07 enero 2026

Con Béla Tarr

 



EL CABALLO DE TURÍN
                                           Con Béla Tarr

Ved la desolación de un árbol despojado, 
el látigo del viento, el horizonte inmóvil 
con estatuas de sal talladas por la niebla.
Es la ley de la lluvia, el reino de lo opaco.

Todo lo invade el barro: 
las calles, las paredes y el frío de los caminos. 
Todo se desintegra en sombras sin memoria 
bajo una lluvia fría que cae sobre las almas.
Es el tiempo del juicio en la mañana oscura.

Ved lo que se deshace: la tela de la araña, 
el invierno del mundo, los días sucesivos,
los turbios remolinos circulares,
la tierra desolada bajo un cielo muy bajo.
Es la ley de la espera bajo las hojas secas, 
la llanura baldía y el camino embarrado.

Siempre hay alguien que mira, 
detrás de una ventana, detrás de unos barrotes,
con mirada apagada un mundo sin colores, 
los cristales hirientes del tiempo y el olvido.
Siempre hay alguien que cruza 
bajo el viento constante la llanura infinita.

Porque comienzo y fin son el mismo lugar:
inhóspitos espacios en donde sobreviven 
los cuerpos fatigados y los rostros perplejos
en medio del vacío: 
el sonido, la furia, la ebriedad del idiota.

Siempre hay alguien que espera. Y el tiempo se detiene 
en el hielo nocturno donde tiemblan los sueños 
como tiembla la llama incierta de una vela 
bajo el viento del mundo.

Y la noche que cae sobre esta oscuridad.
Y la última mañana repetida de nuevo.

(De La herida y el cuchillo. Premio Ciudad de Las Palmas. Ediciones La Palma. En prensa)


06 enero 2026

La llama ebria



 

05 enero 2026

Peter Kingsley. Catafalco




 

04 enero 2026

Salvador Espríu. La piel de toro

 


03 enero 2026

Mary Beard. El Partenón

 


02 enero 2026

Andrea Marcolongo. El arte de correr



 


“A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla. 
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años. 
De ese segundo descubrimiento -o, mejor dicho, de esa segunda epifanía- es de lo que pretendo hablar en este libro”, escribe Andrea Marcolongo en El arte de correr, que publica Taurus con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado De Maratón a Atenas, con alas en los pies, El arte de correr es una reflexión sobre el esfuerzo, a veces doloroso, de la carrera continua, sobre la extraña necesidad de correr y sudar y sobre los antecedentes de esa actividad física en la Grecia clásica.

Apoyada en su experiencia reciente de corredora aficionada que no había hecho nunca deporte, en su determinación de correr los casi 42 kilómetros de la primera maratón que inauguró hace más de dos mil quinientos años, el 12 de septiembre del 490 a. C., el soldado Filípides cuando fue corriendo desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas -«Νενικήκαμεν» (¡Hemos vencido!)- antes de caer muerto por el esfuerzo, y en De arte gymnastica, el primer tratado deportivo de la historia, escrito por el filósofo Filóstrato de Atenas en el siglo III d. C., Andrea Marcolongo explora y asume las lecciones de los clásicos en relación con la actividad física y su relación con el pensamiento y con la belleza. De hecho, Σοφία -«sabiduría»- es la primera palabra del tratado de Filóstrato, que defiende en sus primeras líneas que “la gimnástica es un saber no inferior a los otros.”

Cuando siete siglos después de la batalla de Maratón, Filóstrato buscaba una explicación a la decadencia de los griegos, como señala Andrea Marcolongo, “no abrigaba duda alguna: el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos. Los grandes resultados deportivos de los atletas helénicos en las Olimpiadas eran ya un lejano recuerdo que había que contemplar en las estatuas de mármol deterioradas que reproducían a los vencedores y en los poemas olvidados que cantaban sus gestas. Si bien, como dice el filósofo, «los leones de hoy no son en nada inferiores a los de antes, y lo mismo podría decirse de los perros, los caballos y los toros; en el reino vegetal, las viñas de hoy crecen igual que las de antaño, como también los frutos de la higuera; nada ha cambiado con respecto al oro, la plata y las piedras preciosas; sino que, al contrario, siguiendo los dictámenes de la naturaleza, todas estas cosas son iguales ahora que antaño», es evidente que el carácter de los hombres, que biológicamente siguen siendo idénticos a los de antaño, de repente se ha vuelto muelle debido a la pereza y a la falta de ejercicio: «Aquellas cualidades que brinda la naturaleza han sido deformadas […] a causa de entrenamientos inadecuados y de prácticas poco apropiadas».”

