02 enero 2026
“A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla.
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años.
De ese segundo descubrimiento -o, mejor dicho, de esa segunda epifanía- es de lo que pretendo hablar en este libro”, escribe Andrea Marcolongo en El arte de correr, que publica Taurus con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.
Subtitulado De Maratón a Atenas, con alas en los pies, El arte de correr es una reflexión sobre el esfuerzo, a veces doloroso, de la carrera continua, sobre la extraña necesidad de correr y sudar y sobre los antecedentes de esa actividad física en la Grecia clásica.
Apoyada en su experiencia reciente de corredora aficionada que no había hecho nunca deporte, en su determinación de correr los casi 42 kilómetros de la primera maratón que inauguró hace más de dos mil quinientos años, el 12 de septiembre del 490 a. C., el soldado Filípides cuando fue corriendo desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas -«Νενικήκαμεν» (¡Hemos vencido!)- antes de caer muerto por el esfuerzo, y en De arte gymnastica, el primer tratado deportivo de la historia, escrito por el filósofo Filóstrato de Atenas en el siglo III d. C., Andrea Marcolongo explora y asume las lecciones de los clásicos en relación con la actividad física y su relación con el pensamiento y con la belleza. De hecho, Σοφία -«sabiduría»- es la primera palabra del tratado de Filóstrato, que defiende en sus primeras líneas que “la gimnástica es un saber no inferior a los otros.”
Cuando siete siglos después de la batalla de Maratón, Filóstrato buscaba una explicación a la decadencia de los griegos, como señala Andrea Marcolongo, “no abrigaba duda alguna: el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos. Los grandes resultados deportivos de los atletas helénicos en las Olimpiadas eran ya un lejano recuerdo que había que contemplar en las estatuas de mármol deterioradas que reproducían a los vencedores y en los poemas olvidados que cantaban sus gestas. Si bien, como dice el filósofo, «los leones de hoy no son en nada inferiores a los de antes, y lo mismo podría decirse de los perros, los caballos y los toros; en el reino vegetal, las viñas de hoy crecen igual que las de antaño, como también los frutos de la higuera; nada ha cambiado con respecto al oro, la plata y las piedras preciosas; sino que, al contrario, siguiendo los dictámenes de la naturaleza, todas estas cosas son iguales ahora que antaño», es evidente que el carácter de los hombres, que biológicamente siguen siendo idénticos a los de antaño, de repente se ha vuelto muelle debido a la pereza y a la falta de ejercicio: «Aquellas cualidades que brinda la naturaleza han sido deformadas […] a causa de entrenamientos inadecuados y de prácticas poco apropiadas».”
El núcleo de sentido del tratado de Filóstrato “era comprender ante todo qué es el deporte y, por lo tanto, de qué hablamos cuando nos referimos a la actividad física”, explica Marcolongo, que resume así su propio proyecto vital e intelectual en torno al arte de correr entendido no sólo como ejercicio físico sino también como ejercicio intelectual, porque “el entrenamiento no se describe como un camino hacia el éxito, sino como una práctica de resistencia, de repetición, de formación interior. La armonía entre cuerpo y pensamiento no es una metáfora: es una necesidad vital.”
Desde que intuí que detrás de la carrera a pie había mucho más que una cara enrojecida y unas agujetas generalizadas, entender qué es verdaderamente la actividad deportiva me resultó más necesario que nunca. De hecho, enseguida comprendí que el bienestar que sentía después de entrenarme -y algunas pocas veces mientras me entrenaba, si encontraba el valor necesario para guardar las distancias entre la cama y yo- no podía circunscribirse solo a los músculos y su movimiento mecánico. Lo que estaba en movimiento era todo mi ser, físico, mental, emotivo, espiritual, que imploraba que me moviera para estar bien más allá del simple aspecto saludable del asunto.
Ha sido para arrojar luz sobre todo esto por lo que he hecho del Gimnástico de Filóstrato la principal referencia teórica del presente libro. Las piernas, en cambio, las he puesto yo sola.
