08 junio 2026

Poesía de Luis Martín Santos





Una asombrosa cantidad de textos poéticos. Eso es lo primero que sorprende al lector que se acerca al voluminoso tomo que recoge la poesía de Luis Martín Santos en el quinto tomo de la edición de sus Obras completas que dirige Domingo Ródenas de Moya en Galaxia Gutenberg.

Entre un pequeño grupo de tres poemas iniciales y la amplísima y heterogénea psección titulada Poesía varia, este volumen, de cuya edición anotada se ha ocupado Juan José Lanz, reúne miles de versos y centenares de poemas agrupados orgánicamente en tres libros: Grana gris -el único que publicó-, que apareció en 1945 y donde reunió su poesía juvenil, y los inéditos Las voces y Amor. Verano 1948. Tres libros que contienen la parte más articulada de la muy desconocida obra poética del que es uno de los narradores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de que nunca alcanza la altura descomunal de su prosa, donde acabaría encontrando su voz propia, “la escritura poética de Luis Martín-Santos se extiende a lo largo de toda su vida y, aunque no la hiciera pública, más bien no la publicara, salvo en algunas colaboraciones juveniles en entrevistas y en el tomo Grana gris (1945), diversos testimonios permiten deducir que fue una actividad constante”, como señala Juan José Lanz en su magnífica introducción a la poesía de Luis Martín-Santos  que abre esta edición.

La tensión entre norma y volcán, entre razón y sentimiento recorre la poesía de Luis Martín Santos y “se resuelve -señala Lanz- como reflexión en una poesía con un fuerte componente filosófico en muchas ocasiones, que transforma la idea, mediante la palabra, en «Canto». Precisamente, «norma exacta» y “purificación» serán los elementos que aúnen la propuesta estética y la existencial en que se fundamenta su poesía.”

No es muy diversa esa tensión ni muy distinta la solución que adopta el autor en el resto de su obra, especialmente en la zona mayor de su creación, su narrativa, en la que se integran ética y estética, creación y pensamiento, existencialismo y escritura, contemplación y reflexión, descripción y análisis.

Los ochenta y seis poemas de Grana gris forman una selva poética intrincada y adolescente, barroquizante y simbolista, neomodernista y a veces genialoide. Un conjunto en el que predominan las formas estróficas clásicas a lo largo de poemas que tienen mucho de búsqueda, de escritura de aluvión y de tanteo.

Este es el soneto que cierra el libro y refleja más de un conflicto sonoro en la falta de fluidez del verso y en el problemático manejo del ritmo endecasilábico:

Explicación
Qué extraño ritmo es el mío, alegas; 
que la idea no hallas, y prefieres 
un metro más igual con lo que eres 
y no sílabas contar, sino fanegas.

Que la verdad sea nunca obscura, niegas; 
poesía ha de ser música y mujeres, 
con que templen su ocio mercaderes 
tras el agrio sudor de las trasiegas.

Si tú lo ves así, cual tú lo miras, 
no intentes intuir las nimiedades 
de un sutil poetastro sin soltura.

Escoge el gran poeta que tú admiras 
y, bañadas en lindas vaciedades, 
desciendan sus estrofas a tu altura.

Como “un interminable y farragoso poema épico” calificaba Juan Benet Las voces, que compuso entre 1945 y 1948 un Martín Santos que veía en esos poemas un signo de madurez intelectual: “Me asusta -anotaba en su diario el 24 de septiembre de 1946- el haber llegado a esta etapa clásica de madurez a mis 21 años. [...] A veces pienso como si hubiera superado en madurez a mí mismo siglo.” 

Escritos en el molde inusual y artificioso del serventesio eneasilábico, sus poemas tienen más de configuración dramática que de narrativa épica: proponen un diálogo de voces diversas en torno a cuestiones conceptuales de ética y estética, de vida y literatura. Son voces que proyectan reflexiones existenciales e indagaciones metafísicas en sus poemas abstractos que, organizados en seis secciones temáticas, intentan integrar lírica y filosofía, poesía y conocimiento y que culminan significativamente en La fiesta del cerebro, su texto final:

¡Presencia! ¡Presencia! ¡Presencia! 
¡Qué derrumbarse adentro, adentro, 
adentro! Toda la impaciencia 
del mundo, aquí, en mi centro.

