Jesús García Calderón, la inteligencia crítica frente a la IA
“Si tenemos en cuenta que la intimidad es un reflejo de nuestra forma de ser que decanta en un conjunto de actos sociales o antisociales, no es difícil descubrir su progresiva destrucción. Las bases de datos oficiales y los procesos ciegos que registran nuestra vida cotidiana nos lo dicen de manera cada vez más directa y autoritaria y menos persuasiva. Hasta las aplicaciones bancarias nos reprueban el exceso de gasto haciendo ostentación del control que ejercen sobre nuestra pobreza.
Esta convicción ha cobrado tanta fuerza en nuestros días que ha culminado en un sentimiento de impotencia y debilidad ante la abrumadora superioridad del mundo digital para regir nuestro destino. Sin embargo, algunos sujetos de rendimiento nos hemos convertido en sujetos críticos y hemos decidido, sin ponernos de acuerdo y más allá del comentario pasajero de algunas venturosas lecturas, inmolar nuestra vieja intimidad para resistir. Y además hemos conseguido, de una manera muy convincente, despojarla, casi por completo, de cualquier valor para los demás. Hemos conseguido superar el miedo asumiendo la indiferencia ante el descubrimiento público de nuestros secretos”, escribe Jesús García Calderón en las primeras páginas de su ensayo La era de los nombres ocultos.
Sobre la intimidad vencida y la identidad digital es el esclarecedor subtítulo de este ensayo breve y profundo, lúcido e inquietante, que nos coloca ante el espejo de los peligros a los que se expone la intimidad, rebajada a una inconsistente identidad en la era digital, en la que, de forma voluntaria pero también inconsciente, hemos renunciado a la intimidad, arrastrados por una vorágine digital invasiva que nos coloca en una situación de vulnerabilidad personal y de sometimiento social ante una tecnología que anticipa nuestras decisiones y las anula. Una situación en la que el hombre está al servicio y a merced de la tecnología y no al revés, como debería ser.
Por eso es tan necesario que haya inteligencias críticas como la de Jesús García Calderón, fiscal de acreditada trayectoria profesional y sólida formación humanística, que nos avisan de la situación presente y nos alertan de los riesgos futuros, aún mayores y seguramente inimaginables, que comporta el imparable despliegue de la inteligencia artificial, esa vertiginosa inteligencia no biológica, a cuyas dimensiones abisales se dedica el brillante capítulo central (Máquinas espirituales) de los tres que integran La era de los nombres ocultos, cuyo título evoca un pensamiento atávico de las culturas antiguas que Borges abordó en Historia de los ecos de un nombre (Otras inquisiciones): el de la destrucción de la identidad a partir del desvelamiento del nombre y de la intimidad. Así lo resumía en una entrevista en Culturamas:
El peligro esencial es que el mundo digital, por primera vez en la historia, pretende la creación de una nueva naturaleza. En ella, la tecnología alcanza una capacidad anticipativa de nuestras propias decisiones. De algún modo, conoce antes de nosotros lo que queremos hacer. Nos dirige. Nos engaña. Nos exige sustituir o suicidar nuestra intimidad por la identidad digital. Y quedamos en sus manos, ofrecemos nuestro nombre oculto, aquel que nadie debería conocer.
A propósito de la Teoría de la Singularidad Tecnológica, escribe García Calderón estas líneas, menos alarmistas que desasosegantes ante el enorme reto de lo que viene:
En cualquier caso, no creo que nos encontremos simplemente ante una utopía o ante una distopía científica avanzada que recoge los sedimentos de la imaginación desbordante de la sociedad postindustrial. Si así fuera podría ser relativamente fácil de combatir. El problema de la Singularidad Tecnológica es mucho mayor por su apego a una realidad cambiante que acoge esta forma de evolución dirigida y empieza a entenderla como una víspera trascendental, de la que parece no podremos escapar en el futuro. No se trata de un avance más, sino de la creación de una neo natura que escapará muy pronto, si no lo ha hecho ya, de nuestro control.
Si el ensayista se hubiera quedado ahí, en esa llamada de atención a la conciencia y a la consciencia, este no sería más que un gimiente texto apocalíptico y jeremíaco.