El núcleo de sentido del tratado de Filóstrato “era comprender ante todo qué es el deporte y, por lo tanto, de qué hablamos cuando nos referimos a la actividad física”, explica Marcolongo, que resume así su propio proyecto vital e intelectual en torno al arte de correr entendido no sólo como ejercicio físico sino también como ejercicio intelectual, porque “el entrenamiento no se describe como un camino hacia el éxito, sino como una práctica de resistencia, de repetición, de formación interior. La armonía entre cuerpo y pensamiento no es una metáfora: es una necesidad vital.”

Desde que intuí que detrás de la carrera a pie había mucho más que una cara enrojecida y unas agujetas generalizadas, entender qué es verdaderamente la actividad deportiva me resultó más necesario que nunca. De hecho, enseguida comprendí que el bienestar que sentía después de entrenarme -y algunas pocas veces mientras me entrenaba, si encontraba el valor necesario para guardar las distancias entre la cama y yo- no podía circunscribirse solo a los músculos y su movimiento mecánico. Lo que estaba en movimiento era todo mi ser, físico, mental, emotivo, espiritual, que imploraba que me moviera para estar bien más allá del simple aspecto saludable del asunto. 
Ha sido para arrojar luz sobre todo esto por lo que he hecho del Gimnástico de Filóstrato la principal referencia teórica del presente libro. Las piernas, en cambio, las he puesto yo sola.

Y así se preparó la intrépida autora para correr en solitario, como en 1983 había hecho Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), los 41,8 kms. de distancia entre Maratón y la Acrópolis, porque “los años que he pasado peleándome con la lengua griega para intentar «pensar como pensaban los griegos» me han empujado a cambiar de estrategia; tras estar años sentada ante mi mesa de trabajo rodeada de libros y manuales de gramática, tengo la sensación de que ha llegado para mí el momento de levantarme e intentar «correr como corrían los griegos».”

“En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión, trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo.”

Dejo para terminar esta reflexión en la que nos reconoceremos muchos de quienes, como Murakami en Hawái, como  en París, salimos a correr cada mañana, bajo el sol o la lluvia, con frío o con calor:

A veces me pregunto si todo este andar corriendo de aquí para allá no es más que un intento desesperado de ir más deprisa que el dolor. De una cosa estoy bien segura: todos los corredores que por las mañanas nos obstinamos perversamente en atarnos los cordones de las zapatillas de deporte somos unos grandes masoquistas.



  

01 enero 2026

Una mano al otro lado de la ventana

 


31 diciembre 2025

Stephen Greenblatt. El Renacimiento oscuro

 


30 diciembre 2025

Saavedra Fajardo. Tiempo, vida y fortuna


29 diciembre 2025

Thomas Bernhard. Maestros Antiguos

 


28 diciembre 2025

España monumental

 


27 diciembre 2025

José Luis Villacañas. Saavedra Fajardo

 


26 diciembre 2025

Mozart. Su obra y su mundo

 


25 diciembre 2025

Walser bajo la nieve

 