Y así se preparó la intrépida autora para correr en solitario, como en 1983 había hecho Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), los 41,8 kms. de distancia entre Maratón y la Acrópolis, porque “los años que he pasado peleándome con la lengua griega para intentar «pensar como pensaban los griegos» me han empujado a cambiar de estrategia; tras estar años sentada ante mi mesa de trabajo rodeada de libros y manuales de gramática, tengo la sensación de que ha llegado para mí el momento de levantarme e intentar «correr como corrían los griegos».”
“En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión, trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo.”
Dejo para terminar esta reflexión en la que nos reconoceremos muchos de quienes, como Murakami en Hawái, como en París, salimos a correr cada mañana, bajo el sol o la lluvia, con frío o con calor:
A veces me pregunto si todo este andar corriendo de aquí para allá no es más que un intento desesperado de ir más deprisa que el dolor. De una cosa estoy bien segura: todos los corredores que por las mañanas nos obstinamos perversamente en atarnos los cordones de las zapatillas de deporte somos unos grandes masoquistas.
01 enero 2026
31 diciembre 2025
30 diciembre 2025
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27 diciembre 2025
26 diciembre 2025
25 diciembre 2025
Walser bajo la nieve
WALSER BAJO LA NIEVE 1
El anciano que posa bajo la nieve que finalmente le cubriría el 25 de diciembre del 56 es Robert Walser.
Llevaba más de veinte años arrastrando su perplejidad ingresado en un siquiátrico. Llevaba mucho más tiempo queriendo ser nadie, queriendo ser nada, andando compulsivamente hasta convertirse en dromómano.
En el momento de la foto está a punto de iniciar uno de esos paseos, otra forma de perderse.
Robert Walser fue el más solitario de los escritores solitarios. Huyó de todo vínculo con el mundo, de toda posesión que lo atara a algún sitio de la vida o la literatura.
Paseó mucho, siempre en huida, pero se esforzó en no dejar más huellas que las de sus pisadas en la nieve poco antes de morir y las más persistentes, las de su propia escritura.
Y estas no se borraron porque Carl Seeling, que lo acogió en su casa y preparó su biografía, recopiló sus textos, los mostró en antologías y conservó parte de su legado. Sin él, el recuerdo de Walser se hubiera deshecho como la nieve de aquel 25 de diciembre de 1956 en que unos niños encontraron su cadáver semienterrado.
Esta es una de sus últimas imágenes. La nevada que cae en la fotografía empezaba ya a hacerle invisible. Era lo que siempre había querido.
WALSER BAJO LA NIEVE 2
“La felicidad no es un buen material para el escritor” (R. W.)
Cincuenta y seis. Diciembre. No estaba entre las flores.
La nieve ha ido enterrando
un cuerpo triste. Estaba
debajo de un abeto.
Lo vieron unos niños que corrían por el parque.
No estaba entre las flores. El dueño de ese cuerpo
vivía en Herisau. Un frío manicomio
era desde hacía mucho su defensa ante el mundo.
Se bajó de la vida. Se había internado él mismo,
marginado, indigente, y en su desistimiento
nos hacía señales
urgentes con espejos que herían y deslumbraban.
En Berlín había escrito sus textos más hermosos,
puros como el discurso de un loco en un paseo.
Eran páginas lúcidas urdidas lentamente
(las palabras son suyas)
con la calma que tiene la fruta en el manzano.
No quería dejarse empapar por la lluvia
del esfuerzo que obtiene hipocresías pequeñas.
Escritor, mayordomo, caminante en lo oscuro,
cuando escribe se ausenta de sí mismo en un bosque.
Era una de esas noches para salir huyendo:
la Navidad hería al solo y por la tierra
corrían los helados arroyos del recuerdo.
No estaba entre las flores. Yo estaba ya en el mundo
y lo ignoraba todo, como ignora la nieve
sus regiones altísimas de frío y de silencio,
su piadosa misión de enterrar aquel cuerpo.
( De Las provincias del frío. Algaida. Sevilla, 2006)
Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda
También Cunqueiro se arrima a sus historias, se adentra en ellas. Y en el viejo tapiz del mundo llegó a un desgarrón y, deshilachado, murió. Murió el hombre, no el soñar. Como él dijo en la conferencia que en 1976 pronunció en la UNED: «Muchas vidas llegan al final besando el polvo de la derrota, fracasadas, sólo se salva el sueño». Así la suya. Su obra, para cuya lectura este libro que acaba querría ser una modesta invitación, cada día que pasa está más viva. Es más: como se hacía eco Borges de lo que se decía de Gardel, mutatis mutandis, Cunqueiro «cada día escribe mejor».
