22 junio 2026

Un mundo para Julius

 



Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.
Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos meses que Julius iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo, menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julius que aún era muy pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julius nunca ha olvidado esa madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había acabado.

Con esos dos párrafos memorables, que funcionan como obertura de los temas que desarrolla después la obra, arranca Un mundo para Julius, la primera novela de Alfredo Bryce Echenique.

Junto con El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, había sido finalista en 1970 del Premio Biblioteca Breve, que quedó desierto en esa edición por extraños azares y manejos del jurado.  Barral la publicó aquel mismo año en una lamentable edición llena de erratas que la hacían casi ilegible y que la editorial tuvo que retirar a petición del autor.

Una encuesta entre ochenta escritores y críticos peruanos consultados por la revista Debate la proclamó en 1995 la mejor novela peruana de todas las épocas, por delante de La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, de un Vargas Llosa que acababa de ser candidato a la presidencia de Perú y de publicar El pez en el agua, sus molestas memorias.

En todo caso, Un mundo para Julius, publicada en el momento cenital del boom de la novela latinoamericana, es seguramente la mejor novela de Bryce Echenique, junto con La vida exagerada de Martín Romaña, y uno de los títulos fundamentales de la narrativa en español del último tercio del siglo XX.

Novela de formación que transcurre entre la pérdida de la inocencia de la infancia de Julius, un niño de la oligarquía limeña, y la búsqueda de nuevas certidumbres y del mundo propio que evoca el título, Un mundo para Julius es una obra compleja y potente, escrita con distancia irónica y humor lúcido, con agudeza crítica y proustiana mirada nostálgica sobre el tiempo perdido.

Una novela de fondo autobiográfico y autorreflexivo, llena de sutileza y de preguntas y respuestas en su reflejo de la realidad social desde una inocente  y solitaria perspectiva infantil y desde dentro de la clase alta, una crítica de su superficialidad frívola y de su relación con la servidumbre, de los privilegios, las desigualdades y las injusticias, con el telón de fondo de los cambios sociales operados en Perú en la década de los 50 en la que se sitúa la novela, con el palacio y el colegio como metáforas del país.

Organizada según una estructura muy medida en cinco capítulos simétricos que vinculan sus ámbitos en efectos de espejo, contraste y correspondencia la parte primera con la quinta -el palacio original (Versalles) del padre de Julius y el nuevo del padrastro Juan Lucas- y la segunda con la cuarta -los dos colegios a los que asiste- para dejar como intermedio de transición el espacio de una suite del Country Club de Lima, donde Julius pasa el verano más largo y más triste de su vida.

Distinto a los de su clase social, transgresor, sensible  y curioso, con tendencia al desplazamiento físico, moral e ideológico, a la soledad y al desarraigo afectivo y simbólico, la historia de Julius es la de la diferencia, el desclasamiento y las mutaciones, la del cambio de padre, de palacio y de mundo.

La oralidad de su estilo, la cercanía de su tono conversacional, su torrencial fluidez narrativa, la convivencia de un narrador omnisciente con la técnica contrastiva del perspectivismo, las diferentes voces de la narración y los cambios en la mirada y el enfoque de realidades, acciones y personajes avanzan ya en esta que seguramente es la obra maestra de Bryce Echenique algunos de los rasgos más característicos de toda su producción narrativa, con títulos como La vida exagerada de Martín Romaña o El hombre que hablaba de Octavia de  Cádiz, y de sus Antimemorias Permiso para vivir, Permiso para sentir, Permiso para retirarme. 

Un mundo para Julius [...] dentro de la narrativa hispanoamericana es una novela irrepetible, única, cuya elocuencia y amenidad se traman en su agudeza crítica y denuncia moral. En esta novela hay tanto una simpatía generosa, una discursividad humanizadora, como un impecable desmontaje de la construcción ideológica de la sociedad”, escribió Julio Ortega en el memorable prólogo con el que presentó la edición de Un mundo para Julius en Cátedra Letras Hispánicas.

Un clásico imprescindible que acaba de reeditar Anagrama en la edición intachable que llega hoy a las librerías.