26 octubre 2026

Un libro memorable



 Escribir poemas
es hablarle a un perro

Porque un perro no entendería un poema de Carlos Sahagún,
aunque un poema no tiene que ser entendido;
un poema ha de subyugar.

Porque un perro no puede ser subyugado por un poema,
ni de Carlos Sahagún ni de nadie; un perro escucharía un poema
como escucharía recitar los nombres de los colores
del catálogo de pinturas en la voz de quien espera una hija.

El llanto de una hija no tiene que ser entendido,
el llanto de una hija subyuga, como un buen poema.

Un perro puede ser subyugado, quizás, por el tono de un poema,
por las inflexiones y la disposición de las sílabas agudas,
por la voz de su amo; también una niña
puede interrumpir de pronto su llanto
ante la impotencia o la ternura depositada en una sílaba.

Pero pronto vuelven el perro a su pelambre, la niña a su llanto;
el tono de un poema no detiene el mundo para siempre.

El perro tiene prohibido entrar a la habitación recién pintada.

La poesía no debe entender el llanto de una niña;
ha de incorporar a sus sílabas su insomnio y sus lágrimas.

El perro es quien mejor entiende el espacio entre un verso
y otro, quien mejor entiende el repentino silencio de una casa.

La poesía es lo que tiene una niña muerta para subyugarnos.

Con ese portentoso poema abre Pedro Flores Como si hubiera muerto una niña, el espléndido libro con el que obtuvo el premio Premio San Juan de la Cruz - Academia de Juglares de Fontiveros, que publica Reino de Cordelia.

En esa misma potencia verbal y en esa misma capacidad de conmover al lector rayan sin excepción los poemas de este libro que toma como referente explícito el título del de Carlos Sahagún, Como si hubiera muerto un niño, del que incluye numerosas citas textuales como pórtico y punto de partida de un diálogo sobre la vida y el paso del tiempo, de una reflexión compartida sobre la poesía y la memoria personal y literaria, sobre la arquitectura del poema y su deber ético o su deuda con la vida y la palabra. 

El homenaje y el diálogo intertextual conviven en estos poemas con las lúcidas meditaciones metapoéticas  de un poeta visionario que convoca la memoria e invoca con sus palabras chamánicas la presencia de niñas muertas como Malva Marina, la monstruosa hija hidrocéfala de Pablo Neruda en su octavo cumpleaños de pétalos quemados y escombros deshojados; como la niña de Nagasaki una mañana de muertes atómicas; como la niña ausente por el pasillo de la demencia de un padre más ausente todavía; como la niña sola a la orilla del mar o de la muerte; como la Ana Frank del diario y las cenizas compartidas; como la Alice Liddell que recuerda el desorientado vértigo de espejos de lo que está arriba y lo que está abajo en un paseo infantil en barca por el río; como Annabel Lee, “la niña del poema”, en el último poema de Poe; como Leonor desde arriba, en  la nube del cielo del exilio de Machado; como la niña más cercana y su memoria doliente en el cuarto inaccesible de una casa sin jardín.

Un libro poderoso y compasivo, lleno de poemas tan memorables y alucinados como este:

Tu ropa tendida

La ropa recién lavada de las niñas muertas 
se tiende afuera, de noche, 
a que la seque la luna.

O el magnífico y recopilatorio Arrimar el ascua a su pez volador:

Aquellos peces voladores vistos 
una tarde de estío, cuando eras niño 
ante el mar total de tu desgracia.
CARLOS SAHAGÚN

No debe de haber demasiados peces voladores en la poesía 
y, de haberlos, es fácil que el poeta caiga en la tentación 
de decir: «peces voladores, ángeles del mar», o cosas peores 
como: «querubines con escamas y ojos saltones». Los poetas 
tienden a convertir en ángel a cualquier criatura alada.

Los poetas, como todo el mundo, tienden a convertir en ángeles 
a todas las niñas muertas, por lo que cualquier niña muerta 
podría ser también un pez volador.

Entonces, lo que Carlos Sahagún vio aquella tarde de estío, 
fueran ángeles con forma de pez o peces con forma de ángel,
eran en realidad niñas muertas, un enjambre de niñas muertas 
voladoras frente al mar de su desgracia, la de Carlos Sahagún.

Como el poeta no puede negarlo, ahora yo
arrimo sus peces voladores al débil ascua de este poema;
ahora yo digo que sus peces voladores eran ángeles
y como soy hijo de mi pueblo (un hijo raro, pero un hijo), 
sostengo que tú te has convertido en un pez volador
y que te has ido a vivir, a volar, a un poema de Carlos Sahagún.

Un libro magnífico escrito por un poeta verdadero desde el convencimiento de que “sin realidad puede haber poema, / pero sin poema no hay realidad.”