Con ese párrafo cierra Antonio Rivero Taravillo Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda, su monumental biografía del autor gallego que publica Renacimiento.
Organizada en diecisiete capítulos cronológicos y rematada con un Epílogo recopilador y conclusivo, esta estupenda biografía -lamentablemente póstuma- es una meticulosa indagación en la vida y la obra de Cunqueiro, indisolublemente ligadas entre sí desde la juventud del autor, tal como se subraya desde el mismo título de sus capítulos, que suelen proponer guiños a los títulos de las obras cunqueirianas: Las mocedades de Álvaro, Fugas y cárceles, Como Fanto Fantini o de Merlín al Sochantre.
Porque, como explica Rivero Taravillo en su Introducción, “esa vida no tiene interés desligada de su obra literaria, que ilumina a aquella. Aquí se intenta vincular ambas, vida y obra” para destacar la importancia que en ella tiene “desde fecha muy temprana, lo fantástico, ese cristal con el que ilumina y tornasola la historia, la literatura, saberes ambos que pone al servicio de su imaginación.”
Y aunque Cela lo despreciaba como un “narrador a escala diocesana”, que “solo pudo tener una mínima prevalencia apoyado en su tiempo por la Secretaría General del Movimiento”, Rivero Taravillo reivindica su obra en estos términos:
Siendo Álvaro Cunqueiro un escritor tan grande (probablemente el mayor de su tierra galaica del siglo XX, ya se dijo, y acaso uno de los diez más importantes del conjunto de las Españas de ese periodo –ya se va viendo–), lo que corresponde a su personalidad, a sus vicisitudes, a la trastienda (o en su caso, rebotica) de su creación, es algo que incumbe a todo aquel que quiera conocer mejor, en España o fuera de ella, nuestras letras.
Y es que “aunque su nombre suele pasar desapercibido para la mayoría de lectores en español, es aquí donde su obra destaca aún más sobresalientemente si cabe, porque a los temas que aborda se suma un donaire que es potenciado por un idioma con timbres galaicos, rasgos perfectamente analizables desde el rigor de la filología y apreciables y apreciados simplemente por el gusto de los lectores. A él no le gustaba que se alabara su estilo, que veía como resultado natural y no búsqueda, pero lo cierto es que el español de Cunqueiro, con independencia del asunto que trate, tiene siempre algo superior, sabroso, digno de ser paladeado, y esto seguramente venga de la influencia del gallego en su español, lo mismo en el léxico que en la sintaxis y hasta la gramática: esas formas como «paréceme» que en otros se leerían como decimonónicas, añosas y de fruncido ceño, académicas de frac como de mantenedor de juegos florales (cosa que él fue a menudo), por magia de la literatura en él no sucede esto ni por asomo.”
Apoyada en una sólida investigación, en un riguroso trabajo de rastreo en hemerotecas de sus centenares de artículos, de variadas fuentes bibliográficas y documentales, en testimonios orales y escritos y en la lectura de la obra del biografiado, esta detallada biografía es una invitación indeclinable para volver a visitar el mundo deslumbrante de Álvaro Cunqueiro a través de la selección de textos que ilustran sus capítulos, a través de sus escenarios galaicos y mindonienses, sus temas, sus claroscuros, sus imposturas y falsedades autobiográficas y su fondo conflictivo. Porque -señala Rivero Taravillo, que nunca somete su mirada crítica a la admiración por Cunqueiro- “a la postre, se verá que Cunqueiro, como todo gran creador, como todo genio, fue una persona llena de conflictos. Sacrificó a la comodidad burguesa, al bienestar de unos hijos a los que dio carreras, a un estatus como persona respetada e invitada a todas partes, la obra, que es decir la fantasía, el sueño, el meollo de su existencia. Es duro decirlo así, pero Cunqueiro traicionó al gran escritor que llevaba dentro por las treinta monedas de plata de las cuantiosas colaboraciones, no siempre en prensa; por los oropeles que su figura otorgaba a otros, cuando él mismo era el oro que más relucía en la literatura de aquellos años. ¿Le habría convenido escribir menos artículos y ponerse a una obra más exigente y cuidada, aun a riesgo de pasar hambre? Seguramente, pero tenía obligaciones familiares. Con todo, mucho de lo mejor que escribió está precisamente en esos artículos, muchos de ellos próximos al cuento.”
