas podían recurrir al remo si era necesario, aunque confiaban en que vientos favorables los llevaran de vuelta al hogar. Una vez ofrecidas las oraciones y sacrificios pertinentes, ellos también abandonarían aquella costa maldita en la que llevaban varados diez largos años.”
Y a partir de ahí se suceden, a petición de Hera y Atenea, las violentas tormentas provocadas por Zeus y Poseidón contra las flotas de los vencedores que regresan a los reinos del sur y del oeste, las advertencias proféticas de Casandra a Agamenón, el desembarco de Eneas en el Cartago donde reina Dido, la certeza que tenía Odiseo de que sería el último en volver a casa (y ciertamente pasarían otros diez años hasta conseguirlo), el tenso silencio entre Helena y Menelao en el viaje de regreso, la mirada de Penélope al mar vacío y al palacio lleno de pretendientes, la desesperanza de Telémaco y el viaje en busca de su padre, Odiseo contemplando el horizonte desde la isla de Calipso, la venganza de Orestes y el juicio en el Areópago, un episodio central que resume el sentido de la edad del hombre en estas palabras de la joven Erígone, huérfana de los ejecutados Clitemnestra y Egisto, que renuncia a la venganza para reivindicar la autonomía de los hombres frente a los dioses:
Desde la guerra de Troya y su feliz resultado, esos reyes, príncipes, señores, jefes, esposos, hijos y hermanos que sobrevivieron a la violencia han regresado a sus hogares. Tras un derramamiento de sangre tan catastrófico, exigimos un nuevo orden, una nueva forma de vivir que nunca más permita que los dioses nos arrastren a un conflicto tan terrible.
Este tribunal es un símbolo de dicho nuevo orden. Es símbolo de que las maldiciones, las rencillas y las disputas sanguinarias de nuestro pasado salvaje ya no contaminarán nuestro modo de vida. Los mismos dioses saben que la Justicia, el Destino y la Ley son fuerzas más antiguas, profundas y poderosas en el cosmos que ellos mismos. Nosotros, los hombres y las mujeres, los mortales, podemos lograr la justicia y acatar la ley a nuestra manera, sin la intervención caprichosa y brutal de los dioses. La crueldad primitiva de las proclamaciones oraculares y las revelaciones divinas no nos ocasiona más que tristeza, terror y ríos de sangre como el que nos ha traído hasta aquí. Hablamos bajo la égida de vuestra patrona, Atenea, cuyas cualidades de comprensión, juicio, sabiduría, aprendizaje e intuición son las que más necesitamos ahora si hemos de reconstituir el mundo según la razón y el sentido, en lugar de por impulso y sed de sangre. Ella es la única diosa que necesitamos.
Ese es el núcleo de sentido del libro y de lo que representa Odiseo como símbolo del nuevo orden en el que el hombre encuentra su propio camino al margen de la tutela caprichosa de los dioses y bajo el único amparo de la razón y la sabiduría que representa Atenea, “la única diosa que necesitamos.”
Y Odiseo representa esa capacidad del hombre para convertirse en dueño de su propio destino con las armas de la inteligencia y el valor, la astucia y la determinación frente a las adversidades y los peligros de los naufragios, de Escila y Caribdis y la roca de las sirenas, de las islas de los cíclopes, los lestrigones y los lotófagos o las tentaciones y embrujos que se llaman Calipso, Nausícaa o Circe. Porque Odiseo, el viajero perdido lejos de su casa, es “un hombre que ha sufrido muchas tribulaciones” hasta regresar a Ítaca a reencontrarse con Penélope, Telémaco y Laertes.
Dos cuadernillos, con treinta y ocho ilustraciones, y un buen número de jugosas notas a pie de página ilustran brillantemente un relato que combina amenidad y hondura, refinamiento sutil y sólida erudición en una cercana narración de narraciones, en un ágil cuento de cuentos, en un relato nada solemne y más proclive al humor que a la tragedia, en un texto admirable que, aunque tiene como fuente principal los poemas homéricos maneja también muchos materiales procedentes de obras como la posthomérica Telegonía, la Orestiada de Esquilo o la Eneida de Virgilio, porque -concluye Fry- “a través de Virgilio, Roma tuvo su mito fundacional; y, a través de Homero, Grecia tuvo otro tipo de mito fundacional. El regreso del guerrero, la mudanza definitiva de un mundo de dioses, monstruos y héroes a un mundo de familia y parcela.”

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