25 octubre 2026

Lengua mortal no dice lo que sentía

 


24 octubre 2026

Chirbes. El novelista perplejo




Hace poco, Eduardo Mendoza consiguió levantar una pequeña tempestad en el lánguido mundillo literario español cuando, en lo que para algunos fue una calculada operación para promocionar su último libro, se le ocurrió declarar que la novela era un género muerto, un arte de sofá y mesilla de noche, lo que provocó un modesto aluvión de declaraciones más o menos forzadas, a favor y en contra de las tesis de Mendoza, que ocuparon a los críticos periodísticos durante algunas semanas. «La novela vive», «la novela ha muerto», se discutió en los pequeños círculos de enterados hasta que, enseguida, las aguas volvieron a su cauce. Todo se había limitado a una boutade u ocurrencia del novelista. La feria de las promociones de nuevos libros y la algarabía de los nuevos premios literarios taparon con su ruido la forzada polémica sin mayores consecuencias.


Rafael Chirbes.
El novelista perplejo.
Anagrama. Barcelona, 2002.

23 octubre 2026

Procesiones medievales



El séptimo sello. Ingmar Bergman, 1957




 Cuantas veces llega para predicar el dominico San Vicente Ferrer salen a recibirle, cantando sus alabanzas, el pueblo, la magistratura, el clero y hasta los obispos y prelados de todas las ciudades. Viaja con un numeroso tropel de partidarios, que hacen procesiones con flagelaciones y cánticos todas las tardes, después de la puesta del sol. En cada ciudad se suman a él nuevos tropeles. San Vicente se ve obligado a regular cuidadosamente la manutención y el hospedaje de todos sus acompañantes, nombrando maestres de alojamiento a los varones más íntegros. Viajan con él numerosos sacerdotes de diversas órdenes para ayudarle a tomar la confesión y asistirle en el servicio de la misa. Le acompañan algunos notarios, para dar fe de los juicios de conciliación que el santo predicador promueve y corona con éxito en todas partes. Allí donde predica es necesario un valladar de madera para protegerle con su séquito de la presión de la muchedumbre, que quisiera besarle la mano o el hábito. Los talleres permanecen silenciosos mientras él predica. Sólo raras veces dejaba de hacer llorar a su auditorio; y cuando hablaba del juicio final y de las penas del infierno, o de los dolores del Salvador, prorrumpían siempre, tanto él como sus oyentes, en tan gran llanto, que necesitaba permanecer en silencio mucho tiempo, hasta que el llanto se calmara. Los arrepentidos se arrojaban al suelo delante de todos los presentes, para confesar con lágrimas sus grandes pecados. Cuando el célebre Olivier Maillard predicó, en 1485, los sermones de Cuaresma en Orleáns, treparon tantas personas a los tejados de las casas, que el pizarrero empleó sesenta y cuatro días en los trabajos de reparación.

Johan Huizinga.
El otoño de la Edad Media.
Versión de Vicente Gaos.
Alianza Sendas. Madrid, 2026.
.

22 octubre 2026

Animales que fabulan

 


Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños.

Hay algo asombroso en el hecho de haber conseguido preservar las ficciones urdidas hace milenios. Desde que alguien narró por primera vez la Ilíada, las peripecias del viejo duelo entre Aquiles y Héctor en las playas de Troya nunca han caído en el olvido. Como escribe Harari, un sociólogo arcaico que hubiera vivido hace 20.000 años, bien pudiera haber llegado a la conclusión de que la mitología tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir. Al fin y al cabo, ¿qué es un cuento? Una secuencia de palabras. Un soplo. Una corriente de aire que sale de los pulmones, atraviesa la laringe, vibra en las cuerdas vocales y adquiere su forma definitiva cuando la lengua acaricia el paladar, los dientes o los labios. Parece imposible salvar algo tan frágil. Pero la humanidad desafió la soberanía absoluta de la destrucción al inventar la escritura y los libros. Gracias a esos hallazgos, nació un espacio inmenso de encuentro con los otros y se produjo un fantástico incremento en la esperanza de vida de las ideas. De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente —hombres y mujeres— que, sin conocerse, ha salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo.