Como sus admirables biografías de Cernuda y Cirlot, este ambicioso, esforzado y cumplido Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda quedará como un texto de referencia, no sólo en la bibliografía de Cunqueiro, sino como modelo ejemplar del género biográfico en español. Así lo ve el propio autor:
Este libro se reconoce por intención, y ojalá que por los resultados obtenidos, en la familia de las llamadas «biografías anglosajonas». Sea esto lo que signifique para otros, aquí se emplea en el sentido de rigurosa, exhaustiva, apoyada en una gran documentación, atenta a los hechos y sin rehuir interpretaciones cuando es pertinente ni que ello empezca para cierta ligereza «latina», más atenta al elemento humano y, por qué no, a la amenidad.
Y, como dice la lápida de su tumba en Mondoñedo, de esta biografía, que es además una antología significativa de textos de Cunqueiro, también se podría decir que “Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más.”
24 diciembre 2025
23 diciembre 2025
22 diciembre 2025
Diccionario literario y sentimental de Camba
“El espíritu de la civilización es esto, este espíritu de sociabilización, de colectividad, del que no tenemos nada en España. Si los franceses no tienen personalidad, es porque la civilización la ha suprimido. Lo más personal del mundo es el salvaje y, después, el español. La civilización no hace individuos, sino pueblos. Pero yo no he averiguado todavía qué cosa es mejor: si ser un estúpido y vivir en una gran ciudad como París, o tener mucha personalidad en Madrid”, escribió Julio Camba en “La insignificancia personal y la significación colectiva”, un artículo incluido en el volumen París.
Esas líneas las recoge (s.v. CIVILIZACIÓN) Javier Jiménez en su edición de El mundo según Camba, un espléndido Diccionario literario y sentimental que resume el universo de Camba.
Lo publica Fórcola con un prólogo en el que Andrés Amorós señala que “el diccionario, puede servir de excelente introducción, para que el lector descubra a ese escritor; o, si ya lo conoce, puede ser un buen recordatorio, para que se deleite, volviendo a recorrer su itinerario espiritual.”
Dos virtualidades que cumple con brillantez esta recopilación de fragmentos extraídos de los artículos de Camba, un autor que, como destaca el editor en la dedicatoria, “siempre procuró atenerse a un solo principio: no aburrir nunca a sus lectores.”
Y en efecto, los lectores que ingresen por primera vez en el mundo cambiano para descubrirlo o quienes hayan frecuentado sus textos y vuelvan a visitarlos en esta recopilación entrarán en el ámbito diverso y divertido, lúcido y agudo de uno de los mejores articulistas del siglo XX español.
No se trata de una nueva recopilación de textos de Camba como la reciente Se prohíbe hablar con el conductor, que apareció en esta misma editorial, sino de un diccionario de autor elaborado a partir de una lectura selectiva que propone “una ordenación de-construida de la personal visión del mundo que Camba reflejó en sus artículos.”
Como en FEMINISMO:
Acaso el verdadero feminismo consista en esto: no en la relación de la mujer con el hombre, sino en la relación de unas mujeres con otras. Para las mujeres será siempre fácil convencernos de su bondad, de su inteligencia, de su discreción, etc.; pero y a ellas, ¿quién las convencerá? ¿Quién convencerá nunca a una mujer de que las demás valen algo? (“Sobre el feminismo”)
Un diccionario ilustrado de autor que es otra manera de hacer una antología representativa del mundo de Camba, de su enorme variedad temática y de su mirada irónica, distante y humorística. Con esa mirada personalísima, con una prosa que une la agilidad y la precisión del periodismo a una alta calidad estilística, está plenamente representado en estos fragmentos el que quizá sea el mejor Camba, un Camba dueño de un mundo propio en el que caben la seriedad y el humor, el campo y la ciudad, el pasado y el presente.