Pero es algo muy distinto de eso. Además de hondo, iluminador y estupendamente escrito, este es un ensayo alertador y propositivo, porque el motor de La era de los nombres ocultos es la respuesta de un jurista a los múltiples y complejos desafíos del mundo digital actual y del vertiginoso tiempo por venir, cuando, además de la despersonalización o el parasitismo digital, se cierne sobre el hombre actual y el del futuro “otro efecto añadido sobre el que apenas reparamos, pero que debemos considerar seriamente para trazar el proyecto de nuestra vida social. Nos referimos al incremento automatizado de decisiones. Un fenómeno que nos afecta y supone una sustitución paulatina del principio de responsabilidad, limita nuestra verdadera identidad y hasta desprecia el valor de la experiencia. La veteranía emocional debería convertirse en la magnitud que corrija la inercia que marca el impulso digital en numerosas encrucijadas de la existencia y sirva para romper, cuando sea necesario, algo tan autoritario y esquivo como el algoritmo. Este profundo desfase emocional puede marcarnos decisivamente, hasta el punto de que cada vez seamos, tanto a nivel colectivo como individual, más ignorantes, más desconfiados, menos lúcidos e intuitivos y, por tanto, menos inquietos intelectualmente. Esta nueva posición, en mayor o menor medida, hasta podría conseguir algún día que dejemos de ser dueños de nuestro propio destino.”
Y ante esa realidad amenazante, García Calderón elabora un Decálogo Alternativo para hacer frente al "suicidio asistido de nuestra intimidad que viene realizándose impunemente como un estado previo a la imposición definitiva de la identidad digital." Un decálogo integrador y paliativo que entre otras propuestas contiene esta:
Es necesario un desarrollo de los Derechos Fundamentales para combatir la aparición de posibles situaciones insostenibles de desigualdad y hasta nuevas formas de esclavitud que se pueden incrementar de manera trágica y exponencial, ante el previsible colapso que se puede producir en la obtención de los recursos materiales y ante la dificultad o tardanza de la anunciada colonización del universo. Será imprescindible fortalecer y definir claramente, como ya hemos señalado, el derecho a una identidad real en todas sus manifestaciones frente al señuelo de la identidad digital.
El nuevo partisano se titula uno de los capítulos de la primera parte del libro, Una vida cegada por la luz, en donde avisa el ensayista de que "cuando el poder, en cada una de sus manifestaciones, desnuda a los ciudadanos, nace un temor constante de perfiles confusos y acaba por extenderse por la atmósfera social un lamento que reclama la libertad. Y nace entonces, incluso a nivel inconsciente, un nuevo partisano porque una ciudadanía atosigada responde siempre distanciándose del orden y del poder. Hablamos de un proceso que comienza por indignarnos, continúa irritándonos y concluye con esta mezcla creciente de desconfianza y temor que ya alcanza niveles superlativos. ¿A dónde nos conduce esa desconfianza? No cabe duda de que genera una visión crítica pero quizá demasiado abrumada por la superioridad tecnológica. La percepción de un control externo automatizado empieza de forma sutil, pero germina muy pronto y arraiga como la mala hierba aprovechando la inercia del discurrir del día y el cobro periódico de los salarios."
Y casi simultáneamente, publica García Calderón Condición partisana, una entrega poética escrita evidentemente a la vez que este ensayo, en el que señala que "el partisano desarrolla su actividad en la tierra y el pirata la desarrolla en el mar, pero el nuevo partisano, al que habría que empezar a dar un nombre propio, desarrolla su actividad sobre un flujo virtual hasta ahora desconocido y que solo se materializa sobre grandes paneles o pantallas de ordenadores, tabletas o teléfonos inteligentes."
Esa condición insurgente del partisano español que luchó contra el ejército napoleónico y deslumbró a Carl Schmitt será también el eje temático y simbólico de Condición partisana, que merece y requiere otra reseña, porque son otras sus claves estilísticas y tonales, otro su enfoque y otra su elaboración formal, aunque responda a un mismo problemático núcleo de interés. Porque la materia de este ensayo es el sustrato ideológico y vital de Condición partisana, que aborda esos temas y esas actitudes desde el mismo lugar moral, pero desde una muy distinta perspectiva formal -la de la intensidad y la libertad del lenguaje poético- y desde un enfoque existencial en el que cabe una subjetividad tan radical que no le está permitida al ensayo.
Pero basta por ahora. Vuelvo a lo ya dicho: para otra reseña.

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