01 septiembre 2026

La pasión de la mente occidental

  




“Este libro presenta una historia concisa de la cosmovisión occidental desde los griegos antiguos hasta los autores posmodernos. Con ello he querido proporcionar, en un solo volumen, una exposición coherente de la evolución de la mente occidental y de su cambiante concepción de la realidad. Los últimos progresos en diversos frentes (el filosófico, el de la psicología profunda, el de los estudios de la religión y el de la historia de la ciencia) han arrojado nueva luz sobre esta notable evolución. Esos progresos han influido y enriquecido enormemente la exposición histórica que aquí se presenta, razón por la cual los he expuesto en un epílogo, con el fin de explicitar una nueva perspectiva en la comprensión de la historia intelectual y espiritual de nuestra cultura.
Hoy se habla mucho de la quiebra de la tradición occidental, del declive de la educación liberal, de la peligrosa ausencia de fundamento cultural para abordar los problemas contemporáneos. Estas preocupaciones reflejan, en parte, inseguridad y nostalgia ante un mundo que está sufriendo cambios radicales. Pero también reflejan una necesidad auténtica. Es a los hombres y mujeres que, cada vez en mayor número, reconocen esa necesidad, a quienes se dirige precisamente este libro”, escribe Richard Tarnas en el Prefacio a La pasión de la mente occidental, que ha alcanzado ya, como su posterior y complementario Cosmos y Psique, la quinta edición, publicada por Atalanta con traducción de Marco Aurelio Galmarini.

A través de un recorrido por las ideas que han marcado la evolución del pensamiento occidental y combinando  la claridad expositiva y el propósito divulgador con el rigor analítico que justifica su condición de lectura obligatoria como manual en varias universidades norteamericanas, Richard Tarnas explora la cosmovisión occidental, desde la antigüedad clásica hasta los autores de la posmodernidad. Filosofía, religión, psicología y ciencia, se exponen así ordenadas en un conjunto coherente para explicar el desarrollo de la mente occidental, que es el resultado de un pensamiento y unos valores que se replantean crítica y constantemente, frente al dogmatismo inmovilista y acrítico.

Organizada en seis grandes apartados que responden a otros tantos momentos evolutivos en la configuración y el desarrollo del pensamiento occidental, “la historia que sigue -explica Tarnas en su Introducción- está cronológicamente organizada con una mirada evolutiva de acuerdo con las tres cosmovisiones asociadas a las tres grandes épocas que tradicionalmente se han distinguido en la historia cultural de Occidente: la clásica, la medieval y la moderna.”

Y tanto en el conjunto de la obra como en cada una de sus seis partes hay, además de un análisis panorámico, una voluntad de mostrar la formación y la transformación del pensamiento occidental como resultado de procesos evolutivos dinámicos que vinculan unas épocas a otras en una red de relaciones que permiten apreciar el sentido global y la coherencia de la evolución cultural desde la visión griega del mundo hasta la transformación de la era moderna en la posmodernidad contemporánea de Foucault o Derrida.

Entre esos dos límites, Tarnas recorre la evolución del pensamiento griego desde la cosmovisión mítica de Homero al nacimiento de la filosofía y la aparición del héroe platónico, la transformación de la era clásica desde la evolución de la matriz helenística y el neoplatonismo hasta la visión cristiana del mundo y su herencia platónica, o el paso de la escolástica medieval de Tomás de Aquino y el escolasticismo crítico de Ockham al humanismo clásico de Petrarca, los fundamentos astronómicos, cosmologicos y filosóficos de la visión moderna del mundo que trajo el Renacimiento con Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, Bacon o Descartes.

Transformación dinámica y continuidad de los grandes temas, esas son las dos ideas conectoras que vertebran este monumental ensayo, subtitulado Para la comprensión de las ideas que modelaron nuestra cosmovisión, que revela la imagen cambiante de lo humano desde Copérnico a Freud, la creciente autocrítica de la mente moderna en la Ilustración, de Locke a Hume, del exigente desafío intelectual de Kant al declive de la metafísica; el cisma cada vez más radical entre el pensamiento científico y el humanístico y los intentos de tender puentes entre ambos por parte de Goethe, Hegel y Jung.

