Crematorio en Letras Hispánicas
Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal, o sobre un mármol. Te estoy viendo. Vuelvo a verte. Me he olvidado de ti mientras he estado charlando con el ruso en la cafetería, observando por detrás de la cristalera a los turistas que, a primera hora de la mañana, ocupan las sillas de la terraza y a los que, unos metros más allá, se tienden sobre la arena o chapotean en el agua. Él se ha tomado un par de whiskies. Yo me he pedido un té con hielo. No quiero beber tan temprano. Pero he mirado con ansiedad los dos vasos que el camarero le ha puesto delante. Si no hubiera sido porque estaba con él, de haber venido solo, me habría encontrado a gusto en el amplio salón aún vacío (allí dentro estábamos los dos solos), mirando el mar, verdoso en la orilla y de un intenso cobalto en la franja que precede al horizonte, por la que ya se mueven las lanchas, los barcos de vela, los catamaranes. Traian, el ruso, se ha tomado los dos whiskies de dos tragos. Primero un vaso, luego el segundo, sin dejar apenas tiempo entre un gesto y otro del brazo. Al poner en marcha el coche, he echado una mirada a la cafetería, pensando que podía regresar, y quedarme bajo el chorro de aire acondicionado, leyendo el periódico y mirando el mar, ahora sí, a solas, con un vaso de whisky con hielo entre las manos. Te veo tumbado en algún sitio. No sé dónde. Pero allí, sobre la plancha de metal, sobre la sábana, sobre una fría losa de mármol, bajo el chorro del aire acondicionado. La verdad es que no me gusta verte así. Con el motor ya en marcha, pulso con el dedo índice el botón que, junto al volante, acciona la radio. El ruido de la radio, el del motor, te alejan, me dejan solo, pendiente de los movimientos de mis manos, que ahora cogen el volante; del movimiento de mi pie derecho, con el que aprieto el acelerador del vehículo. Las ruedas del coche hacen crujir la capa de arena que cubre el asfalto en este tramo de la calle cercano a la playa. La arena cubre también las aceras bordeadas por vallas y celosías de las que brota una frondosa vegetación: por detrás de la ventanilla pasan lentamente hibiscos, adelfas, buganvillas, verdes cerramientos de tuya, alineaciones de cipreses. Las bolsas de basura son de color negro, rosa o azul; cuelgan en las verjas de los apartamentos, se amontonan junto a los contenedores, y parece como si fueran también ellas floraciones. Impregnan con sus pesadas emanaciones el mustio aire yodado que exhala el mar. El coche avanza lentamente, mientras yo me olvido de ti, Matías. Dejo de verte. Hace mucho calor, a pesar de lo temprano de la hora. Pulso el botón que cierra las ventanillas y me aíslo en el interior del vehículo. Me quedo a solas conmigo mismo. Son las diez y cinco de la mañana, y los numeritos iluminados en verde de la pantalla del salpicadero marcan ya treinta y cuatro grados.
Así comienza Crematorio, la novela con la que Rafael Chirbes (1949-2015) alcanzó su cima narrativa, tras la que él mismo confesaba en sus diarios A ratos perdidos que “con Crematorio he cerrado el ciclo de lo que tenía que contar, y no me queda nada que hacer.”
Eso explica el largo silencio de seis años hasta que publicó En la orilla, que completa un díptico novelístico sustentado en la mirada descarnada y lúcida de Chirbes sobre la degradación moral de la sociedad, la historia, la naturaleza y las personas.
Al tiempo que aparece la luna, se levanta un soplo de aire. Como si la oscuridad lo hubiera mantenido encerrado y la luz lo liberara. Se oyen más nítidos los cercanos crujidos entre las cañas que crecen del lado de acá de las dunas. Si el observador levantaba la mirada en dirección a ese ruido, descubre la silueta de un perro, y el relámpago de sus ojos como un chispazo que se apaga enseguida, en cuanto el paso de una nueva nube cubre la luna. Mar adentro vuelve a formarse la mancha espesa, como de brea., que ocupa todo el horizonte, mientras que el perfil de la costa está marcado por el reflejo anaranjado de las luces. Se ha detenido otra vez el viento, y a través de esa calma, desde el lugar en el que escarba el perro, se abre paso un olor dulzón, de vieja carroña, que impregna el aire.
Así termina el colofón (Estampa invernal de Misent) con el que Chirbes cerraba Crematorio. Y con ese perro escarbando en la carroña comenzará En la orilla, lo que demuestra explícitamente el vínculo temático y la continuidad de tono crítico entre ambas novelas.
Centrada en la corrupción de la especulación inmobiliaria en la costa levantina en la época de la burbuja anterior a la crisis de 2008 y ambientada en la localidad mediterránea de Misent, bajo cuya toponimia ficticia no es difícil reconocer a Denia y su entorno.
Diagnóstico y pronóstico a la vez, Crematorio es el retrato amargo de toda una época y de un país a través de un mosaico de personajes que deambulan en una novela coral en la que la denuncia de la destrucción del paisaje es el reflejo simbólico de una destrucción más amplia que tiene además un decisivo componente moral.
Densidad literaria, potencia narrativa, tensión estilística, proyección simbólica y lucidez crítica se conjugan magistralmente en Crematorio para hacer de esta novela literatura de alto voltaje que no da respiro al lector y le deja sin respiración.
Hoy llega a las librerías la edición que ha preparado Jacobo Llamas Martínez para Cátedra Letras Hispánicas. Minuciosamente anotada y presentada con un espléndido estudio introductorio que resume la trayectoria literaria de Chirbes e ilumina las claves narrativas e ideológicas de Crematorio, una edición que está llamada a convertirse en el texto de referencia de una de las novelas imprescindibles del primer cuarto del siglo XXI en España.

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