Irene  Vallejo.
Siruela. Madrid, 2019

21 octubre 2026

Donde Álvaro Pombo

 



[1] Donde Álvaro Pombo no habita el olvido. Donde su camarote, bujío insólito, flat con terraza y vistas al oeste: asomarse al interior y al exterior desde la altura. «No quieras salir fuera, vuélvete hacia ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad.» No hay afuera, todo es adentro.
Noli foras ire.
[2] Su mejor libro quizá sea él mismo. Juan Benet le escribe en una carta: «Para Vd. el mayor enigma es Vd. mismo. Lejos de ser una maldición, esa condición debe ser un tesoro, molesto a ratos pero entretenido y sugerente la mayor parte del tiempo». Como el licenciado Vidriera, motivo de su discurso por el Premio Cervantes.
Álvaro puede ser al tiempo ordenado y desordenado, responsable y salvaje, de buenas maneras y de buen corazón, así como colérico, soberbio e impaciente, tan sociable como retraído, tan introvertido como exultante, tan exigente y tenaz como grato y amable en la pequeña distancia. «Todos sabemos que el desorden privado es fruto de la dejadez. Uno se abandona y su habitación acaba hecha un bardal porque parece que el orden es un esfuerzo suplementario, independiente de la vida. La vida da con frecuencia impresión de un caos creador.» Escrito queda.
Con unos ahorrillos for a rainy day. Excéntrico en el sentido literal del adjetivo. «Imprevisible, sabio y divertido», le califica Manuel Vicent. Habitante de una vibrante meteorología donde pueden darse cantábricamente four seasons in one day. Todos tenemos un mar interior que hay que controlar como sea.
[3] Ingenioso, entusiasta, sedentario, individualista, agorafóbico. No ha sido nunca un escritor de tertulias ni de bohemias perdularias. Aborrece el chismorreo. Considera que ciertas rutinas gremiales son una pérdida de tiempo, frente a una vida solitaria de trabajo incesante. Odia lo intelectual y pontífice en cuanto alguien se autocalifica como intelectual y pontífice. En los cócteles, mejor hablar de metafísica.
[4] Con él sobre todo se trata de hablar. Fragmentar la vida con palabras, lecturas, vivencias, pensamientos que se dicen. Las conversaciones van enlazando sus asuntos, las voces acompañan el gesto y se van modulando a capricho o necesidad. Ahí se aferra la vida: se expande en la verbalización y los silencios, se ciñe al laboreo vicioso del fabular. La literatura subyace al mundo. Es el mundo. Hay un entendimiento profundo que se encuentra cómodo en cualquier profundidad, incluso en lo aparentemente superficial, que luego hemos sabido que sustancia nada menos que el correlato objetivo de T. S. Eliot.
Excelente conversador desde niño, de los que no solo hablan, sino que también escuchan. Muy ex auditur. Ajeno a toda pedantería y a todo engreimiento. Le gustaría ser recordado por su elocuencia y por sus amigos. La filosofía le surge incluso cuando habla: no es un alarde, los textos están interiorizados. Lo que le interesa de los libros es lo que puede incorporar a su vida. A menudo a contracorriente, practica una libertad insobornable. «Con un Pombo cada cien mil habitantes respiraríamos un aire más fresco», ha escrito Elvira Lindo.
[5] Lo que más le gusta, divierte y estimula es escribir. Le interesa la escritura como clarificación del mundo. La literatura es su gran proyecto personal. ¿No hablan de proyecto Ortega, Heidegger o Sartre? Uno de sus maestros jesuitas, Cagigal, estaba convencido de su vocación literaria, una vocación que va más allá del hecho de publicar o no un libro. La gran literatura se hace, sobre todo, rompiendo cuartillas, ha dicho la «reina madre» de la colección «Narrativas hispánicas» de Anagrama.
¿Cómo que no es un experimentador literario? Es el escritor más experimental de nuestras letras recientes... al hablar de asuntos inusuales pero graves, al meterse en la conciencia de los personajes, al explorar los territorios de la ironía, la especulación y la oralidad. ¿Es que acaso, señoras y señores, la raíz realista decimonónica va a resultar toda una novedad hoy en día? ¡Oh, albardas, sencillas cosas del campo, apegadas a lo real, que hicieron este viaje según costumbre!
Escritor pedagógico y moralista, sus novelas requieren habitualmente un esfuerzo por parte del lector. Poeta marginal, sin imposturas, sus versos son una llave para entenderle. No se puede ser superficial ni se pueden tener muchos amigos tampoco. Escribir es rezar, dice Kafka.


Son cinco de las quince aproximaciones Preliminares que Mario Crespo López sitúa como obertura de su ambicioso Donde Álvaro Pombo, cuyo título es un guiño que evoca en el lector el de uno de sus libros más significativos, Donde las mujeres (1997), que el propio Pombo tiene por su novela preferida.