Y además de esa visión panorámica, Tarnas aporta excelentes visiones de conjunto sobre el significado en el pensamiento occidental de autores fundamentales como Aristóteles y el equilibrio griego (“Podría decirse que con Aristóteles, Platón bajó a la tierra. Y si, desde un punto de vista platónico, la luminosidad del universo basado en las Ideas trascendentes quedó devaluada en el proceso, otros señalan que con Aristóteles el mundo se hizo mucho más inteligible y consideran que su enfoque fue una modificación necesaria del idealismo de Platón”); el dualismo materia/espíritu y Atenas/Jerusalén en el cristianismo y Agustín de Hipona (“un individuo cuya influencia en el cristianismo occidental sería de una amplitud, profundidad y duración sin parangón. Pues en Agustín todos estos factores (el judaísmo, la teología paulina, el misticismo de Juan, el primer ascetismo cristiano, el dualismo gnóstico, el neoplatonismo y el estado crítico de finales de la civilización clásica) se combinaron con las peculiaridades de su carácter e historia personales para definir una actitud respecto de la naturaleza y de este mundo, de la historia humana y de la redención del hombre, que durante mucho tiempo habrían de modelar el carácter del cristianismo occidental medieval”); la figura paradójica de Ockham (“hombre completamente medieval a la vez que extrañamente moderno [...], nacido poco después de la muerte de Tomás de Aquino, empleó la misma pasión que éste por la precisión racional, pero llegó a conclusiones absolutamente distintas”]; Locke, que “estableció el tono de la Ilustración con su afirmación del principio fundamental del empirismo: no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”; Kant, cima del pensamiento filosófico y fundador de la modernidad (“el desafío intelectual al que hizo frente Immanuel Kant en la segunda mitad del siglo XVIII era aparentemente imposible de resolver: por un lado, reconciliar las aspiraciones de la ciencia al conocimiento cierto y auténtico del mundo con la afirmación filosófica de que la experiencia nunca podría dar origen a ese conocimiento; por otro, reconciliar la aserción de la libertad moral del hombre, tal como la postulaba la religión, con la afirmación científica según la cual la naturaleza está absolutamente determinada por leyes necesarias”) y su contemporáneo Goethe, que “si bien, al igual que Kant, reconocía el papel constitutivo de la mente humana en el conocimiento, percibía la verdadera relación del hombre con la naturaleza como la superación del dualismo kantiano. A juicio de Goethe, la naturaleza lo impregna todo, incluso la mente y la imaginación humanas. De ahí que la verdad de la naturaleza no exista como algo independiente y objetivo, sino que se revela en el acto mismo de conocimiento humano”; “el extraordinario logro filosófico” de Hegel (“inspirándose en la filosofía griega clásica, el misticismo cristiano y el romanticismo alemán para construir su sistema, que lo abarcaba absolutamente todo, Hegel enunció una concepción de la realidad que trataba de relacionar y unificar hombre y naturaleza, espíritu y materia, humano y divino, tiempo y eternidad”) o de Jung, que “encontró pruebas de un inconsciente colectivo común a todos los seres humanos, estructurado de acuerdo con poderosos principios arquetípicos. Aunque no había duda de que la experiencia humana estaba condicionada localmente por una multitud de factores concretos de orden biográfico, cultural e histórico, todos ellos se integraban, en un nivel más profundo, en determinados modelos o modos de experiencia universales, formas arquetípicas que constantemente ordenaban los elementos de la experiencia humana en configuraciones típicas y daban continuidad dinámica a la psicología humana colectiva.”