WALSER BAJO LA NIEVE 1

El anciano que posa bajo la nieve que finalmente le cubriría el 25 de diciembre del 56 es Robert Walser. 
Llevaba más de veinte años arrastrando su perplejidad ingresado en un siquiátrico. Llevaba mucho más tiempo queriendo ser nadie, queriendo ser nada, andando compulsivamente hasta convertirse en dromómano. 
En el momento de la foto está a punto de iniciar uno de esos paseos, otra forma de perderse.
Robert Walser fue el más solitario de los escritores solitarios. Huyó de todo vínculo con el mundo, de toda posesión que lo atara a algún sitio de la vida o la literatura. 
Paseó mucho, siempre en huida, pero se esforzó en no dejar más huellas que las de sus pisadas en la nieve poco antes de morir y las más persistentes, las de su propia escritura.
Y estas no se borraron porque Carl Seeling, que lo acogió en su casa y preparó su biografía, recopiló sus textos, los mostró en antologías y conservó parte de su legado. Sin él, el recuerdo de Walser se hubiera deshecho como la nieve de aquel 25 de diciembre de 1956 en que unos niños encontraron su cadáver semienterrado.
Esta es una de sus últimas imágenes. La nevada que cae en la fotografía empezaba ya a hacerle invisible. Era lo que siempre había querido.

WALSER BAJO LA NIEVE 2

           “La felicidad no es un buen material para el escritor” (R. W.)
                                                                           
Cincuenta y seis. Diciembre. No estaba entre las flores. 

La nieve ha ido enterrando 
un cuerpo triste. Estaba 
debajo de un abeto. 
Lo vieron unos niños que corrían por el parque. 

No estaba entre las flores. El dueño de ese cuerpo 
vivía en Herisau. Un frío manicomio 
era desde hacía mucho su defensa ante el mundo. 

Se bajó de la vida. Se había internado él mismo, 
marginado, indigente, y en su desistimiento 
nos hacía señales 
urgentes con espejos que herían y deslumbraban. 

En Berlín había escrito sus textos más hermosos, 
puros como el discurso de un loco en un paseo. 
Eran páginas lúcidas urdidas lentamente 
(las palabras son suyas) 
con la calma que tiene la fruta en el manzano. 

No quería dejarse empapar por la lluvia 
del esfuerzo que obtiene hipocresías pequeñas. 
Escritor, mayordomo, caminante en lo oscuro, 
cuando escribe se ausenta de sí mismo en un bosque. 

Era una de esas noches para salir huyendo: 
la Navidad hería al solo y por la tierra 
corrían los helados arroyos del recuerdo. 
 
No estaba entre las flores. Yo estaba ya en el mundo 
y lo ignoraba todo, como ignora la nieve 
sus regiones altísimas de frío y de silencio, 
su piadosa misión de enterrar aquel cuerpo. 

( De Las provincias del frío. Algaida. Sevilla, 2006)

Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda





También Cunqueiro se arrima a sus historias, se adentra en ellas. Y en el viejo tapiz del mundo llegó a un desgarrón y, deshilachado, murió. Murió el hombre, no el soñar. Como él dijo en la conferencia que en 1976 pronunció en la UNED: «Muchas vidas llegan al final besando el polvo de la derrota, fracasadas, sólo se salva el sueño». Así la suya. Su obra, para cuya lectura este libro que acaba querría ser una modesta invitación, cada día que pasa está más viva. Es más: como se hacía eco Borges de lo que se decía de Gardel, mutatis mutandis, Cunqueiro «cada día escribe mejor».

Con ese párrafo cierra Antonio Rivero Taravillo Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda, su monumental biografía del autor gallego que publica Renacimiento.

Organizada en diecisiete capítulos cronológicos y rematada con un Epílogo recopilador y conclusivo, esta estupenda biografía -lamentablemente póstuma- es una meticulosa indagación en la vida y la obra de Cunqueiro, indisolublemente ligadas entre sí desde la juventud del autor, tal como se subraya desde el mismo título de sus capítulos, que suelen proponer guiños a los títulos de las obras cunqueirianas: Las mocedades de Álvaro, Fugas y cárceles, Como Fanto Fantini o de Merlín al Sochantre.

Porque, como explica Rivero Taravillo en su Introducción, “esa vida no tiene interés desligada de su obra literaria, que ilumina a aquella. Aquí se intenta vincular ambas, vida y obra” para destacar la importancia que en ella tiene “desde fecha muy temprana, lo fantástico, ese cristal con el que ilumina y tornasola la historia, la literatura, saberes ambos que pone al servicio de su imaginación.”