Poeta y narrador, Álvaro Pombo (Santander, 1939) es autor de una obra personalísima que en general ha contado con el reconocimiento de la crítica y del público. Desde los iniciales Relatos sobre la falta de sustancia y El héroe de las mansardas de Mansard, su primera novela, con la que obtuvo en 1983 el Premio Herralde, hasta hasta El exclaustrado, su última novela publicada, o los dos recientes volúmenes de Cuentos autobiográficos publicados por Anagrama en 2025 y 2026, su obra narrativa ha ido creciendo en cantidad y calidad hasta consolidarlo como una de las figuras más sobresalientes de la narrativa española de las últimas décadas.

Así resume su importancia Mario Crespo: "Es uno de los plumíferos más destacados del último medio siglo entre las letras hispánicas, cuya trayectoria ha culminado con el Premio Cervantes de 2024, tras una buena ristra de galardones y reconocimientos. Su palabra está casi constantemente en la prensa de una manera u otra, con artículos, presentaciones, anuncios de actos y entrevistas. Hubo un tiempo incluso en que fue toda una celebrity de la televisión, cuando la televisión en España daba ocasión frecuente a encontrar personas interesantes en programas interesantes."
 
Mediante un peculiar estilo en el que conviven la reflexión y el humor, sus novelas y cuentos construyen un universo narrativo y humano inconfundible en el que se equilibran los aspectos argumentales y formales, el hallazgo expresivo y las historias llenas de interés a través de unos personajes complejos y contradictorios, introspectivos y firmemente anclados en la memoria.
 
Personajes que a veces son proyecciones autobiográficas del autor, que ha confesado alguna vez: “Creo que la experiencia es esencial para el escritor. En mi caso, escribir es un viaje a mí mismo y ese viaje no puede desligarse de la experiencia.” Autobiografía y literatura, memoria y ficción van por tanto indisolublemente unidas en la narrativa de Pombo, como resalta Mario Crespo en esos Preliminares.

 “Así como hay autores que hablan de mundos exteriores yo siempre he contado un mundo interior.” explicaba Álvaro Pombo en una entrevista en 2002. Y precisamente Una literatura interior es el último apartado de esa sección preliminar que sirve de introducción a esta biografía articulada en cinco partes que tienen sus referentes en las cinco ciudades en las que transcurre la vida del biografiado: 

La natal Santander del niño de familia de la alta burguesía y la decisiva memoria de su infancia de hijo único y solitario, rodeado de mujeres y de historias familiares que nutrirán muchos de sus relatos y novelas como Una ventana al norte o Santander, 1936; La Dehesilla, la finca en el páramo palentino de los veranos castellanos, el Valladolid del internado en un colegio de jesuitas, el “paso del niño mono al adolescente catastrófico” y la figura decisiva de José María Cagigal, “que me enseñó a tener confianza en mí mismo. Si no hubiera sido por este hombre, no sé qué sería de mí; probablemente, no existiría en estos momentos.”

El primer Madrid de la Universidad en Filosofía y Letras y  el  Colegio Mayor, el descubrimiento de las anfetaminas y los barbitúricos, de Rilke y Eliot y la influencia decisiva de Ortega, Zubiri y Aranguren y la detención por escándalo público en la Plaza de España una madrugada de 1966. Era el segundo de dos finales abruptos y necesarios, uno vergonzoso y otro vergonzante. Este segundo final, que evocará en 2001 en El cielo raso, le haría irse a Londres, donde estaría once años, ocho como limpiador a domicilio por horas y luego tres como telefonista del Banco Urquijo, un empleo modesto y oscuro que luego sublimaría como "ingeniero de telecomunicaciones". La desorientación solitaria, el vacío y el aislamiento desubicado, la poesía de los Protocolos -"un admirable prólogo al resto de su obra"- y los Relatos sobre la falta de sustancia quedan como señales de esa época, que fue decisiva en muchos aspectos vitales y literarios, un periodo de "inmensa negatividad fértil ", por decirlo en sus propias palabras. 

Y finalmente el Madrid del regreso desde finales de 1977. Un Madrid donde desarrollará la mayor parte de su obra, donde se empeña en abrirse paso en los círculos literarios y sociales y va obteniendo un creciente reconocimiento público como poeta y sobre todo como novelista a partir de El héroe de las mansardas de Mansard. Es este el "capítulo mayoritario" del libro, el más centrado en el análisis de su creación literaria, creciente a lo largo de este medio siglo y paralela a un mayor sedentarismo y estabilidad en su dedicación a la escritura, que tiene en El metro de platino iridiado (1990) una de sus referencias e inflexiones más significativas.

Cinco etapas geográficas de un itinerario vital y literario en el que se mezclan constantemente la biografía y la narrativa, la memoria y la creación, porque, como ha escrito Pombo en Autobiografía y novela,  “todos los que leen mis novelas tienen la impresión de que de una u otra manera estoy contando mi vida. Mis novelas producen invariablemente la impresión de un narrador que, bien sea en primera, bien sea en tercera persona, cuenta su vida o proyecta su vida en sus personajes.”