Además de la filosofía, la religión, la ciencia y la psicología, en la construcción del pensamiento occidental, no sólo en su expresión formal, tiene un papel muy importante la literatura, que ha ido configurando una serie de arquetipos y modelos que perfilan ese pensamiento y lo consolidan culturalmente. Por eso Tarnas no pierde de vista esos referentes literarios (de Homero a Dante, de Montaigne a Shakespeare, de Virgilio a Petrarca, de Cervantes a Milton, de la literatura clásica al Romanticismo) y analiza con su admirable claridad expositiva algunas de las líneas fundamentales de la literatura del siglo XX, entre el existencialismo y el nihilismo, una de las zonas de confluencia de la filosofía y la literatura: 

La impotencia subyacente al individuo en la vida moderna presionó a muchos artistas e intelectuales a retirarse del mundo, a abandonar la liza pública. Cada vez eran menos los que se sentían capaces de abordar problemas que fueran más allá de la situación inmediata del yo y de su lucha privada por la sustancia, por no hablar del compromiso con las visiones morales universales que ya no parecían creíbles. La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.
[..,]
En los cuatro siglos de existencia del hombre moderno, Bacon y Descartes se habían convertido en Kafka y Beckett.

Era el preludio del pensamiento crítico de la posmodernidad, que -concluye Tarnas- “estimuló un vigoroso rechazo de todo el «canon» intelectual de Occidente, que durante tanto tiempo había sido definido y privilegiado por una elite más o menos exclusivamente masculina, blanca y europea. Las verdades heredadas con relación al «hombre», la «razón»,“la «civilización» y el «progreso» han sido denunciadas como intelectual y moralmente en bancarrota. Bajo el manto de los valores occidentales se han cometido demasiados pecados. Hoy se lanzan miradas desencantadas hacia la larga historia occidental de expansionismo y explotación despiadados: rapacidad de las elites desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos, sistemático medrar a expensas de los demás, colonialismo e imperialismo, esclavitud y genocidio, antisemitismo, opresión de las mujeres, la gente de color, las minorías, los homosexuales, las clases trabajadoras y los pobres, destrucción de sociedades indígenas en todo el mundo, arrogante insensibilidad para con otras tradiciones y valores culturales, cruel abuso de otras formas de vida, devastación ciega de prácticamente todo el planeta.
  En este contexto cultural radicalmente transformado, el mundo académico contemporáneo se ha preocupado cada vez más por la deconstrucción crítica de los supuestos tradicionales a través de diversas modalidades de análisis que en parte se superponían unas a otras: sociológicas y políticas, históricas y psicológicas, lingüísticas y literarias. ”

“La más lúcida y concisa introducción que he leído sobre las grandes líneas del pensamiento occidental que cualquier estudiante debería saber. Su estilo es elegante y transporta al lector con el ímpetu de una novela”, dijo Joseph Campbell de La pasión de la mente occidental.

Un libro que se cierra con un iluminador Epílogo que recopila e integra en una visión de conjunto la evolución del pensamiento occidental a través de cuatro ejes de referencia: El doble vínculo poscopernicano, Conocimiento e inconsciente, La evolución de las cosmovisiones e Integrar los opuestos.

En el primero de esos cuatro apartados habla Tarnas del doble vínculo del hombre con el mundo en la condición existencial de la modernidad y de la insignificancia del hombre en el vasto universo indiferente:

En la evolución posterior del pensamiento moderno, cada uno de estos cambios fundamentales, que aquí asocio simbólicamente a las figuras de Copérnico, Descartes y Kant, han sido sostenidos, extendidos y apurados hasta sus últimas consecuencias. Fue así como el radical desplazamiento copernicano del centro cósmico que sufrió el ser humano se vio enfáticamente reforzado e intensificado por la relativización darwiniana del ser humano en el flujo de la evolución, ya no ordenado divinamente, ya no absoluto ni seguro, ya no la culminación de la creación, el hijo preferido del universo, sino tan sólo una más de sus especies efímeras. Inserto en el cosmos inmensamente expandido de la astronomía moderna, el ser humano, otrora noble centro del cosmos, revolotea sin rumbo, convertido ahora en un habitante insignificante de un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella como cualquier otra en el borde de una galaxia entre miles de millones, en un universo indiferente y, en última instancia, hostil.

