Los ángeles malos de Dionisio López
Yo,
que no conozco el desierto
ni el secreto de las estrellas,
sé, sin embargo, que cuando llueve
allí
hay una sombra que me mira
y pregunta por mis pasos.
Es uno de los intensos poemas de Los ángeles malos, el potente libro que publica Dionisio López en Aérea.
Entre un telón que se abre y otro que se cierra, sus tres partes (Rama, Piedra y Barro) exploran la memoria de una infancia que convoca un juego de espejos en el que se reflejan las luces y las sombras, el pasado evocado y el presente de quien evoca y revoca las carnes propias y sucesivas, la vida y la muerte, el sueño y el instinto.
Y quien ajusta cuentas con el pasado en un viaje al límite de la sinceridad yo plural que se proyecta en otras sangres, en la felicidad perdida de otros veranos y en el hueso de otras nieves de invierno, en una temporalidad dolorosa y en una identidad herida por el veneno del recuerdo y la huella blanca del hueso en un itinerario simbólico descendente que cae de la rama aérea al barro mortal hasta el desconsuelo inmisericorde y desolado de estos cuatro versos finales:
Y te ves frente al espejo
desnudo y sin rostro,
perdido
ante la carne que te mira.
En el trayecto vital y verbal hacia esa desembocadura descarnada, hay en los versos de Los ángeles malos una corriente subterránea y tumultuosa en la que late la tempestad emocional del dolor y la pérdida. Esa corriente poderosa e implacable del tiempo que deja grietas y cicatrices sobre el mapa del miedo mientras el silencio dibuja en los poemas de este libro una geografía vacía de llagas incurables, de nichos y de muros y de ausencias irredimibles.
Y un único y constante temblor, el temblor contenido de la palabra honda y verdadera, que atraviesa estas páginas y transmite al lector una conciencia transitiva y solidaria desde un difícil equilibrio entre la intensidad emocional y la contención expresiva. Una conciencia que tiene su eje central en este perturbador poema, lleno de imágenes poderosas, que da título al libro:
LOS ÁNGELES MALOS
Mirábamos al cielo para buscar la luz
y la luz era un cemento de colmillos y flores.
Alzábamos los ojos y nos cegaba
la piel leprosa de la culpa y la condena.
Veinte ángeles me interrogaban,
oscuros y ciegos.
Veinte ángeles crucificados
en las salas blancas de la pureza.
Solo la grieta abrió paso a la claridad.
Pero eso fue más tarde.
Antes fue un asfalto
crepuscular y rojo
y un murmullo de serpientes entre las zarzas.
Los arcos de piedra sujetaban la nada
y dejaban caer sobre mis hombros
una lluvia de plumas y de cal,
una tormenta de alas rotas.
No vuelan los ángeles malos,
decían.
Las tardes eran tranquilas
pero poco a poco,
ahora lo comprendo,
sentíamos el olor del hielo
y las venas se endurecían
como raíces secas.
Viejas palabras cercaban los muros
oblatus est quia ipse voluit
y bajo mis pies
crujía un silencio de huesecillos indescifrables.
Solo el tiempo rompió la piedra.
Solo la higuera y la zarza, la lágrima oscura,
cortaron las raíces congeladas
y abrieron la grieta.
Y el aire llegó a mis brazos
et peccata nostra ipse portavit
y alejó los aullidos primitivos
cojones, vamos coño,
las negras campanas que retumbaran
más rápido joder
por todos los rincones hostias del templo.
Todavía hoy, algunas noches,
adivino sus ojos de gato brillando sobre los nichos
con su ridícula garra escondida
y un aleteo de ramas y plumas y huesos.
Y de rodillas miro
las grietas blancas que protegen mis muros
y rezo esta oración sin nombre:
Solo la luz doró
la piel de los ángeles.


<< Home