13 octubre 2026

Intuiciones precristianas de Simone Weil

 



"Se escribe para no morir nunca. No por la gloria eterna que llevó a Aquiles hasta Troya; tampoco por la vanidad de quien sólo quiere ver su nombre en escaparates. Muy al contrario, se escribe como el niño que guarda bajo la almohada su juguete favorito: para que lo que más apreciamos esté siempre a buen recaudo. Qué mejor lugar que un libro. Así, el día en que ya no estemos y nadie nos recuerde, habrá otros que puedan leer las historias que un día consideramos valiosas. Lo expresó la propia Simone Weil con la mayor lucidez posible en una de sus últimas cartas: «si nadie se aviene a prestar atención a los pensamientos que, no sé cómo, se han posado en un ser tan insuficiente como yo, serán enterrados conmigo. […] El hecho de que estén en mí impide que se les preste atención».
Escribir para la eternidad requiere, como es obvio, escribir sobre las cosas eternas: el amor, el bien, la belleza. Por eso algunos seguimos leyendo hoy a Esquilo, Homero o Platón. Por eso también Simone Weil escribió Intuiciones precristianas y, por eso, hoy, casi un siglo después, Alianza publica esta nueva traducción: para que las cosas eternas sigan siéndolo”, escribe Mercedes López Mateo en el prólogo -'Sabiduría de todos los tiempos y de todos los países'- a su edición de Intuiciones precristianas, que publica Alianza en su colección de bolsillo con traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños.

Simone Weil (París, 1909- Ashford, Reino Unido, 1943) recopiló, tradujo y comentó los materiales griegos con los que compuso Intuiciones precristianas en un momento crucial de su vida, entre octubre de 1941 y mayo de 1942, cuando estaba a punto de partir al exilio tras haberse refugiado primero en Marsella y luego en Casablanca, de donde salió hacia Estados Unidos para regresar a Inglaterra, donde moriría poco después en psiquiátrico.

Esa es la agitada peripecia vital que está al fondo de esta selección comentada cuyo objetivo era llegar al núcleo central del pensamiento griego a través de una serie de textos que no solo ocupaban ese lugar central en el mundo clásico sino que además se constituían ante ella en fuentes de inspiración de la espiritualidad y la teleología cristianas de la gracia o la búsqueda de la divinidad. Esa era precisamente, aunque Weil no lo recuerde, la raíz del neoplatonismo cristiano del Renacimiento.

Una labor de rastreo textual y comentario exegético con los que Simone Weil intenta encontrar prefiguraciones de la metafísica cristiana y de los relatos evangélicos en el homérico Himno a Deméter con el relato del rapto de Core y su descenso al reino de Hades; en las tragedias clásicas de Esquilo y Sófocles y en las figuras de Prometeo, Antígona, Electra o Agamenón; en los textos platónicos del Timeo, El banquete y La república o en los misteriosos fragmentos pitagóricos, a lo que dedica el capítulo más largo del libro, donde escribe:

El pensamiento pitagórico es para nosotros el gran misterio de la civilización griega. Lo encontramos en todas partes. Impregna casi toda la poesía, casi toda la filosofía -y sobre todo a Platón, a quien Aristóteles tenía por un puro pitagórico-, la música, la arquitectura, la escultura; toda la ciencia procede de ella, la aritmética, la geometría, la astronomía, la mecánica, la biología; aquella ciencia es fundamentalmente igual a la nuestra. De ella deriva el pensamiento político de Platón (en su forma auténtica, es decir, tal como queda expuesto en el Político). Abarcaba prácticamente toda la vida profana. En aquella época había entre las diferentes partes de la vida profana, y entre el conjunto de la vida profana y de la vida sobrenatural, tanta unidad como existe hoy separación.

En palabras de la prologuista, Simone Weil fue “una helenista libérrima” para quien “no es que todas las culturas o religiones sean igualmente deseables o incluso intercambiables, sino que todas provienen de una misma fuente y, por tanto, su esencia última se compadece entre ellas.” 

En 1992, George Steiner publicó en The New Yorker un artículo demoledor sobre Simone Weil y este libro. Se titulaba "Un mal viernes" y decía entre otras cosas:

Su trabajo de zahorí es a la vez absurdo y perturbador. Aun siendo una perspicaz helenista, Weil es muy capaz de distorsionar y casi falsear la intención manifiesta y el contexto de las palabras griegas antiguas. Confunde deliberadamente lo poquísimo que conocemos de los cultos mistéricos griegos y los mitos órficos de nuevo nacimiento con los conceptos de bautismo y resurrección del cristianismo. Sus lecturas de Platón son tan selectivas que rozan la parodia. Y sin embargo… Sus intuiciones de una común ansia de luz al otro lado de la razón, pero racionalmente y de algún modo comunicable, sensible al pensamiento y al discurso humanos, no siempre son arbitrarias. Sentía en sus huesos la trama, con frecuencia tenue, subterránea, de metáforas, de simbolismo, de gestos rituales que relacionan la filosofía griega primitiva y posterior, e incluso el paganismo, con el naciente cristianismo. Cuando se trata de ciertos textos trágicos griegos, además, sus comentarios poseen una dolorosa inmediatez. Revive los elementos irresolubles de la contradictoria justicia del matricidio cometido por Orestes. Se identifica, aún más carnal y espiritualmente de como lo hicieron Hegel y Kierkegaard, con la persona y la suerte de la Antígona de Sófocles. También ella sabía del incondicional amor de hermano y hermana. También ella estaba decidida a presentar una resistencia ética y a sacrificarse frente al terror político. Pero, una vez más, no es accidental que su Antígona se muestre con algo más que un toque de Juana de Arco.