16 agosto 2026

Elogio y nostalgia de Toledo

 


Hablemos, pues, de Toledo —historia pura y eterna —y de su río inmortal, que en trozos broncos y en etapas mansas lleva, a través de los siglos, un mensaje cristalino, de una a otra de las dos ciudades señeras de la Península: Toledo, la que mira salir el sol por el Oriente antiguo y sagrado, y Lisboa, la que le ve ponerse hacia el Occidente de las tierras nuevas, donde está la humanidad joven y la continuidad de la civilización.
La verdad es que si la brecha material que une al Mediterráneo con el Atlántico y es, por lo tanto, como el símbolo de las dos manos que se estrechan, una, la de la mar mediterránea, llena de gracia femenina, y otra, la del mar de los atlantes, temeroso y viril, está allá abajo en el estrecho de Gibraltar, en cambio, la llave espiritual que enlaza con ataduras más profundas y complejas que las materiales a las dos civilizaciones, está en ambas ciudades insignes y representativas, en Toledo y Lisboa.
Toledo, anclada sobre peñascos rudas, en medio de la Castilla seca, es, sin embargo, más mediterránea que todas las ciudades de Grecia, de Italia y de nuestro litoral levantino. Cada una de estas ciudades, que viven sonriendo en las playas del mar azul, son una parte del alma inmensa y múltiple que dio por vez primera dignidad superior a la raza de los hombres y que aun hoy sigue siendo su faro mejor. Pero Toledo, lejos del mar, es como la suma y representación de todas ellas.

Gregorio Marañón.
Elogio y nostalgia de Toledo.
Espasa Calpe. Madrid, 1941.