Y remata la última sección del Epílogo (Integrar los opuestos) con estos párrafos sobre “la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente” que cierran esta obra portentosa:

Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla.
[...]
¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.
Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado… y completado, en el abrazo con lo femenino.





31 agosto 2026

Escaleras



En la tercera edición de Nautical Poetics: Encyclopedic Poetry School's International Invitational Exhibition of Maritime Poetry,  en el centro comercial Wuyue de la ciudad de Yantai.










30 agosto 2026

La libertad, Sancho

 


La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!


Miguel de Cervantes.
Don Quijote de la Mancha, II, 58.
 Edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico.
Real Academia Española. Madrid, 2025.

29 agosto 2026

Un comienzo memorable

 


Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente. Era en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur –ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus vértices, sus luces de posición sideral, se confundían, se trastrocaban, barajando sus alegorías, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago... Pero la Puerta-sin-batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las jambas con aquel cartabón, aquel medio frontón invertido, aquel triángulo negro, con bisel acerado y frío, colgado de sus montantes. Ahí estaba la armazón, desnuda y escueta, nuevamente plantada sobre el sueño de los hombres, como una presencia –una advertencia– que nos concernía a todos por igual. La habíamos dejado a popa, muy lejos, en sus cierzos de abril, y ahora nos resurgía sobre la misma proa, delante, como guiadora –semejante, por la necesaria exactitud de sus paralelas, su implacable geometría, a un gigantesco instrumento de marear. Ya no la acompañaban pendones, tambores ni turbas; no conocía la emoción ni la cólera, ni el llanto, ni la ebriedad de quienes, allá, la rodeaban de un coro de tragedia antigua, con el crujido de las carretas de rodar-hacia-lo-mismo, y el acoplado redoble de las cajas. Aquí, la Puerta estaba sola, frente a la noche, más arriba del mascarón tutelar, relumbraba por su filo diagonal, con el bastidor de madera que se hacía el marco de un panorama de astros. Las olas acudían, se abrían, para rozar nuestra eslora; se cerraban, tras de nosotros, con tan continuado y acompasado rumor que su permanencia se hacía semejante al silencio que el hombre tiene por silencio cuando no escucha voces parecidas a las suyas. Silencio viviente, palpitante y medido, que no era, por lo pronto, el de lo cercenado y yerto... Cuando cayó el filo diagonal con brusquedad de silbido y el dintel se pintó cabalmente, como verdadero remate de puerta en lo alto de sus jambas, el Investido de Poderes, cuya mano había accionado el mecanismo, murmuró entre dientes: «Hay que cuidarla del salitre». Y cerró la Puerta con una gran funda de tela embreada, echada desde arriba. La brisa olía a tierra –humus, estiércol, espigas, resinas– de aquella isla puesta, siglos antes, bajo el amparo de una Señora de Guadalupe que en Cáceres de Extremadura y Tepeyac de América erguía la figura sobre un arco de luna alzado por un Arcángel.
Detrás quedaba una adolescencia cuyos paisajes familiares me eran tan remotos, al cabo de tres años, como remoto me era el ser doliente y postrado que yo hubiera sido antes de que Alguien nos llegara, cierta noche, envuelto en un trueno de aldabas; tan remotos como remoto me era ahora el testigo, el guía, el iluminador de otros tiempos, anterior al hosco Mandatario que, recostado en la borda, meditaba –junto al negro rectángulo encerrado en su funda de inquisición, oscilante como fiel de balanza al compás de cada ola... El agua era clareada, a veces, por un brillo de escamas o el paso de alguna errante corona de sargazos.

