14 octubre 2026

Guillermo Perez Villalta. Desde lo alto de una escalera

 


«Pintar un cuadro. ¿Cómo es un cuadro consciente de la gran carga de memoria que lleva la pintura? No solo es una imagen, incluso la palabra figurativo tiene una connotación de «figura»: representación de la figura humana, que limita. Sería algo así como «representativo». Pienso que este ha sido el principal motivo de la pintura: representar», escribe Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948) en Desde lo alto de una escalera, el espectacular volumen que recoge una gran parte de su obra pictórica y llega hoy a las librerías editado por Atalanta.

Lo presenta un Prólogo de Óscar Alonso Molina en el que califica a Pérez Villalta como «uno de los nombres de referencia dentro del arte español desde el último tercio del siglo XX; desde luego, uno de los más respetados e independientes» y lo sitúa «en el núcleo duro de la nueva figuración madrileña».

Editada admirablemente con un enorme despliegue gráfico que repasa su obra en espléndidas ilustraciones, en su capítulo medular, titulado La vida misma, Pérez Villalta hace un recorrido autobiográfico y artístico por su fecunda y autodidacta trayectoria pictórica de más de medio siglo.

Imaginación y técnica, invención y complejidad, clasicismo y modernidad, narración y simbolismo, conceptualismo y tridimensionalidad, manierismo intelectual y abstracción geométrica, espiritualidad y mitología recorren las creaciones figurativas de Guillermo Pérez Villalta, que aquí desvela las claves de su obra figurativa y sus diversas capas de significación, los códigos plásticos y simbólicos de sus cuadros más significativos, su armonía compositiva y  la textura inconfundible de sus acrílicos, la geometría implícita de su estilización espacial o la perspectiva de sus constantes referentes arquitectónicos y espaciales, sus bodegones alegóricos y sus interiores ensimismados.

A propósito de ese recorrido con textos reveladores del artista por su obra,  Óscar Alonso Molina destaca en el prólogo la presencia en este libro de dos modelos textuales a los que responden los escritos de Pérez Villalta de la parte central del libro. Una zona en la que su funden ejemplarmente la vida y el arte, las imágenes y los textos, entre los que «cabe distinguir dos modelos bien diferenciados: en el primero desarrolla contenidos genéricos como la imaginación y la fantasía, la geometría y la perspectiva, el dibujo, el clasicismo, la belleza, la composición o el vacío, demostrando una profunda erudición; suelen ser textos de cierta extensión en los que desarrolla el tema en profundidad, bastantes abstractos, y donde, según qué épocas, el artista ha empleado registros retóricos diferentes: más literarios, con vuelos poéticos barrocos y cierta retórica alegórica los más antiguos, de mayor concisión los recientes, en tono sencillo, coloquial, como si le hablase a un amigo. En cuanto al segundo modelo textual, se trata ya de una auténtica écfrasis de las obras, es decir, descripciones más o menos pormenorizadas de lo que el espectador puede ver en ellas, pero recreando la imagen de forma que lo visual y lo conceptual dialoguen hasta fusionarse; para esta manera de, digamos, pintar con palabras, el artista emplea una voz más sumaria, en breves párrafos, a veces de pocas líneas, donde explica formalmente cada pieza al tiempo que desentraña sus guías principales, a menudo poniendo al lado una pequeña reproducción de la imagen referida para mayor eficacia de la glosa.»

Y de esa manera, entre la nota autobiográfica y la iluminación verbal que proyecta sobre sus propios cuadros, Pérez Villalta evoca el descubrimiento infantil del arte en la catedral de Málaga cuando «se me abrieron los ojos y la mente a algo que me llenaba de plenitud»; la revelación de la pintura de Giorgio de Chirico, el arte moderno y la psicodelia que «transformó profundamente la sensibilidad estética y artística»; su proceso autodidacta de formación y la educación de sus gustos plásticos, desde los prerrafaelitas hasta Friedrich pasando por Rothko o Magritte, por Rubens y Velázquez, por las batallas de Paolo Ucello y la imaginería sevillana de los ritos procesionales o por Piero della Francesca, sobre quien afirma: «Siempre he admirado a este artista; puedo decir que es mi preferido»; las fases de su evolución estética y conceptual, sus principales exposiciones, su enriquecedora estancia en la Academia de Roma o su reivindicación de un nuevo arte mediterráneo como alternativa a lo nórdico, porque -como él mismo escribe- “me siento profundamente mediterráneo. Es la tierra en la que florezco. Pero también siento la europeidad en mí. Es mi cultura, mi ancestro.» 

Dejo aquí una muestra significativa del libro: la lectura explicativa de su cuadro El taller (1979):



El taller fue un cuadro que hice para mí. Una especie de exvoto dedicado a la belleza y el placer deparados por mi amor al arte. Mi yo pintado en el quicio de una puerta contempla una pintura que solo yo sé cuál es. El espejo, clara referencia al de Las meninas, está en el suelo; si estuviera colgado, reflejaría la enigmática pintura. Esta es algo íntimo y personal. La puerta del fondo, con su propia perspectiva, representa la arquitectura imaginada, con su escalera de caracol y un observatorio astronómico. La ventana de la izquierda muestra lugares amados por mí: la caleta de Tarifa, la playa de Maro en Málaga, el Generalife y los montes de la Axarquía malagueña. El caballete es una composición arquitectónica manierista, como la mesita que sostiene los útiles de dibujo, inspirada por la Asamblea Nacional de Bangladés, en Daca, de mi adorado arquitecto Louis Kahn. La cajita del suelo son mis secretos íntimos. Tardé casi un año en pintarlo.

Finalmente una tercera parte, exclusivamente gráfica, está dedicada a la obra reciente de Pérez Villalta durante los quince últimos años, desde 2011 a 2026, como El gran espacio (2019)



O Los lugares del sueño, sobre el que el pintor escribe estas líneas que cierran la parte central de este libro prodigioso:

Los lugares del sueño puede decirse que concluye esta serie. Desde luego, es la obra más estudiada. Su trazado fue lento. Sustentándose la composición en la división armónica del cuadrado, yo iba haciendo como si pasease por sus lugares, elaborando al mismo tiempo las paredes y los pasillos. De hecho, pretendo que visualmente se haga lo mismo. No es, ni mucho menos, una obra de una sola mirada rápida. Propongo un juego si este no se realiza, no tiene ninguna gracia Es como si, estando despierto, siguiera sueño que me he quedado para mí.



Los lugares del sueño (2017)