Ocho del 50
VÁZQUEZ
Vino al mundo en mala hora. Su madre estaba de fiesta cuando le sobrevino el parto. Al niño se le quedó, por cuento de su abuela, el estigma de haber estropeado la diversión materna. «Un sapito» -dijo de sí mismo- nació en mitad del tráfago festivo. Una esquemática criatura de peso liviano y porvenir dudoso. Lo encomendaron a los pechos de una negra oronda por ver si sobrevivía. El mamón, mal que bien, salió adelante bajo la mirada escéptica de la madre. Mariquita Molina, sombrerera.
Así comienza el espléndido capítulo que Antonio Soler dedica a Ángel Vázquez, el novelista autor de La vida perra de Juanita Narboni, en Ocho del 50, el ensayo con el que obtuvo por unanimidad el Premio Espasa de 2026.
Un viaje de la realidad a la ficción se titula este ensayo organizado en cuatro partes que abordan Dos mundos llamados Barcelona, con dos novelistas, Antonio Rabinad y Juan Marsé que «se alimentaron literariamente en las calles y de las calles, nos trajeron racimos de ternura y crueldad»; Dos damas vagabundas, Carmen Martín Gaite y Concha Alós, «la historia de una niña bien y la de una hija del arroyo que acabaron en el mismo sitio»; Un inventor de la narrativa andaluza a 150 kilómetros por hora (Alfonso Grosso) y uno que se bajó en marcha (Caballero Bonald), «un hijo de la desesperación y un irredento. Dos desobedientes, cada uno a su modo», y las figuras de Dos raros (Ángel Vázquez y Jesús Pardo), que «fueron dos pícaros. Y los dos, cada uno a su modo, tuvieron inclinación al pillaje», «dos marcianos que aterrizaron en el panorama literario con su propia brújula.»
Una selección de ocho narradores del 50 que ni parte del canon ni aspira a refundarlo, porque, como explica Antonio Soler en el pórtico del libro, «los autores que comparecen aquí lo hacen en función de la carga autobiográfica que han aportado a sus novelas. La memoria como fuente de ficción. Los ocho cumplen el requisito. En algunos casos se alimentan de la memoria de forma reiterativa y casi exclusiva en busca de una verdad que huye y que es mudable, viva como un río.
Sus novelas constituyen trasuntos biográficos. No importa que giren en torno a un periodo de sus vidas o tracen un recorrido por una zona amplia de la existencia.»
Afinidades geográficas o biográficas, contrastes sociales y vidas paralelas de marginados, disparidades familiares de vencedores y vencidos, convergencias y divergencias que justifican la unión por parejas con la que se vertebra el ensayo de Antonio Soler, que reconoce la presencia en estos autores y sus obras de «estilos distintos, concepción del mundo e incluso de la literatura muy diferentes. Pero todos ellos, los ocho, llenos de interés literario. Y ocho biografías diversas. En ellas, una curiosidad, un dato que tal vez pudiera servir para algún estudiante en busca de tesis doctoral. La figura del padre.»
El cruce constante de memoria y escritura, el lamento del mundo perdido, la remodelación narrativa de la experiencia de la infancia y la adolescencia a través de «una poética de la recreación», la orfandad, el alcohol y la escritura como vías de escape y liberación son algunas de las constantes que vinculan estas ocho aproximaciones a las relaciones entre biografía y fabulación en ocho narradores del medio siglo que han tenido una desigual fortuna crítica.
Del desarraigo de un entorno opresivo y la desolación de Los contactos furtivos y Memento mori, de Antonio Rabinad, «el escritor secreto de Barcelona», a esas obras mayores de indagación en la memoria de los sueños y en la derrota que son Si te dicen que caí y Un día volveré, de Juan Marsé; de la memoria narrada en El cuarto de atrás y Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, a la búsqueda del padre desconocido en Los cien pájaros y Os habla Electra, de Concha Alós; de la exploración de las heridas biográficas de Guarnición de silla y Florido mayo, de Alfonso Grosso a la novela de la memoria de Tiempo de guerras perdidas y Campo de Agramante, de Caballero Bonald; de Se enciende y se apaga una luz y Fiesta para una mujer sola, de Ángel Vázquez, al Autorretrato sin retoques y Borrón y cuenta nueva, de Jesús Pardo, Ocho del 50 ofrece un esclarecedor recorrido por la vida y la novelística de un grupo de notables narradores sobre los que escribe Antonio Soler:
Todos los niños que vivieron la guerra y la posguerra en Barcelona no escribieron magníficas novelas como Antonio Rabinad o Juan Marsé, ni todas las chicas bien de la época o las de origen marginal harían lo mismo que Carmen Martín Gaite o Concha Alós. Pero al mismo tiempo está claro que si Rabinad o Marsé hubieran pertenecido a familias acomodadas, si Martín Gaite hubiera sido hija de una prostituta o Alós de un notario, sus obras habrían sido diferentes. Sus respectivas biografías traspasaron el umbral, la piel de la escritura, se filtraron en el terreno de la ficción. Su memoria se alió con su imaginación y acabaron dejando una huella reconocible en estos ocho escritores de la Generación del 50.
Ocho escritores y ocho acercamientos críticos y humanos tan memorables como esta semblanza de Alfonso Grosso:
Altivo como un aceitunero de Jaén, andaluz profundo, tan profundo que a veces lo vimos surgir por las antípodas. Al dedillo llevaba la novela picaresca, se empapó de Faulkner, supo ver que detrás de los crímenes en Simenon había un gran constructor de atmósferas, climas y personajes. Pero casi siempre guardó sus teorías literarias bajo siete candados. Borrando las huellas, alérgico a lo académico. Aseguran quienes lo trataron de cerca que nunca, salvo en algún susurro perdido, se le escuchó alabar a ningún novelista, se llamara éste Cervantes o Proust. Si acaso reconoció que entre sus coetáneos había gente de interés. Sánchez Ferlosio, Aldecoa y sobre todo Luis Goytisolo. Y si hizo una promesa alguna vez no fue a un santo ni a una Virgen de Triana, sino al destino. Y así juró, sereno y desafiante, que se suicidaría si en el plazo de dos años no se convertía en el novelista más importante de su generación.
Así anduvo. La promesa quedó en el aire o tal vez él tuvo constancia de que se había cumplido el reto y quedaba descartado el ahorcamiento o el tiro en la sien.
O esta otra imagen de Caballero Bonald:
Rebelde, insumiso, desobediente, insurrecto, alzado, indisciplinado y todos los sinónimos si es que el sinónimo existiese que se le quieran añadir ponen pie en la figura del escritor jerezano. Alguna vez confesó, por añadidura, que estaba incapacitado para escribir mal. Completamente cierto. Alérgico a la banalidad literaria. Exigente consigo mismo hasta el último minuto. Los libros postreros, esos que para tantos buenos escritores son un ejercicio de relleno, un mero asunto de caligrafía por no dejar dormida la mano o quieto el bolsillo, fueron la expansión de las ondas concéntricas que Caballero Bonald había ido trazando desde los primeros compases poéticos hasta las obras, no importa de qué género, escritas en la madurez creativa.


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