Alejo Carpentier.
El siglo de las luces.
Alianza Editorial. Madrid, 2003.



28 agosto 2026

Un verano con Montaigne



 Los libros son compañeros siempre disponibles. Vejez, soledad, ociosidad, aburrimiento, dolor, ansiedad: no hay ningún mal ordinario de la vida al que no puedan aportar remedio, a condición de que esos males no sean demasiado lacerantes. Los libros atenúan las preocupaciones, ofrecen un recurso y una ayuda.
Con todo, se puede adivinar una pizca de ironía en este retrato halagüeño de los libros. Estos no protestan jamás, no se rebelan cuando no les hacemos caso, a diferencia de las mujeres y los hombres de carne y hueso. Los libros son presencias siempre benevolentes y ecuánimes, mientras que los amigos y las amantes son de humor cambiante.
En los albores de la Edad Moderna, Montaigne es de los que, con su elogio de la lectura, mejor anunció la cultura de la letra impresa. En un momento en que tal vez estemos a punto de abandonarla, es bueno recordar que ha sido en los libros donde los hombres y las mujeres se han conocido y reconocido durante siglos en Occidente.

Antoine Compagnon.
Un verano con Montaigne.
Traducción de Núria Petit Fontserè. 
Paidós. Barcelona, 2014.



27 agosto 2026

Tántalo en letras

 


En la rueda de la mucha gente que, como se ha dicho, siempre le estaba oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le llamó señor licenciado. Y sabiendo Vidriera que el tal a quien llamaron licenciado no tenía ni aun título de bachiller, le dijo:
–Guardaos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de la redención de cautivos, que os le llevarán por mostrenco.
A lo cual dijo el amigo:
–Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabéis vos que soy hombre de altas y de profundas letras.
Respondiole Vidriera:
–Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van por altas y no las alcanzáis de profundas.


Miguel de Cervantes.
El Licenciado Vidriera.
En Novelas ejemplares.
Edición de Jorge García López. 
Real Academia Española. Espasa. Madrid, 2013
 

26 agosto 2026

Lezama Lima. Años de fundación

 



La segunda parte, Años de fundación, abarca desde el verano de 1939 hasta diciembre de 1958, y sigue el rastro del protagonista a través de las sucesivas publicaciones que fundó esos años (Espuela de Plata, Nadie Parecía) para desembocar en Orígenes (1944-1956), esa que Octavio Paz llamó alguna vez «la mejor revista del idioma». Una nueva estética coincide aquí con el momento «constitucional» de la República cubana, sacudida luego por numerosos vaivenes políticos. Son los años en que Lezama desarrolló su carrera de poeta y animador cultural, llegando a convertirse, no sin polémica, en una figura de referencia.

Con esas palabras anunciaba Ernesto Hernández Busto el contenido del segundo tomo de su monumental biografía y lectura crítica de José Lezama Lima en tres volúmenes que publica Pre-Textos.

Años de fundación, que llega hoy a las librerías, acota su extensión cronológica entre 1939 y 1959, desde la prodigiosa aventura literaria que fue la revista Espuela de Plata hasta el triunfo de la revolución castrista de 1959.

Años de fundación de revistas como la citada Espuela de Plata, Nadie Parecía y Orígenes, que dieron cauce entonces y siguen siendo ahora el signo y el testimonio de unos años de fecundas cosechas poéticas colectivas en las que Lezama Lima tuvo un evidente y reconocido papel de catalizador.

Aquella admirable Espuela de Plata, cuya primera entrega apareció en agosto de 1939, fue, en palabras de  Hernández  Busto, una “amalgama elitista de mitología pagana y doctrina católica que resultó de la alianza entre Lezama y Guy Pérez Cisneros, rectores de aquella publicación.” Dos años después, en agosto de 1941, aparecería el sexto y último número de aquella magnífica revista que es uno de los ejes que articulan "Una tribu en la ciudad", el primero de los cinco capítulos de este segundo volumen.

