15 agosto 2026

Tradición y masculinidad

 


Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla.
[...]
¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.
Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado… y completado, en el abrazo con lo femenino.


Richard Tarnas.
La pasión de la mente occidental.
Traducción de Marco Aurelio Galmarini.
Atalanta. Gerona, 2012.

14 agosto 2026

Silencio, luz y poesía de José Antonio Santano

  





 En Ser y tiempo reflexionaba Heidegger sobre la relación entre el habla y el silencio y afirmaba que "sólo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el 'ser ahí' tener algo que decir... El silencio es un modo del habla". Y unos años después, en De camino al habla, insistía en que “el hombre está atento a la invocación del mandato del silencio."  

Lo recuerdo ahora a propósito del paradójico título que ha elegido José Antonio Santano para reunir casi tres décadas de escritura poética en un amplio volumen bajo el rótulo Silencio [Poesía 1994-2021] que publica Alhulia con un estudio preliminar en el que Alfonso Berlanga Reyes aborda minuciosamente la trayectoria poética del autor.

La paradoja es uno de los signos característicos de las contradicciones de la modernidad, en la que el silencio está en conflicto latente con la palabra desde el conocido verso de Hölderlin, ¿Y para qué poetas en tiempo de penuria?

Y el silencio, con todos sus matices reflexivos, está muy presente, casi como una constante, no sólo en el título de la poesía reunida de José Antonio Santano, sino también en los de varios de los quince libros reunidos en este monumental volumen (Memorial de silencios, Los silencios de la Cava, La voz ausente) y en algunos de los títulos de sus poemas: Del silencioso y crepuscular embrujo de Carboneras, El último silencio o Color silencio, un texto de Tierra madre (2019) que se cierra con estos heptasílabos:

en las nubes tristeza 
son de una música 
del desierto en su eco 
cuando solo destella 
en el lienzo la luz 
y el color de la vida 
que el pincel arcoíris 
dibuja en la niebla 
y el silencio devuelve 
a la mar de tus ojos.

Y así como la ausencia brota entre las presencias, así como la quietud sólo tiene sentido en relación con el movimiento, así como el olvido es una forma actualizada de la memoria, así como la sombra sólo existe frente a la luz o en la música el silencio tiene un crucial efecto rítmico y compositivo, así también en la poesía el silencio emerge de la palabra para resaltar los perfiles verbales que trazan los versos. Y a la vez ese silencio es el motor interior de la búsqueda que está en la raíz de la poesía de José Antonio Santano, especialmente a partir de Memorial de silencios (2014), un libro que -en palabras de Alfonso Berlanga- “significa un antes y un después en la trayectoria poética del autor. Un antes porque en ella se recogen, a modo de resumen, algunas de las constantes de su producción anterior y un después porque apunta lo que va a ser la poesía de Santano en el futuro.”

Organizado en cuatro partes de diez poemas cada una, este es el texto que cierra Memorial de silencios:

Se suceden las horas y en mis sienes 
estallan deslumbrados los recuerdos 
azules que se abisman en la alcoba 
de esta casa habitada de tristeza, 
de un racimo de versos y silencios 
aviejados, de nubes abrasadas, 
de incontenibles llantos y un decrépito 
desnudo sobre un campo de amapolas 
y la mirada lívida del padre.
Hoy: el tiempo vencido en los espejos, 
en las sombras de siempre, en las pupilas, 
la calle y sus sonidos, la oficina, 
en la casa y la alcoba, la voz viva 
del pasado clamando sus dominios.

Una poesía de la búsqueda, la contemplación y la revelación que se sustenta en el silencio latente de la expectativa y se sustancia en la experiencia cumplida del poema, que entre el inicial Profecía de otoño (1994) y el final Madre lluvia (2021), resulta de ese equilibrio de fuerzas entre el silencio y la palabra, entre la indagación verbal en la realidad y el hallazgo inspirado que ilumina el poema, nutrido de una extensa experiencia vital y literaria y fecundo en imágenes y en sugerencias sutiles que amplían su horizonte significativo de referencias.