Y aunque Cela lo despreciaba como un “narrador a escala diocesana”, que “solo pudo tener una mínima prevalencia apoyado en su tiempo por la Secretaría General del Movimiento”, Rivero Taravillo reivindica su obra en estos términos:

Siendo Álvaro Cunqueiro un escritor tan grande (probablemente el mayor de su tierra galaica del siglo XX, ya se dijo, y acaso uno de los diez más importantes del conjunto de las Españas de ese periodo –ya se va viendo–), lo que corresponde a su personalidad, a sus vicisitudes, a la trastienda (o en su caso, rebotica) de su creación, es algo que incumbe a todo aquel que quiera conocer mejor, en España o fuera de ella, nuestras letras.

Y es que “aunque su nombre suele pasar desapercibido para la mayoría de lectores en español, es aquí donde su obra destaca aún más sobresalientemente si cabe, porque a los temas que aborda se suma un donaire que es potenciado por un idioma con timbres galaicos, rasgos perfectamente analizables desde el rigor de la filología y apreciables y apreciados simplemente por el gusto de los lectores. A él no le gustaba que se alabara su estilo, que veía como resultado natural y no búsqueda, pero lo cierto es que el español de Cunqueiro, con independencia del asunto que trate, tiene siempre algo superior, sabroso, digno de ser paladeado, y esto seguramente venga de la influencia del gallego en su español, lo mismo en el léxico que en la sintaxis y hasta la gramática: esas formas como «paréceme» que en otros se leerían como decimonónicas, añosas y de fruncido ceño, académicas de frac como de mantenedor de juegos florales (cosa que él fue a menudo), por magia de la literatura en él no sucede esto ni por asomo.”

Apoyada en una sólida investigación, en un riguroso trabajo de rastreo en hemerotecas de sus centenares de artículos, de variadas fuentes bibliográficas y documentales, en testimonios orales y escritos y en la lectura de la obra del biografiado, esta detallada biografía es una invitación indeclinable para volver a visitar el mundo deslumbrante de Álvaro Cunqueiro a través de la selección de textos que ilustran sus capítulos, a través de sus escenarios galaicos y mindonienses, sus temas, sus claroscuros, sus imposturas y falsedades autobiográficas y su fondo conflictivo. Porque -señala Rivero Taravillo, que nunca somete su mirada crítica a la admiración por Cunqueiro- “a la postre, se verá que Cunqueiro, como todo gran creador, como todo genio, fue una persona llena de conflictos. Sacrificó a la comodidad burguesa, al bienestar de unos hijos a los que dio carreras, a un estatus como persona respetada e invitada a todas partes, la obra, que es decir la fantasía, el sueño, el meollo de su existencia. Es duro decirlo así, pero Cunqueiro traicionó al gran escritor que llevaba dentro por las treinta monedas de plata de las cuantiosas colaboraciones, no siempre en prensa; por los oropeles que su figura otorgaba a otros, cuando él mismo era el oro que más relucía en la literatura de aquellos años. ¿Le habría convenido escribir menos artículos y ponerse a una obra más exigente y cuidada, aun a riesgo de pasar hambre? Seguramente, pero tenía obligaciones familiares. Con todo, mucho de lo mejor que escribió está precisamente en esos artículos, muchos de ellos próximos al cuento.”

Como sus admirables biografías de Cernuda y Cirlot, este ambicioso, esforzado y cumplido Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda quedará como un texto de referencia, no sólo en la bibliografía de Cunqueiro, sino como modelo ejemplar del género biográfico en español.  Así lo ve el propio autor:

Este libro se reconoce por intención, y ojalá que por los resultados obtenidos, en la familia de las llamadas «biografías anglosajonas». Sea esto lo que signifique para otros, aquí se emplea en el sentido de rigurosa, exhaustiva, apoyada en una gran documentación, atenta a los hechos y sin rehuir interpretaciones cuando es pertinente ni que ello empezca para cierta ligereza «latina», más atenta al elemento humano y, por qué no, a la amenidad.

Y, como dice la lápida de su tumba en Mondoñedo, de esta biografía, que es además una antología significativa de textos de Cunqueiro, también se podría decir que “Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más.”




24 diciembre 2025

Las confusiones del cadete Törless