Y así, tras la desaparición de Espuela de Plata, surgió Nadie Parecía, la revista que se mantuvo entre septiembre de 1942 y marzo de 1944 y en la que publicó la inolvidable Rapsodia para el mulo. Sin tregua en el impulso, ese mismo año fundó la aún más decisiva Orígenes, que prolongó su existencia hasta 1956, en un final polémico que no borraría su importancia decisiva y la configuración del grupo Orígenes. 

“Se trata -escribe Hernández Busto- de una de las empresas fundamentales en la cultura hispanoamericana de su siglo, no solo por su sentido crítico y la altísima calidad de casi todo lo que publicó, sino por haberse convertido en germen de un movimiento cultural que va más allá de lo literario o lo artístico.”

En torno a la fundación y el desarrollo de esas tres revistas, a su contexto y sus colaboradores giran estos Años de fundación, en los que Hernández  Busto recorre con agudeza crítica y reconstruye con precisión analítica veinte años esenciales en la vida y la obra poética y ensayística de Lezama, que escribió en aquellas dos décadas títulos imprescindibles como Enemigo rumor, seguramente su mejor libro de poesía; Analecta del reloj, su primera colección de ensayos, de “densidad barroca” y “erudición cosmológica”, o La expresión americana, un conjunto de cinco ensayos sobre las peculiaridades distintivas de la historia y la cultura americanas que surgió de un ciclo de conferencias dictadas por Lezama en el Palacio de Bellas Artes de La Habana en enero de 1957 y que “hoy se considera uno de los ejemplos más notables del ensayo hispanoamericano”, como subraya Hernández Busto. 

Sus páginas aportan además muchas de las claves interpretativas de las dos cumbres novelísticas de Lezama, Paradiso y  Oppiano Licario, como el homoerotismo o el viaje a Jamaica que se evoca también en el extenso y hermético poema Para llegar a la Montego Bay, que incluiría años después en Dador.

Como en el volumen inicial, Años de formación, Hernández Busto aúna el recorrido biográfico y un brillante ejercicio de crítica literaria y aporta un impagable trabajo de elaboración y contextualización del abrumador material documental previo a la redacción de este ensayo, espléndidamente anotado, que incorpora en sus páginas centrales un generoso álbum de ilustraciones que resumen estos años de Lezama a través de fotografías familiares o públicas, de portadas y manuscritos o recortes de prensa.

Un ensayo que atiende por igual al texto y al contexto y perfila, sobre el fondo de la vida y la escritura de Lezama, el contexto histórico, literario y político de aquella Cuba prerrevolucionaria de la Segunda República, que fomentó las libertades civiles, y de la dictadura de Fulgencio Batista desde el cuartelazo de 1952. En ese fondo cambiante y agitado coincidieron con él autores como Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Fina García Marruz, José Rodríguez Feo, Cintio Vitier o Eliseo Diego, que en conjunto representan el momento más brillante de la historia de la cultura cubana.

Un momento sostenido en el tiempo en el que brilla con luz propia como editor y escritor Lezama Lima, guía, orientador y protagonista y autor de algunas de las cimas poéticas, narrativas y ensayísticas de la literatura en español en el siglo XX.



25 agosto 2026

Memoria de Morante

 


De Ronda subía Morante de ser homenajeado. Y parecía el maestro el mismísimo Pedro Romero con un atuendo exacto de la época de Goya, un retrato suyo, con su redecilla de madroños en el pelo, y sus mangas y hombreras hechas de rica pasamanería, y las chorreras almidonadas de su blanca camisa, y su chaleco dieciochesco cuajado de oro. La autoridad torera con la que trenzó el paseíllo al lado de los discretos Ortega —la taleguilla de marfil no tanto— y Aguado se hacía napoleónica. Cuando soltó la mano izquierda, ya era Dios.

Vicente Zabala de La Serna.
Memoria de Morante.
Debate. Barcelona, 2026.