Un Camba que escribe sobre asuntos como el aburrimiento y el amor, los barberos y las bibliotecas, la gastronomía y la religión, la política y las modas, el clima y la muerte, la ciudades y las costumbres, el dinero y la enfermedad, la literatura y los vegetarianos, los países y los paisajes, el humor y la historia, la nieve y los madrileños, el ocio y la pereza, Inglaterra y Galicia, el turismo o Baroja, del que escribió Caricaturas y retratos:
Yo no le he admirado nunca por sus cualidades, sino por sus defectos. No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas. Y el día en que Baroja escriba un libro razonable, con ideas sensatas, con buena gramática y con un plan lógico, no seré yo quien se gaste tres cincuenta en adquirirlo.
“Es el propio Camba quien habla en cada vocablo -explica el editor Javier Jiménez en la Nota inicial-. Salvo en una sola ocasión, no reproducimos artículos completos. El editor, con paciencia y tesón, ha coleccionado aquellos vocablos -expurgados de sus artículos- que, en su opinión, reflejan mejor la singular personalidad del periodista y dan cuenta de su peculiar visión de las cosas del mundo.”
Dejo para terminar dos muestras, de diferente tonalidad y enfoque, extraídas de entre las decenas de entradas de este peculiar Diccionario literario y sentimental que contiene en casi cuatrocientas páginas el ancho mundo de Julio Camba:
CAFÉ: No creo que se haya hecho en el mundo ninguna invención más contradictoria que la del café sin cafeína […] No hay que confeccionar el café, que es una bebida excitante, eliminando de él todos los elementos que puedan excitarnos. No hay que preparar el vicio con los elementos de la virtud. Antes la honestidad estaba muchas veces corrompida. Ahora está corrompido hasta el vicio. No hay pureza, no hay honestidad ni en el vicio siquiera. También el vicio tiene sus hipócritas y sus simuladores. ¿A dónde iremos a parar? (“El café sin cafeína”).
FILISTEOS: Tienen todas las ideas y no poseen una sola; defienden todas las teorías y no admiten ninguna; escriben hoy con la tinta roja de los revolucionarios y emborronan mañana sus cuartillas con la tinta negra de los neos. El cerebro entorpece sus planes y lo ocultan como un trasto inútil; detrás del estómago. Para ellos no hay más que un ideal supremo y una suprema verdad: el cocido. Son los fariseos de la pluma; los mercaderes del pensamiento; los Judas de la inteligencia. Son menos todavía. Son los eunucos del serrallo de las ideas, castrados cerebralmente por el amo implacable. Aunque pretendieran pensar por cuenta propia, no podrían hacerlo; carecen de potencia generatriz sus ganglios entumecidos, y en sus corazones ni palpita el amor ni se estremece el odio. A veces triunfan. Con sus bajezas, con sus rastrerías, con sus servilismos, consiguen levantar el nombre del montón anónimo, y el público les sonríe. Pero su triunfo es pasajero, como todos los triunfos que se obtienen siguiendo corriente abajo el gusto vulgar y las pasiones reinantes. Mueren sin haber creado una sola idea, sin haber matizado siquiera un solo pensamiento. Mueren, y de su vida no queda nada absolutamente en el mundo. Un suelto de dos renglones forma todo su epitafio y constituye toda su memoria. (“¡Filisteos!”)
Una inmejorable manera de ingresar o de regresar al territorio literario de Julio Camba.
21 diciembre 2025
El pozo ciego de la izquierda subnormal
La derecha se acerca al 70 %, con Vox en segundo lugar en Badajoz, Navalmoral, Trujillo o Almendralejo, y el PSOE como tercera fuerza, algo impensable hasta hace poco tiempo: hace sólo tres años gobernaba con mayoría absoluta.
Por cierto, la manipulación gráfica de El País ocultando ese tercer puesto es deleznable:
Lectura de la izquierda subnormal: es un fracaso de la derecha, Guardiola es la gran perdedora y debe irse.
Esta izquierda vergonzante y corrupta está en el fondo de un pozo político y ético del que va a tardar décadas en salir.
