Lecciones de Epicuro
Aristóteles describió al ser humano como un «animal político». Epicuro discrepa enérgicamente. La política es antinatural. Dispersa y disipa. Hay que apartarse de las multitudes. «Vive oculto», recomienda. La ataraxia solo es perfecta cuando nos cobijamos en nuestro interior y permanecemos ahí, disfrutando de la corona que se obtiene ejerciendo el mando sobre nuestras pasiones. Somos un imperio y debemos aprender a gobernarnos y a levantar empalizadas que no dejen pasar el mundo exterior. El derecho, la ley y la justicia solo tienen valor y sentido en la medida en que resultan útiles para lograr la ataraxia. La polis no es un absoluto moral, sino una institución con un valor relativo. Surge de un contrato que se puede romper cuando ya no resulta útil. El Estado solo es un instrumento, no algo sagrado. Epicuro desliga al ser humano de su condición de ciudadano y subraya su perfil como individuo. No debe estar al servicio de los intereses de la polis, sino que ha de forjar sus propias metas para buscar su propia felicidad.
En su Carta a Meneceo, Epicuro condensa su filosofía vital en cuatro principios: 1) no temas a los dioses, pues no se entrometen en los asuntos humanos; 2) no temas a la muerte, pues no es nada, salvo un anonadamiento total; 3) los placeres sencillos, que son los únicos valiosos, están al alcance de todos; 4) el mal no dura mucho y se puede soportar con facilidad. Siguiendo este cuádruple fármaco o «tetrafármaco» —una fórmula magistral, atemporal y universal—, el ser humano se convertirá en sabio y será feliz incluso en mitad de los más horribles tormentos, como el del toro de Falaris, una estatua de bronce hueca que se colocaba bajo un fuego para quemar lentamente a los condenados introducidos en su interior.
¿Tiene alguna utilidad a estas alturas el «tetrafármaco» de Epicuro? Vivir sin miedo a los dioses ni a la muerte, cultivar los placeres sencillos y soportar el mal con paciencia, sabiendo que —en la mayoría de los casos— pasará pronto, no parece una mala forma de vivir. Prescindir de los dioses no lleva necesariamente a la desesperación. Lo sagrado y místico enriquecen la vida, pero cuando se convierten en una muleta, nos devuelven a la fragilidad de la niñez. La muerte es terrible, pero allí donde comienza su reinado, nuestra vida se desvanece. Nunca conviviremos con ella.
Rafael Narbona.
Maestros de la felicidad.
Roca Editorial. Barcelona, 2024


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