Porque en el principio no era el verbo, sino el silencio vacío del que surge la palabra que nombra el mundo y funda la realidad. O lamenta las pérdidas, como en el elegíaco La voz ausente (2017), que evoca la figura perdida del padre con el temblor nostálgico de versos como estos:

Recuerdo que al principio te veía
con asombro de niño en los espejos
del agua de los ríos y la luz
vertical de frondosas alamedas,
juguete entre mis manos diminutas,
llamarada de soles en estambres
de cobre y de arcoíris prolongados;
era inagotable, siempre atento
al brillo de mis ojos esperaba
que el tiempo detuviese su aventura
en aquel blanco vértice de ensueño
que la vida trazaba sobre el aire
y los tejados grises de las casas.
Recuerdo, muy al principio, que tus dedos
se enredaban alegres al espacio
azul de las sonrisas y eras todo
tú, mariposa en vuelo hacia los mares,
deslumbrante luciérnaga, fanal
del tiempo, voz de ecos repetidos.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
La tarde iba cayendo en las cortinas
de blanco encaje —lúcidas formas
tras la pared de alcobas y desvanes—,
de huellas y aromática alhucema
en los atardeceres del invierno,
también de sus silencios estridentes
sobre la piel enferma del abismo
cada vez que tus manos me apresaban
a la luz de la luna y en tus sueños
existía gozoso en las estrellas,
libre en mi fugaz vuelo hacia los astros.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
En el blanco silencio de la casa,
cuando nada era todo, vida toda,
luz primigenia, solo luz del alba
que derrama sus ojos sobre el patio
colmado de crecidas aspidistras
y aromas de jazmín y madreselvas.
Recuerdo el pavoneo de tu cuerpo
vestido de domingo entre las nubes,
el tañer de campanas misteriosas
que hablaban de mareas y glaciares,
las ollas de agua hirviendo y el vapor
que aniebla las paredes del aseo
teñido de pobreza y soledades.
Recuerdo, te recuerdo en la distancia,
abriéndote caminos de cristal
y de cuchillos, ebrio de placeres
en la encendida noche del solsticio
del invierno, ya cumplida la condena
que te apresó al abismo del vacío.
Pasado el tiempo vino la luz calma
del silencio, los sones de la lluvia
y todo fue latido y pulso ciego
en las blancas mañanas de domingo.

El equilibrio entre meditación y emoción, entre silencio y palabra, entre pasado y presente, entre pensamiento y experiencia, entre lo visible y lo invisible, entre lo real y lo soñado, entre materia temática y forma estilística es una de las señas de identidad de una admirable obra poética, a la que se han añadido estos últimos años nuevos libros como Sepulta plenitud.

Sólida en sus cimientos, brillante en su trayectoria, variada en motivos, tonos y enfoques, intensa en su expresividad y rigurosa en su construcción, estamos ante una obra que traza ante el lector, verso a verso y poema tras poema, el alto perfil literario de José Antonio Santano, sin duda uno de los poetas más relevantes del panorama poético de esas tres décadas que abarca este sonoro y vibrante Silencio, un espléndido libro en el que -vuelvo a la paradoja del comienzo-, pese a su honda y persistente vocación elegíaca, brilla siempre la luz de la palabra que ilumina la noche y enciende su silencio de siglos.



13 agosto 2026

Dickens. La casa lúgubre

 


12 agosto 2026

Borges. La última conferencia

 


Yo siento, a veces, que algo está a punto de ocurrir. Entonces trato de esperar asiduamente que llegue ese algo, que será después un soneto, un cuento, una metáfora, una fábula. De alguna parte recibo ese algo; trato de ser digno de ese honor y procuro intervenir lo menos posible en lo que escribo. Cuando era joven, tenía teorías; ahora no tengo ninguna. Creo que cada tema le hace saber al escritor si quiere ser escrito en prosa, en verso, si está buscando un soneto, si está buscando un verso libre. Continuamente recibo esos dones. A veces, escribo un cuento y, una vez escrito, compruebo que es un cuento que escribí hace muchos años, realmente distinto. En fin, creo que lo importante es recibir. Buscar un tema es un error, error propio de quien no tiene destino de escritor. Un escritor debe recibir temas, tiene que dejar que los temas lo busquen y lo encuentren. Publicar no tiene ninguna importancia, no es parte esencial del destino de un escritor. Coincido con Alfonso Reyes: publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores. Yo no sé si mis libros son un éxito o un fracaso. No leo nada escrito sobre mí. En mi casa no hay libros míos ni libros escritos sobre mí. 
Muchos escritores dicen que escribir es un sufrimiento. No es mi caso. Escribir es un alivio. En los últimos días he escrito tres sonetos, porque el soneto es portátil, uno lo lleva en la cabeza, las rimas ayudan a la memoria y uno va haciendo borradores mentales. Luego uno lo dicta, luego uno lo olvida, uno lo retoma, uno lo corrige. Para un hombre que tiene que estar solo, escribir en verso es el mejor pasatiempo. Escribir es grato; no importa la calidad de lo que uno escribe. Escribir es un placer.

Jorge Luis Borges.
La última conferencia.
En Conferencias reunidas (1960-1985)
Alfaguara. Barcelona, 2026.

11 agosto 2026

Oscar Wilde. Paradoja y genio

 



Un poeta puede sobrevivir a todo menos a una errata.

