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19 junio 2026

Ovidio en Ponto Euxino



 “Perdiderint cum me duo crimina, carmen et error” escribió Ovidio en una de las Tristia que compuso en su destierro en Tomos, la actual Constanza, en la costa del Mar Negro, el Ponto Euxino.

Es un lugar destemplado, lluvioso y de días grises en la costa del Mar Hospitalario, que eso es lo que significa en griego Ponto Euxino. Pero aquel no fue un mar acogedor para el poeta al que perdieron un poema -el Ars amandi- y un error, la segunda y misteriosa causa que provocó la ira de Augusto, sobre la que se han aventurado hasta diez razones, entre la conducta inmoral y la conjura política.

Allí lo desterró Augusto de por vida y allí murió Ovidio tras nueve años de aislamiento, frío y oscuridad entre semibárbaros en los límites del  Imperio. Nueve años propicios a la poesía elegíaca de las Tristia y las Pónticas, con repetidas peticiones de indulto y con la conciencia de sufrir la injusticia de la cancelación -la damnatio memoriae, como se decía entonces-, porque “a nadie se le asignó nunca un lugar más alejado ni más horrible.”

Esa es la fuente de la que nace este poema de La herida y el cuchillo:


OVIDIO EN PONTO EUXINO
                                                  Para Pedro Crespo Refoyo

                           Perdiderint cum me duo crimina, carmen et error.

Un otoño funesto me quiso relegado,
me fulminó su rayo helado y su injusticia
y me mandó al destierro en la última frontera, 
a este límite oscuro, destemplado y lluvioso,
a este sitio final al final de mi vida.

Frente a este mar nublado, lejos de Roma, ahora
la fortuna me brinda este viático amargo:
la soledad, la inhóspita geografía de la ausencia, 
la angustia de esta luz de acíbar que me acosa 
y fija mi mirada hacia el aire vacío.

Y a la muerte civil se suma la otra muerte
a orillas del Mar Negro, en los confines bárbaros,
en los acantilados comidos de salobre, 
igual que la memoria de mis días disipados
desde un lugar remoto del mundo y de mi vida.

Miradme, aunque carezco de patria ya y de nombre, 
esta es la tenebrosa imagen de mi exilio, 
mi penosa existencia de estos últimos años:
este invierno infinito sin sol y borrascoso, 
estas ásperas gentes, extrañas y salvajes,
las naves rodeadas por los bloques de hielo, 
la noche ciega, el terco ladrido de los perros,
la niebla densa, el viento que baja del Danubio.

Que en mi epitafio escriban: 
“Blandamente reposen los huesos de Nasón, 
el cantor de los tiernos amores. Desterrado, 
pereció por su propio talento y su silencio. 
Aquí descansa.”