En consecuencia, afrontar su biografía y su obra implica acercarse a un itinerario vital y literario en el que la vida se convierte en literatura y la literatura se hace vida: “Yo he hablado muchísimo de mí mismo en mis obras, pero usándome como material para la invención del Yo y de los otros yoes de las novelas”, reconocía en esa misma entrevista.  

A ese propósito, Mario Crespo subraya que “Pombo está absolutamente presente en sus obras, donde suele entornarse, aprovechando la ficción, para hablar de sí mismo.” Y por eso el biógrafo se detiene no solo en la peripecia biográfica de Pombo, que aporta muchas de las claves fundamentales para entender su obra, sino también en la lectura analítica de sus libros, porque “es imprescindible el análisis de sus textos para trazar su biografía.” 

Construye así la obra con un constante y sólido apoyo en sus conversaciones con el biografiado, en el acceso a sus archivos privados, a algunos inéditos y al fondo fotográfico que ilustra abundantemente el volumen. Pero sobre todo apoyándose en sus artículos y textos literarios, poéticos, ensayísticos o narrativos, porque en esa confluencia constante y bidireccional de vida y literatura, de experiencia y transfiguración narrativa están las bases metodológicas para acometer con un enfoque adecuado y completar con brillantez este acercamiento esencial a la literatura pombiana en un volumen que  ofrece algún anticipo de la aún inconclusa Una novela militar y que se cierra con una doble Bibliografía -activa y pasiva- de y sobre Álvaro Pombo y un amplio índice onomástico, con los que se remata este espléndido Donde Álvaro Pombo.

Una enumeración incompleta es el subtítulo del libro, procedente de un fragmento en el que se evoca uno de los viajes familiares entre La Dehesilla y Santander: 

Es este, al fin, un mundo organizado, serio, rudo, montaraz. Padres e hijo viajan al norte en el Studebaker, llamado «vas o vienes» porque no se distingue muy bien lo de delante y lo de detrás. Así es el mundo, poco distinguible, una descripción memorialística, una enumeración incompleta.

Donde Álvaro Pombo llega hoy a las librerías publicado por Anagrama en su Biblioteca de la memoria. 



20 octubre 2026

José Antonio Santano. Silencio

 




19 octubre 2026

Los ángeles malos de Dionisio López




 Yo, 
que no conozco el desierto 
ni el secreto de las estrellas, 
sé, sin embargo, que cuando llueve 
allí
hay una sombra que me mira 
y pregunta por mis pasos.

Es uno de los intensos poemas de Los ángeles malos, el potente libro que publica Dionisio López en Aérea.

Entre un telón que se abre y otro que se cierra, sus tres partes (Rama, Piedra y Barro) exploran la memoria de una infancia que convoca un juego de espejos en el que se reflejan las luces y las sombras, el pasado evocado y el presente de quien evoca y revoca las carnes propias y sucesivas, la vida y la muerte, el sueño y el instinto.

Y quien ajusta cuentas con el pasado en un viaje al límite de la sinceridad yo plural que se proyecta en otras sangres, en la felicidad perdida de otros veranos y en el hueso de otras nieves de invierno, en una temporalidad dolorosa y en una identidad herida por el veneno del recuerdo y la huella blanca del hueso en un itinerario simbólico descendente que cae de la rama aérea al barro mortal hasta el desconsuelo inmisericorde y desolado de estos cuatro versos finales: 

Y te ves frente al espejo 
desnudo y sin rostro, 
perdido 
ante la carne que te mira. 

En el trayecto vital y verbal hacia esa desembocadura descarnada, hay en los versos de Los ángeles malos una corriente subterránea y tumultuosa en la que late la tempestad emocional del dolor y la pérdida. Esa corriente poderosa e implacable del tiempo que deja grietas y cicatrices sobre el mapa del miedo mientras el silencio dibuja en los poemas de este libro una geografía vacía de llagas incurables, de nichos y de muros y de ausencias irredimibles.

Y un único y constante temblor, el temblor contenido de la palabra honda y verdadera, que atraviesa estas páginas y transmite al lector una conciencia transitiva y solidaria desde un difícil equilibrio entre la intensidad emocional y la contención expresiva. Una conciencia que tiene su eje central en este perturbador poema, lleno de imágenes poderosas, que da título al libro:

LOS ÁNGELES MALOS

Mirábamos al cielo para buscar la luz 
y la luz era un cemento de colmillos y flores.

Alzábamos los ojos y nos cegaba 
la piel leprosa de la culpa y la condena.

Veinte ángeles me interrogaban, 
oscuros y ciegos.

