Un clásico imprescindible
Cuando el mundo era medio milenio más joven, tenían todos los sucesos formas externas mucho más pronunciadas que ahora. Entre el dolor y la alegría, entre la desgracia y la dicha, parecía la distancia mayor de lo que nos parece a nosotros. Todas las experiencias de la vida conservaban ese grado de espontaneidad y ese carácter absoluto que la alegría y el dolor tienen aún hoy en el espíritu del niño. Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado. Las grandes contingencias de la vida -el nacimiento, el matrimonio, la muerte- tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos -un viaje, un trabajo, una visita- iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades.
Para la miseria y la necesidad había menos lenitivos que ahora. Resultaban, pues, más opresivas y dolorosas. El contraste entre la enfermedad y la salud era más señalado. El frío cortante y las noches pavorosas del invierno eran un mal mucho más grave. El honor y la riqueza eran gozados con más fruición y avidez, porque se distinguían con más intensidad que ahora de la lastimosa pobreza. Un traje de ceremonia, orlado de piel, un vivo fuego en el hogar acompañado de la libación y la broma, un blando lecho, conservaban el alto valor de goce que acaso la novela inglesa ha sido la más perseverante en recordar con sus descripciones de la alegría de vivir. Y todas las cosas de la vida tenían algo de ostentoso, pero cruelmente público. Los leprosos hacían sonar sus carracas y marchaban en procesión; los mendigos gimoteaban en las iglesias y exhibían sus deformidades. Todas las clases, todos los órdenes, todos los oficios, podían reconocerse por su traje. Los grandes señores no se ponían jamás en movimiento sin un pomposo despliegue de armas y libreas, infundiendo respeto y envidia. La administración de la justicia, la venta de mercancías, las bodas y los entierros, todo se anunciaba ruidosamente por medio de cortejos, gritos, lamentaciones y música. El enamorado llevaba la cifra de su dama; el compañero de armas o de religión, el signo de su hermandad; el súbdito, los colores y las armas de su señor.
Así de memorablemente comienza El tono de la vida, capítulo inicial de El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga, un clásico inmortal que ha cumplido más de un siglo desde su primera versión de 1919, que se completaría en la definitiva en 1927.
Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos es el subtítulo de este monumental estudio, precursor de la historia de las mentalidades, que va mucho más allá de su propósito inicial y acabó abarcando un objetivo más amplio: “La necesidad -explica Huizinga en el prólogo de septiembre de 1927- de entender mejor el arte de los hermanos van Eyck y sus seguidores y de ponerlo para ello en conexión con la vida de su tiempo, fue el origen de este libro. En el curso de la investigación resultó, empero, otro cuadro, más amplio en muchos aspectos. Era evidente que los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos son mucho más apropiados para darnos una idea del final de la Edad Media y de las últimas formas en que se manifiesta la cultura medieval que para poner ante nuestros ojos el despertar del Renacimiento.”
De esa manera, Huizinga aborda, interpreta y describe en los veintidós brillantes capítulos de El otoño de la Edad Media todos los aspectos de la cultura -desde la pintura a la literatura, desde la música a la arquitectura- y todas las manifestaciones de la civilización -desde las diferentes expresiones del sentimiento religioso a las costumbres amorosas, desde el heroísmo caballeresco a la imagen de la muerte- para componer un fresco cercano, plástico y muy vivo de la vida en esos dos siglos y en los reinados de Felipe el Bueno y Carlos el Temerario, de la casa de Borgoña.
Dos ejemplos, tomados de ese primer capítulo, de esa prodigiosa capacidad evocadora de la prosa de Huizinga: uno sobre la presencia constante de las campanas en la vida cotidiana:
Había un sonido que dominaba una y otra vez el rumor de la vida cotidiana y que, por múltiple que fuese, no era nunca confuso y lo elevaba todo pasajeramente a una esfera de orden y armonía: las campanas. Las campanas eran en la vida diaria como unos buenos espíritus monitorios, que anunciaban con su voz familiar, ya el duelo, ya la alegría, ya el reposo, ya la agitación; que ya convocaban, ya exhortaban. Se las conocía por sus nombres: la gruesa Jacqueline, la campana Roelant. Se sabía lo que significaba el tocarlas y el repicarlas. Y, a pesar de los excesivos repiques, nadie era nunca sordo a su voz.
[...]
Cuán ensordecedor debe de haber sido el repique de todas las campanas de todas las iglesias y conventos de París, desde la mañana hasta la noche —e incluso durante toda la noche— con ocasión de haber sido elegido un Papa que iba a poner fin al cisma, o porque se había firmado la paz entre el Borgoñón y el Armagnac.
También las procesiones deben de haber sido de un efecto hondamente conmovedor. Si los tiempos estaban revueltos, y esto pasaba con frecuencia, tenían lugar muchas veces a diario, e incluso una semana detrás de otra.
