26 octubre 2026

Un libro memorable



 Escribir poemas
es hablarle a un perro

Porque un perro no entendería un poema de Carlos Sahagún,
aunque un poema no tiene que ser entendido;
un poema ha de subyugar.

Porque un perro no puede ser subyugado por un poema,
ni de Carlos Sahagún ni de nadie; un perro escucharía un poema
como escucharía recitar los nombres de los colores
del catálogo de pinturas en la voz de quien espera una hija.

El llanto de una hija no tiene que ser entendido,
el llanto de una hija subyuga, como un buen poema.

Un perro puede ser subyugado, quizás, por el tono de un poema,
por las inflexiones y la disposición de las sílabas agudas,
por la voz de su amo; también una niña
puede interrumpir de pronto su llanto
ante la impotencia o la ternura depositada en una sílaba.

Pero pronto vuelven el perro a su pelambre, la niña a su llanto;
el tono de un poema no detiene el mundo para siempre.

El perro tiene prohibido entrar a la habitación recién pintada.

La poesía no debe entender el llanto de una niña;
ha de incorporar a sus sílabas su insomnio y sus lágrimas.

El perro es quien mejor entiende el espacio entre un verso
y otro, quien mejor entiende el repentino silencio de una casa.

La poesía es lo que tiene una niña muerta para subyugarnos.

Con ese portentoso poema abre Pedro Flores Como si hubiera muerto una niña, el espléndido libro con el que obtuvo el premio Premio San Juan de la Cruz - Academia de Juglares de Fontiveros, que publica Reino de Cordelia.

En esa misma potencia verbal y en esa misma capacidad de conmover al lector rayan sin excepción los poemas de este libro que toma como referente explícito el título del de Carlos Sahagún, Como si hubiera muerto un niño, del que incluye numerosas citas textuales como pórtico y punto de partida de un diálogo sobre la vida y el paso del tiempo, de una reflexión compartida sobre la poesía y la memoria personal y literaria, sobre la arquitectura del poema y su deber ético o su deuda con la vida y la palabra. 

El homenaje y el diálogo intertextual conviven en estos poemas con las lúcidas meditaciones metapoéticas  de un poeta visionario que convoca la memoria e invoca con sus palabras chamánicas la presencia de niñas muertas como Malva Marina, la monstruosa hija hidrocéfala de Pablo Neruda en su octavo cumpleaños de pétalos quemados y escombros deshojados; como la niña de Nagasaki una mañana de muertes atómicas; como la niña ausente por el pasillo de la demencia de un padre más ausente todavía; como la niña sola a la orilla del mar o de la muerte; como la Ana Frank del diario y las cenizas compartidas; como la Alice Liddell que recuerda el desorientado vértigo de espejos de lo que está arriba y lo que está abajo en un paseo infantil en barca por el río; como Annabel Lee, “la niña del poema”, en el último poema de Poe; como Leonor desde arriba, en  la nube del cielo del exilio de Machado; como la niña más cercana y su memoria doliente en el cuarto inaccesible de una casa sin jardín.

Un libro poderoso y compasivo, lleno de poemas tan memorables y alucinados como este:

Tu ropa tendida

La ropa recién lavada de las niñas muertas 
se tiende afuera, de noche, 
a que la seque la luna.

O el magnífico y recopilatorio Arrimar el ascua a su pez volador:

Aquellos peces voladores vistos 
una tarde de estío, cuando eras niño 
ante el mar total de tu desgracia.
CARLOS SAHAGÚN

No debe de haber demasiados peces voladores en la poesía 
y, de haberlos, es fácil que el poeta caiga en la tentación 
de decir: «peces voladores, ángeles del mar», o cosas peores 
como: «querubines con escamas y ojos saltones». Los poetas 
tienden a convertir en ángel a cualquier criatura alada.

Los poetas, como todo el mundo, tienden a convertir en ángeles 
a todas las niñas muertas, por lo que cualquier niña muerta 
podría ser también un pez volador.

Entonces, lo que Carlos Sahagún vio aquella tarde de estío, 
fueran ángeles con forma de pez o peces con forma de ángel,
eran en realidad niñas muertas, un enjambre de niñas muertas 
voladoras frente al mar de su desgracia, la de Carlos Sahagún.

Como el poeta no puede negarlo, ahora yo
arrimo sus peces voladores al débil ascua de este poema;
ahora yo digo que sus peces voladores eran ángeles
y como soy hijo de mi pueblo (un hijo raro, pero un hijo), 
sostengo que tú te has convertido en un pez volador
y que te has ido a vivir, a volar, a un poema de Carlos Sahagún.

Un libro magnífico escrito por un poeta verdadero desde el convencimiento de que “sin realidad puede haber poema, / pero sin poema no hay realidad.”