Veinte ángeles crucificados 
en las salas blancas de la pureza.

Solo la grieta abrió paso a la claridad.

Pero eso fue más tarde.

Antes fue un asfalto 
crepuscular y rojo 
y un murmullo de serpientes entre las zarzas.

Los arcos de piedra sujetaban la nada 
y dejaban caer sobre mis hombros 
una lluvia de plumas y de cal, 
una tormenta de alas rotas.

No vuelan los ángeles malos, 
decían.

Las tardes eran tranquilas 
pero poco a poco,
ahora lo comprendo, 
sentíamos el olor del hielo
y las venas se endurecían 
como raíces secas.

Viejas palabras cercaban los muros 
oblatus est quia ipse voluit 
y bajo mis pies 
crujía un silencio de huesecillos indescifrables.

Solo el tiempo rompió la piedra. 
Solo la higuera y la zarza, la lágrima oscura, 
cortaron las raíces congeladas 
y abrieron la grieta.

Y el aire llegó a mis brazos 
et peccata nostra ipse portavit 
y alejó los aullidos primitivos 
cojones, vamos coño, 
las negras campanas que retumbaran 
más rápido joder 
por todos los rincones hostias del templo.

Todavía hoy, algunas noches, 
adivino sus ojos de gato brillando sobre los nichos 
con su ridícula garra escondida 
y un aleteo de ramas y plumas y huesos.

Y de rodillas miro 
las grietas blancas que protegen mis muros 
y rezo esta oración sin nombre:

Solo la luz doró 
la piel de los ángeles.



18 octubre 2026

Historia de la dramaturgia medieval castellana

 


17 octubre 2026

Moisés Pascual Pozas. El viento me cuenta cosas

 


16 octubre 2026

Condición partisana de Jesús García Calderón

 


15 octubre 2026

La era de los nombres ocultos

 


14 octubre 2026

Guillermo Perez Villalta. Desde lo alto de una escalera

 


«Pintar un cuadro. ¿Cómo es un cuadro consciente de la gran carga de memoria que lleva la pintura? No solo es una imagen, incluso la palabra figurativo tiene una connotación de «figura»: representación de la figura humana, que limita. Sería algo así como «representativo». Pienso que este ha sido el principal motivo de la pintura: representar», escribe Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948) en Desde lo alto de una escalera, el espectacular volumen que recoge una gran parte de su obra pictórica y llega hoy a las librerías editado por Atalanta.

Lo presenta un Prólogo de Óscar Alonso Molina en el que califica a Pérez Villalta como «uno de los nombres de referencia dentro del arte español desde el último tercio del siglo XX; desde luego, uno de los más respetados e independientes» y lo sitúa «en el núcleo duro de la nueva figuración madrileña».

Editada admirablemente con un enorme despliegue gráfico que repasa su obra en espléndidas ilustraciones, en su capítulo medular, titulado La vida misma, Pérez Villalta hace un recorrido autobiográfico y artístico por su fecunda y autodidacta trayectoria pictórica de más de medio siglo.

Imaginación y técnica, invención y complejidad, clasicismo y modernidad, narración y simbolismo, conceptualismo y tridimensionalidad, manierismo intelectual y abstracción geométrica, espiritualidad y mitología recorren las creaciones figurativas de Guillermo Pérez Villalta, que aquí desvela las claves de su obra figurativa y sus diversas capas de significación, los códigos plásticos y simbólicos de sus cuadros más significativos, su armonía compositiva y  la textura inconfundible de sus acrílicos, la geometría implícita de su estilización espacial o la perspectiva de sus constantes referentes arquitectónicos y espaciales, sus bodegones alegóricos y sus interiores ensimismados.

A propósito de ese recorrido con textos reveladores del artista por su obra,  Óscar Alonso Molina destaca en el prólogo la presencia en este libro de dos modelos textuales a los que responden los escritos de Pérez Villalta de la parte central del libro. Una zona en la que su funden ejemplarmente la vida y el arte, las imágenes y los textos, entre los que «cabe distinguir dos modelos bien diferenciados: en el primero desarrolla contenidos genéricos como la imaginación y la fantasía, la geometría y la perspectiva, el dibujo, el clasicismo, la belleza, la composición o el vacío, demostrando una profunda erudición; suelen ser textos de cierta extensión en los que desarrolla el tema en profundidad, bastantes abstractos, y donde, según qué épocas, el artista ha empleado registros retóricos diferentes: más literarios, con vuelos poéticos barrocos y cierta retórica alegórica los más antiguos, de mayor concisión los recientes, en tono sencillo, coloquial, como si le hablase a un amigo. En cuanto al segundo modelo textual, se trata ya de una auténtica écfrasis de las obras, es decir, descripciones más o menos pormenorizadas de lo que el espectador puede ver en ellas, pero recreando la imagen de forma que lo visual y lo conceptual dialoguen hasta fusionarse; para esta manera de, digamos, pintar con palabras, el artista emplea una voz más sumaria, en breves párrafos, a veces de pocas líneas, donde explica formalmente cada pieza al tiempo que desentraña sus guías principales, a menudo poniendo al lado una pequeña reproducción de la imagen referida para mayor eficacia de la glosa.»

