Tiempo de magos
Durante su estancia en Puchberg, Wittgenstein no encontró en ningún momento la esperada paz interior, por no hablar de la alegría de vivir. En la angosta comunidad escolar y rural era un marginado sobre el que circulaban las leyendas más extrañas. Del santo al idiota del pueblo solo media un paso. Para unos era el «barón» o el «rico barón», mientras que otros contaban que «ha renunciado voluntariamente a toda su riqueza». Y un tercer grupo aseguraba que Wittgenstein había sufrido una herida en la cabeza durante la guerra, donde participó como oficial, e incluso que «todavía tiene la bala dentro de la cabeza y le produce gran dolor»[128]. Nada de eso era totalmente cierto… ni del todo falso. Pero, en cualquier caso, se hace difícil vivir entre tanto chismorreo. En consonancia con la vida de monje que en el fondo había querido hacer, Wittgenstein habitaba un pobre aposento mal acondicionado con solo una cama, una silla y una mesa. Ponía todo su empeño en que su hogar careciese de comodidades y, en general, de los llamados avances de la civilización moderna. Hasta su vestimenta, que en esa etapa se componía de una chaqueta de cuero, unos pantalones también de cuero con polainas y pesadas botas de montaña, se adecuaba perfectamente a aquel deseo. Nunca se adaptó a las condiciones climáticas reinantes ni se vistió en consonancia, cosa que no causaba buena impresión entre sus colegas. Él refunfuñaba. Los demás hablaban a sus espaldas.
Wolfram Eilenberger.
Tiempo de magos.
La gran década de la filosofia.
1919-1929
Traducción de Joaquín Chamorro Mielke.
Taurus. Barcelona, 2019.

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