Un pozo, ciego, claro. Hasta arriba de aguas negras.
https://santosdominguez.blogspot.com/2025/12/el-pozo-ciego-de-la-izquierda-subnormal.html
En la Poesía no puede haber maestro
En la Poesía no puede haber maestro porque no puede ser aprendida: nadie sabe della tanto que pueda enseñar algo della. Los versos buenos son cosa tan mayor que la humanidad; que nadie los hace: ellos se vienen. Quien dice que hace buenos versos se engaña: nadie los hace, todos los esperan. Muchos son tan desgraciados que no se les ofrece ninguno. Algunos son tan dichosos que bajan a su cerebro muchos. Conócese que los versos buenos no se hacen, sino que se ofrecen, en que nadie los escribe sin pausas: desde una copla a otra hay grande espacio, y en este espacio no se puede hacer otra copla. En llegando, no ha menester más tiempo que el que tarda en escribirse.
Juan de Zabaleta.
El día de fiesta por la mañana y por la tarde.
Clásicos Castalia. Madrid, 1983.
20 diciembre 2025
Con cuatro árboles y un pedazo de jardín
Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme, ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, El Príncipe, el Discurso del método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policiaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman «vida de relación», los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi peculio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poseer unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
Salvador Espríu.
Autopresentación.
Barcelona, 14-II-1952.
En Antología lirica.
Cátedra. Madrid, 1977.
19 diciembre 2025
Manuel López Azorín Ni ya tengo otro oficio
Aún sin conocerte
te adiviné tan pura y delicada
que te amé, de tal suerte
que ya no espero nada
que no sea la luz de tu mirada.
Con esa lira abre Manuel López Azorín Ni ya tengo otro oficio, su última entrega poética, que publica Mahalta Ediciones.
En sus liras sanjuanistas o luisistas, en sus silvas becquerianas o garcilasistas y en sus sonetos quevedescos fluye un mismo pulso emocional: el del poeta enamorado que encauza su sentimiento en la secuencia intemporal del verso clásico y en la armónica combinación de heptasílabos y endecasílabos que da a estos poemas una tonalidad contenida y cercana que remite siempre a sus referentes mejores:
Con palabras de ahora,
partiendo de los clásicos, escribo.
De su perfecta métrica cautivo
soy, de sus aguas bebo.
Me acojo a su estructura tan precisa.
a su ritmo, que es brisa,
semejante a la música y al viento.
Al escribirla pienso,
aun hablando en presente,
que aquel lejano ayer no queda ausente.
*
Puedo dejar la rima,
escribir versos blancos, no medidos,
hablar del tiempo en el que estoy y vivo,
y emplear sus palabras.
Mas no quiero olvidar a Garcilaso,
ni dejar apartados
a San Juan de la Cruz, Fray Luis, Quevedo...
Olvidarlos no quiero.
Quiero saber sus formas
y, luego, hacer en mí mi propia norma.
*
Como lo hicieron tantos:
Rubén, Gustavo, Juan Ramón, Machado…
No matar a Salinas ni a Unamuno,
no matar a ninguno,
porque beber el agua de las fuentes
es caminar por siempre
-con toda la memoria- hacia adelante.
Y con esa guía poética, Manuel López Azorín expresa con intensidad, a lo largo de las seis partes en las que se estructura el libro, el temblor emocionado de la palabra enamorada (poco importa que de mujer real o inventada o de la misma poesía, a la metafórica manera juanramoniana: “Vino, primero, pura…” o “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados.”)
Y con el latido verbal de lo verdadero, con el apasionado y primario hálito hernandiano siempre al fondo, como en este texto:
Deshójame en tu cuerpo
con tus besos de viento en este otoño.
Déjame rodearte con mis brazos
de sauce ya desnudos,
que todo mi ramaje es siempre tuyo
y ansío yo la savia
para nutrirnos juntos de la vida.
Yo, que soy barro, quiero
que tú, que eres la espuma,
te confundas conmigo y me renazcas.
O en este otro, donde se funden las huellas de Miguel Hernández y del Antonio Machado que nos enseñó que todo amor es fantasía *:
De nada me sirvió
pensar que te perdí, fuera o no cierto.
Sí, me aferré a inventarte cada día
y tanto te inventé
que ya no sé si eres como eras
o si mi afán de ti
ha recreado un ser inexistente.
Entre el sueño y la niebla
sigue abierta la herida
y este dolor que hiere mi memoria.
——-
*
Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más,
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.
(Antonio Machado. Otras canciones a Guiomar)