Y de esa manera, entre la nota autobiográfica y la iluminación verbal que proyecta sobre sus propios cuadros, Pérez Villalta evoca el descubrimiento infantil del arte en la catedral de Málaga cuando «se me abrieron los ojos y la mente a algo que me llenaba de plenitud»; la revelación de la pintura de Giorgio de Chirico, el arte moderno y la psicodelia que «transformó profundamente la sensibilidad estética y artística»; su proceso autodidacta de formación y la educación de sus gustos plásticos, desde los prerrafaelitas hasta Friedrich pasando por Rothko o Magritte, por Rubens y Velázquez, por las batallas de Paolo Ucello y la imaginería sevillana de los ritos procesionales o por Piero della Francesca, sobre quien afirma: «Siempre he admirado a este artista; puedo decir que es mi preferido»; las fases de su evolución estética y conceptual, sus principales exposiciones, su enriquecedora estancia en la Academia de Roma o su reivindicación de un nuevo arte mediterráneo como alternativa a lo nórdico, porque -como él mismo escribe- “me siento profundamente mediterráneo. Es la tierra en la que florezco. Pero también siento la europeidad en mí. Es mi cultura, mi ancestro.» 

Dejo aquí una muestra significativa del libro: la lectura explicativa de su cuadro El taller (1979):



El taller fue un cuadro que hice para mí. Una especie de exvoto dedicado a la belleza y el placer deparados por mi amor al arte. Mi yo pintado en el quicio de una puerta contempla una pintura que solo yo sé cuál es. El espejo, clara referencia al de Las meninas, está en el suelo; si estuviera colgado, reflejaría la enigmática pintura. Esta es algo íntimo y personal. La puerta del fondo, con su propia perspectiva, representa la arquitectura imaginada, con su escalera de caracol y un observatorio astronómico. La ventana de la izquierda muestra lugares amados por mí: la caleta de Tarifa, la playa de Maro en Málaga, el Generalife y los montes de la Axarquía malagueña. El caballete es una composición arquitectónica manierista, como la mesita que sostiene los útiles de dibujo, inspirada por la Asamblea Nacional de Bangladés, en Daca, de mi adorado arquitecto Louis Kahn. La cajita del suelo son mis secretos íntimos. Tardé casi un año en pintarlo.

Finalmente una tercera parte, exclusivamente gráfica, está dedicada a la obra reciente de Pérez Villalta durante los quince últimos años, desde 2011 a 2026, como El gran espacio (2019)



O Los lugares del sueño, sobre el que el pintor escribe estas líneas que cierran la parte central de este libro prodigioso:

Los lugares del sueño puede decirse que concluye esta serie. Desde luego, es la obra más estudiada. Su trazado fue lento. Sustentándose la composición en la división armónica del cuadrado, yo iba haciendo como si pasease por sus lugares, elaborando al mismo tiempo las paredes y los pasillos. De hecho, pretendo que visualmente se haga lo mismo. No es, ni mucho menos, una obra de una sola mirada rápida. Propongo un juego si este no se realiza, no tiene ninguna gracia Es como si, estando despierto, siguiera sueño que me he quedado para mí.



Los lugares del sueño (2017) 




13 octubre 2026

Intuiciones precristianas de Simone Weil

 



"Se escribe para no morir nunca. No por la gloria eterna que llevó a Aquiles hasta Troya; tampoco por la vanidad de quien sólo quiere ver su nombre en escaparates. Muy al contrario, se escribe como el niño que guarda bajo la almohada su juguete favorito: para que lo que más apreciamos esté siempre a buen recaudo. Qué mejor lugar que un libro. Así, el día en que ya no estemos y nadie nos recuerde, habrá otros que puedan leer las historias que un día consideramos valiosas. Lo expresó la propia Simone Weil con la mayor lucidez posible en una de sus últimas cartas: «si nadie se aviene a prestar atención a los pensamientos que, no sé cómo, se han posado en un ser tan insuficiente como yo, serán enterrados conmigo. […] El hecho de que estén en mí impide que se les preste atención».
Escribir para la eternidad requiere, como es obvio, escribir sobre las cosas eternas: el amor, el bien, la belleza. Por eso algunos seguimos leyendo hoy a Esquilo, Homero o Platón. Por eso también Simone Weil escribió Intuiciones precristianas y, por eso, hoy, casi un siglo después, Alianza publica esta nueva traducción: para que las cosas eternas sigan siéndolo”, escribe Mercedes López Mateo en el prólogo -'Sabiduría de todos los tiempos y de todos los países'- a su edición de Intuiciones precristianas, que publica Alianza en su colección de bolsillo con traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños.