24 agosto 2026

Hijos de Homero




 La personalidad de Homero se nos escurre entre las manos; el autor que nos ha dado multitud de datos sobre la época y los hombres que relata, que ha descrito con precisión de miniaturista el escudo de Aquiles o la genealogía de numerosas familias; el minucioso investigador que nos informa de todos los nombres de los señores micénicos que acudieron a Troya, de sus barcos, de sus tropas, de sus lugares de origen… no nos dice nada, absolutamente nada de sí mismo. Quizá éste sea un rasgo que extrañe al no iniciado en asuntos de la antigua Grecia, pero es el panorama que espera a todo aquel que pretenda interesarse por la vida privada de los griegos antiguos, no importa la fama que tuvieran, las guerras que ganaran o lo poderosos que fueran: la vida privada no interesaba a aquellos hombres que, sin embargo, eran capaces de deslumbrarse ante cualquier gesto que beneficiara a la comunidad de ciudadanos.


Bernardo Souvirón.
Hijos de Homero.
Alianza Editorial. Madrid, 2017.



23 agosto 2026

La saga/fuga de J. B.

 


22 agosto 2026

Juan Goytisolo, Disidencias

 

En un mundo como el hispanohablante, horro de espíritu y tradición críticos, y donde la obra literaria se gesta, por así decirlo, a contrapelo del limbo cultural, la respuesta de las mal llamadas «fuerzas vivas» suele ser el mutismo. Así ocurrió con la única gran novela de la lengua castellana del siglo XIX: me refiero, claro está, a La Regenta; así ocurre y ocurrirá en nuestro ámbito toda vez que el exiguo, mísero arsenal de nuestros «criticos» se enfrente a una obra que escapa a las presuntas leyes de su discurso. Literalmente desarmado, impotente, el reseñador o gacetillero -resulta inadecuado llamar de otro modo a quien tan cruelmente adolece no solo de cultura sino de espíritu crítico- impone con previsora cautela la ley del silencio: hojéense si no los almanaques de la vida literaria española de los últimos diez años -verdadera guía telefónica de autores y premios- en donde se omite como por casualidad toda referencia a las escasas obras renovadoras publicadas en dicho periodo, avalando así aquella justísima observación de José Ángel Valente respecto a la atmósfera cultural de la Península: frente a la general garrulería, vaciedad y alabanza interesada, el silencio y sólo el silencio es significativo.

Juan Goytisolo.
Disidencias.
En Ensayos literarios (1967-1999)
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2007.


21 agosto 2026

Según las últimas estadísticas

 Más de cuatro millones de visitas y casi cuatro mil artículos desde 2012. No tengo datos guardados del sexenio 2006-2011, pero recuerdo que tampoco eran malos. 

Gracias a los lectores de Encuentros de lecturas en estos veinte años, incluidos el abominable y acomplejado pseudocrítico sin estudios ni lecturas que sé que figura entre sus más adictos frecuentadores, aunque no aprende nada más que envidia, y el untuoso semoviente, con nombre más propio de cabestro que de poeta, que quiso ver una metáfora el día que me vio descendiendo unas escaleras mientras él las subía. Menuda capacidad de vaticinio.

Ahí lo lleváis.

















Kafka. Relatos y aforismos

 


20 agosto 2026

Los libros y el tiempo

 


Para Borges la realidad yacía en los libros; en leer libros, en escribir libros, en hablar de libros. Íntimamente tenía conciencia de estar prolongando un diálogo iniciado miles de años atrás. Un diálogo, a su juicio, interminable. Los libros restauraban el pasado. «Con el tiempo —me decía—, todo poema se convierte en una elegía.


Alberto Manguel.
Con Borges.
Traducción de Eduardo Berti.
Alianza Editorial. Madrid, 2004.


19 agosto 2026

El nacimiento de un mundo nuevo

 


18 agosto 2026

Esquilo, Sófocles. Eurípides. Obras completas