Otro, sobre la conducta impetuosa y temeraria de los príncipes:
La vida y conducta de los príncipes tiene además muchas veces una dimensión de fantasía que nos recuerda a los califas de Las mil y una noches. En medio de las empresas políticas fríamente calculadas obran muchas veces con una impetuosidad temeraria que pone en peligro su vida y su obra por un simple capricho personal. Eduardo III se juega su vida y la del príncipe de Gales y la prosperidad de su país, por atacar a una flota de buques mercantes españoles, en castigo de algunas piraterías. A Felipe el Bueno se le mete en la cabeza casar a uno de sus arqueros con la hija de un rico cervecero de Lila. Como el padre se opone y el Parlamento de París interviene en el asunto, interrumpe súbitamente el duque, ardiendo en furor, los importantes negocios de Estado que lo retenían en Holanda, y emprende en plena Semana Santa un peligroso viaje por mar desde Rotterdam a Sluis, para imponer su capricho. Otra vez, lleno de una cólera insensata a causa de una disputa con su hijo, se escapa a caballo y en secreto de Bruselas, como un escolar fugitivo, y se extravía de noche en el bosque. Cuando regresa, toca la espinosa tarea de traerlo a su vida habitual al caballero Philippe Pot.
Con ese admirable pulso narrativo y una documentación abrumadora que se alimenta más de fuentes literarias (especialmente el alegórico y erótico Roman de la Rose, uno de los ejes de referencia del libro, las historias legendarias y coloristas del cronista de la corte Chastellain, las crónicas prosaicas del escueto Monstrelet o los alegatos morales del teólogo Jean Gerson, canciller de la Universidad de París) y artísticas (especialmente la pintura de los hermanos van Eyck, de Rogier van der Weyden y Memling) que de documentos públicos o privados, oficiales y eclesiásticos, económicos o judiciales, porque -advierte Huizinga- “nuestras investigaciones históricas sobre la Edad Media, que prefieren beber todo lo posible en los documentos oficiales, por desconfianza hacia las crónicas, incurren con ello muchas veces en un peligroso error. Los documentos nos dan escasa noticia de la diferencia en el tono de la vida que nos separa de aquellos tiempos, y nos hacen olvidar el vehemente pathos de la vida medieval. De todas las pasiones que la colman de color, mencionan los documentos, por lo regular, sólo dos: la codicia y la belicosidad. ¿Quién no se ha admirado frecuentemente de la vehemencia y la obstinación casi inconcebibles con que la codicia, el espíritu bélico y la sed de venganza se destacan en los documentos judiciales de aquel tiempo? Sólo en conexión con el general apasionamiento que inflamaba todas estas esferas de la vida, resultan estos rasgos admisibles y explicables para nosotros. Para comprender con justeza aquellos tiempos son, pues, indispensables los cronistas, por superficiales que puedan ser y por frecuentemente que yerren en lo tocante a los hechos.”
Y así, con ese apoyo cronístico, evoca la noche previa a la batalla de Azincourt:
Si el ideal caballeresco tenía que ceder de este modo ante los intereses reales y efectivos, no por ello faltaban ocasiones bastantes de revestir de belleza la guerra. Toda una borrachera de orgullo puede manifestarse en la manera multicolor y jactanciosa de equiparse para la guerra. En la noche anterior a la batalla de Azincourt, ambos ejércitos, que se encuentran frente a frente en la obscuridad, fortalecen tu espíritu con música de trompetas y clarines, y todos se lamentaban profundamente de que los franceses no tuviesen bastante pour eulx resjouyr (para darles juego) y se sintiesen por ello menos animosos.
Con esa mirada constante a las crónicas bajomedievales, Huizinga estudia, analiza y describe cuestiones como el anhelo de una vida más bella, la concepción jerárquica de la sociedad, los ideales caballerescos y la importancia de las órdenes militares, la vinculación del heroísmo con el amor y su estilización refinada en el amor cortés, la expresión plástica y artística del espíritu religioso, los tipos de religiosidad, la decadencia del simbolismo y la irrupción de una forma de realismo en los límites del pensamiento figurado, la conexión entre el arte y la vida, el desarrollo y las manifestaciones de la sensibilidad estética, la relación conflictiva entre la imagen y la palabra y finalmente el advenimiento de la nueva forma con el que culmina el estudio sobre dos siglos fecundos en rasgos extintivos que reflejaban el fin de una época.
Con la brillante versión de José Gaos de 1930, la misma que publicó repetidamente Revista de Occidente y que dejó marcado para siempre a este lector desde su primer año de Facultad en 1972, El otoño de la Edad Media es uno de los títulos que Alianza Editorial ha seleccionado muy acertadamente como uno de los libros inaugurales de su nueva colección Sendas, que forma parte de una remodelación amplia de su fondo y sus proyectos de desarrollo editorial.
Un clásico imprescindible de la historia de la cultura en el siglo XX y una aportación decisiva al conocimiento de la civilización occidental.


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