¡Qué dolor contiguo en la cosa! 
Proximidad hecha entrañable 
y sangradora. Avariciosa 
substancia en mí comunicable.

Y ¡qué placer de cópula! Ondas 
externas me penetran. Caras 
flüencias fecundas. Frondas. 
Amplitudes. Trémulas áreas.

Ya todo se ha hundido en mí. 
Apaciguo incontable alud 
dentro de mi límite. Así: 
mi «uno» sobre la infinitud.

Muy distinto en tono es el otro libro inédito, Amor. Verano 1948, un largo poema unitario, articulado en dieciocho secciones que combinan distintos metros para reflexionar en torno a un proceso amoroso fracasado y a la búsqueda de la belleza y el conocimiento a través de la experiencia y la conciencia del amor y la muerte:

La muerte se extendía 
pausadamente sobre tu tez, muy cautamente 
con un miedo recóndito a tu grito 
a tu dolor, 
al movimiento de tu pecho inmortal 
cuando mi mano 
rozaba sus cúpulas doradas, 
bajo la luna, torres misteriosas.

Con textos fechados entre 1945 y 1953, aunque no hay que descartar que otros sin datar sean de fecha posterior y lleguen hasta la década de los sesenta, el amplio apartado de Poesía varia que completa el corpus poético de Martín Santos recopila más de un centenar de poemas inéditos, manuscritos y mecanoscritos, que permiten rastrear una cierta evidencia hacia un tipo de poesía desarraigada o hacia el realismo social que se impondría en la literatura española entre finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta o hacia el peculiar bajorrealismo que desarrolló durante algún tiempo con Juan Benet. 

Pero no faltan tampoco imitaciones tan claras y tan intranscendentes como el de este romance lorquiano:

Ángeles barrocos cantan 
gritos de piedra en el aire. 
Lloran las yedras sus lágrimas 
por las paredes de hojaldre. 
Besos de palmas se enredan 
en el reposo del aire.

Benamecí tunecino 
corre de algarbe en algarbe. 
Sus escuderadas túnicas 
muestran a trozos la carne. 
¿Por qué tus gritos perforan 
como taladros el aire?

¡Deja en reposo a las nubes 
y cubre de perros el valle! [sic]
Los ladridos te golpean 
como trallazos de alambre. 
Tu rostro se ha endurecido 
y has maldecido a tu padre.

Pero tus negras arrugas 
suben muy alto en el aire. 
Paracaídas con música 
descienden de Buenos Aires. 
Nenas con cara de fiesta 
cantan canción de esponsales 
y los litúrgicos cirios 
en la Iglesia se deshacen.

Tierra de montes altísimos 
y de cálices y valles.
Los muertos lloran perdidos 
en tus senos venerables. 
Arrojas nuevas jaurías 
de combatientes y sangre. 
Tus más secretos venenos 
entre todos se deshacen. 
¿Por qué tu plomo sagrado 
no se fatiga, no late 
su último latido y cesa 
de henchir de carne los valles?

Voluptuosas cadenas 
rodean tus brazos, madre. 
Coronas de rosas trenzan 
con el pico pavosreales.

Nadie conoce la historia 
y todos cantan el cante. 
Las Navidades se esconden 
y se sonrojan de encajes.

Con su cambiante métrica heterogénea, del octosílabo al alejandrino, del versolibrismo al endecasílabo, del romance al soneto, y con su desorientada variedad de tonos, el conjunto de la obra poética de Luis Martín Santos refleja la pesada digestión de sus abundantes lecturas y el lento proceso de construcción de una voz personal aún sin definir. Una voz que por temperamento y por formación acabaría encontrando el autor en la portentosa narrativa que desarrolló en las dos décadas siguientes, con sus memorables Apólogos, su magistral Tiempo de silencio y su inacabado Tiempo de destrucción.