Simone Weil (París, 1909- Ashford, Reino Unido, 1943) recopiló, tradujo y comentó los materiales griegos con los que compuso Intuiciones precristianas en un momento crucial de su vida, entre octubre de 1941 y mayo de 1942, cuando estaba a punto de partir al exilio tras haberse refugiado primero en Marsella y luego en Casablanca, de donde salió hacia Estados Unidos para regresar a Inglaterra, donde moriría poco después en psiquiátrico.

Esa es la agitada peripecia vital que está al fondo de esta selección comentada cuyo objetivo era llegar al núcleo central del pensamiento griego a través de una serie de textos que no solo ocupaban ese lugar central en el mundo clásico sino que además se constituían ante ella en fuentes de inspiración de la espiritualidad y la teleología cristianas de la gracia o la búsqueda de la divinidad. Esa era precisamente, aunque Weil no lo recuerde, la raíz del neoplatonismo cristiano del Renacimiento.

Una labor de rastreo textual y comentario exegético con los que Simone Weil intenta encontrar prefiguraciones de la metafísica cristiana y de los relatos evangélicos en el homérico Himno a Deméter con el relato del rapto de Core y su descenso al reino de Hades; en las tragedias clásicas de Esquilo y Sófocles y en las figuras de Prometeo, Antígona, Electra o Agamenón; en los textos platónicos del Timeo, El banquete y La república o en los misteriosos fragmentos pitagóricos, a lo que dedica el capítulo más largo del libro, donde escribe:

El pensamiento pitagórico es para nosotros el gran misterio de la civilización griega. Lo encontramos en todas partes. Impregna casi toda la poesía, casi toda la filosofía -y sobre todo a Platón, a quien Aristóteles tenía por un puro pitagórico-, la música, la arquitectura, la escultura; toda la ciencia procede de ella, la aritmética, la geometría, la astronomía, la mecánica, la biología; aquella ciencia es fundamentalmente igual a la nuestra. De ella deriva el pensamiento político de Platón (en su forma auténtica, es decir, tal como queda expuesto en el Político). Abarcaba prácticamente toda la vida profana. En aquella época había entre las diferentes partes de la vida profana, y entre el conjunto de la vida profana y de la vida sobrenatural, tanta unidad como existe hoy separación.

En palabras de la prologuista, Simone Weil fue “una helenista libérrima” para quien “no es que todas las culturas o religiones sean igualmente deseables o incluso intercambiables, sino que todas provienen de una misma fuente y, por tanto, su esencia última se compadece entre ellas.” 

En 1992, George Steiner publicó en The New Yorker un artículo demoledor sobre Simone Weil y este libro. Se titulaba "Un mal viernes" y decía entre otras cosas:

Su trabajo de zahorí es a la vez absurdo y perturbador. Aun siendo una perspicaz helenista, Weil es muy capaz de distorsionar y casi falsear la intención manifiesta y el contexto de las palabras griegas antiguas. Confunde deliberadamente lo poquísimo que conocemos de los cultos mistéricos griegos y los mitos órficos de nuevo nacimiento con los conceptos de bautismo y resurrección del cristianismo. Sus lecturas de Platón son tan selectivas que rozan la parodia. Y sin embargo… Sus intuiciones de una común ansia de luz al otro lado de la razón, pero racionalmente y de algún modo comunicable, sensible al pensamiento y al discurso humanos, no siempre son arbitrarias. Sentía en sus huesos la trama, con frecuencia tenue, subterránea, de metáforas, de simbolismo, de gestos rituales que relacionan la filosofía griega primitiva y posterior, e incluso el paganismo, con el naciente cristianismo. Cuando se trata de ciertos textos trágicos griegos, además, sus comentarios poseen una dolorosa inmediatez. Revive los elementos irresolubles de la contradictoria justicia del matricidio cometido por Orestes. Se identifica, aún más carnal y espiritualmente de como lo hicieron Hegel y Kierkegaard, con la persona y la suerte de la Antígona de Sófocles. También ella sabía del incondicional amor de hermano y hermana. También ella estaba decidida a presentar una resistencia ética y a sacrificarse frente al terror político. Pero, una vez más, no es accidental que su Antígona se muestre con algo más que un toque de Juana de Arco.

 


12 octubre 2026

Gramática del desorden