Canciones de inocencia y de experiencia
Son cuatro de las magnificas reproducciones en facsímil de la copia AA (1826) de Songs of Innocence and of Experience de William Blake que se incluyen en la parte central de la edición bilingüe de las Canciones de inocencia y de experiencia que publica Cátedra Letras Universales con traducción de Fernando Castanedo, que ya hizo hace unos años en esta misma colección una estupenda edición de los Augurios de inocencia.
William Blake (1757-1827) es uno de los poetas más enigmáticos y asombrosos de la tradición occidental. Inclasificable e irrepetible, su intensa poesía fue una isla deslumbrante en el racionalismo del siglo XVIII, una profecía del irracionalismo romántico y de la actitud visionaria del superrealismo.
Grabador y poeta, místico y pintor, visionario y filósofo, excéntrico y astuto, Blake fue un artista total que fundió la palabra y la imagen en una doble actividad que nunca concibió por separado y que dio lugar a libros tan desasosegantes como El matrimonio del cielo y del infierno o las Canciones de inocencia y de experiencia, cuyos poemas -en palabras de Chesterton- “son los más juveniles y espontáneos que escribiera jamás.”
William Blake, poeta iconoclasta y profético, en cuyos versos conviven en raro equilibrio las luces y las sombras, fundó una cosmogonía prometeica propia sobre el hombre anterior a la caída en las Canciones de inocencia (1789) y sobre el conocimiento del dolor en las Canciones de experiencia (1794), que reflejan “los dos estados opuestos del alma humana”, como señalaba el epígrafe de la edición conjunta de ambas en 1795.
“Las Canciones de inocencia y de experiencia de William Blake son sin duda la obra más conocida y, posiblemente también, la más importante de las que produjo el poeta y grabador londinense, al menos desde un punto de vista literario”, sostiene Fernando Castanedo en la introducción, que aborda un recorrido por su vida y su obra antes de centrarse en las Canciones de inocencia y de experiencia, en su fecha de composición, en el programa iconográfico que resumen sus dos frontispicios y en la impresión de sus cincuenta y cuatro planchas, en el didactismo religioso y la envoltura pastoril de las Canciones de inocencia y en la sátira social de las Canciones de experiencia y en la música y las múltiples voces que hablan en unas y otras.
Sobre esa polifonía característica de las dos series afirma Castanedo que “el genio de Blake en las Canciones consistió en buena medida en la personificación, dando voz indiscriminadamente a todo lo que percibía e imaginaba, desde la Tierra a un guijarro y desde Dios a un león, y valiéndose de ello para trasladar sus propias ideas y visibilizar también aquellas contra las que se rebelaba. Teniendo en cuenta que Blake además combinó este ventrilocuismo con una rara musicalidad, plasmándolo todo indisolublemente en una obra de arte visual única, no es de extrañar que las Canciones de inocencia y de experiencia se tengan hoy por uno de los libros de poemas más extraordinarios de la lengua inglesa.”
Y añade que en estos poemas Blake “exploró algunas cuestiones esenciales para el ser humano, desde la educación y las relaciones familiares hasta la libertad sexual, la fe y las justificaciones, racionales y religiosas para la presencia del mal en el mundo. En muchos de ellos se perciben las reacciones blakeanas ante el racionalismo y el empirismo que circulaban en la Europa de la Ilustración, a finales de la Edad Moderna. En otros se atisban los debates educativos y morales que ocupaban a pedagogos, educadores y filósofos, así como las ideas a este respecto de algunas congregaciones religiosas que le eran cercanas, como las de los moravianos y los swedenborgianos. Este es, a grandes rasgos, el terreno sobre el que Blake levantó su visión de los «dos estados opuestos del alma humana» que llamó inocencia y experiencia.”
Blake fue un artista complejo y total en cuya obra poética y gráfica conviven lo infinito y lo finito, lo efímero y lo eterno, la inocencia y la crueldad, lo oscuro y lo deslumbrante, la inspiración y el caos, lo disparatado y lo convencional bajo la mirada de un poeta visionario y profético que transfigura la realidad con el excepcional equilibrio de lucidez y locura que recorre sus textos. Creó una obra de enorme potencia imaginativa, murió cantando y dejó una huella importante en Yeats o en el Graves de La diosa blanca, en Cirlot, en Borges o en el Neruda más visionario de Residencia en la tierra.
El tigre, de las Canciones de experiencia, es una de las más significativas del libro. Esta es la traducción de Fernando Castanedo,
¡Tigre, tigre, fuego y fulgores
en los bosques de la noche!
¿Qué mano u ojo inmortal
tu horrible simetría pudo armar?
¿En qué alejado abismo o cielo
prendió de tus ojos el fuego?
Con qué alas se osó elevar?
¿Qué mano se atrevió el fuego a tomar?
¿Y qué hombro y qué destreza
retejió de tu corazón la fuerza?
Y cuando el corazón echó a latir,
¿qué mano o pie temible lo hizo así?
¿Con qué martillos y con qué cadenas?
¿En qué fraguas forjaron tu sesera?
¿En qué yunque? ¡Qué firmes sujeciones
aferraron sus mortales terrores!
Cuando los astros rindieron sus lanzas
y regaron el cielo con sus lágrimas,
¿al contemplar sus hechuras, sonrió?
¿Te hizo a ti aquel que al Cordero creó?
Tigre, tigre, fuego y fulgores
en los bosques de la noche!
¿Qué mano u ojo inmortal
tu horrible simetría osó armar?
Es «el tigre de fuego de Blake» que Borges recuperó al nombrarlo en uno de sus poemas más conocidos, El oro de los tigres, que daría título al libro que publicó en 1972, casi dos siglos después de las Canciones de Blake.
No es la única conexión de Blake con la poesía contemporánea. La potencia visionaria, el irracionalismo sensorial y la ambición verbal de la obra de William Blake son los eslabones que conectan la actitud pasional del Romanticismo con la intelectualización simbolista de la poesía del siglo XX.






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