Oscar Wilde.
Paradoja y genio.
Traducción, selección y notas de Olivia de Miguel.
Edhasa. Barcelona, 2021. 


10 agosto 2026

Galdós. El doctor Centeno

 


09 agosto 2026

Nabokov. Opiniones contundentes

 



No creo que el artista deba preocuparse acerca de su público. El mejor público es la persona que todas las mañanas ve en el espejo cuando se afeita. Creo que el público que imagina el artista, cuando imagina semejante cosa, es el de una sala llena de gente que lleva la máscara del artista.


Vladimir Nabokov.
Opiniones contundentes.
Traducción de María Raquel Bengolea
Anagrama. Barcelona, 2017

08 agosto 2026

Cazadores de estrellas




 Cuando se aborda el cielo nocturno solo desde la perspectiva de la física, las matemáticas y la economía, parece algo prescindible y lejano. Sin embargo, allí arriba también hay milenios de historia humana. Formamos parte de las estrellas. Las historias que nos hemos contado a nosotros mismos y sobre nosotros mismos están escritas en las constelaciones. Nuestra idea de lo que significa ser humanos ha ido evolucionando a medida que hemos aprendido más sobre el universo. Saber que las estrellas y los planetas no giran a nuestro alrededor nos obliga a ser humildes: somos un espectáculo secundario, no el acto principal.
A medida que se ha ido descorriendo el telón del cosmos y hemos podido adentrarnos más en este, la humanidad ha ido inventando nuevas historias para explicar lo que vemos. Cuando observamos la imagen de una nebulosa de gas con los colores del arcoíris, la mayoría no sabemos interpretar lo que vemos: diferentes gases que emiten distintos tonos de luz. Sin embargo, sabemos que es algo hermoso. 

Joanne Baker. 
Cazadores de estrellas.
Traducción de Pilar Alba Navarro. 
Taurus. Barcelona, 2026

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07 agosto 2026

La luminosa estela

 


El autor [Casiodoro de Reina], de quien ahora traducimos algunas otras obras que durante más de cuatro siglos han permanecido en latín, tal como fueron escritas por sus sabias manos, es un extremeño universal donde los haya. Si hemos de admitir el testimonio aportado por las actas del auto de fe celebrado en Sevilla el 26 abril de 1562, nació en Montemolín, pueblo pacense situado en la parte sureña de Extremadura, cerca de Monesterio y no lejos de Reina, localidad esta última de donde puede que se derive su toponomástico apellido hace tiempo conocido por todo el orbe cristianizado hispanoparlante, muy especialmente en el universo bíblico protestante que se expresa en nuestra hermosa lengua.

Algo muy especial debe de tener la bendita región de Extremadura para a lo largo y ancho de la historia haber dado al mundo hombres así. Por algo Octavio Augusto, durante cuyo reinado ocurrió el acontecimiento más relevante de cuantos han sucedido, el nacimiento de Cristo, quiso reservarse para sí directamente el gobierno de aquella recia provincia declarándola imperial, a cuya capital diera nombre por el reconocimiento de sus egregios "méritos".

Si tras el descubrimiento del Nuevo Mundo salen de aquellos imponentes territorios los mejores y más valerosos conquistadores del continente americano, de allí son también los más inspirados biblistas españoles. Y todo ello a pesar del ojo avizor de la ciclópea Inquisición doblemente presente y omnivigilante desde Llerena y Guadalupe.

El venero de excelentes y multipremiados escritores, tanto en prosa como en verso, sigue ininterrumpidamente brotando a raudales hasta nuestros mismos días en Extremadura Alta y Baja. Lo demuestra la luminosa estela de narradores o poetas tan formidables como Luis Landero, Javier Cercas, Dulce Chacón (+), Santos Domínguez, G. Hidalgo Bayal, Ada Salas, Á. Campos Pámpano (+) o J. A. Ramírez Lozano...

(Francisco Ruiz de Pablos. Introducción a su traducción y comentarios al Comentario al Evangelio de Juan, de Casiodoro de Reina. Junta de Extremadura. Centro Universitario Santa Ana. Real Academia de Extremadura de las Artes y las Letras. Centro de Investigación y Memoria del Protestantismo Español. Badajoz, 2019)


06 agosto 2026

Gramática del desorden




 La marginalidad de los apuntes, 
el inestable tinte de la idea 
diluyendo su anclaje entre la prisa, 
el afán fetichista de unos años 
que van coleccionando cuerpos muertos 
y llenan sus catálogos de orgullo, 
del desvanecimiento de los rostros. 
Sin olvidar el miedo que esos meses 
vertieron como líneas caudalosas, 
sus largas prescripciones que anegaban 
de encierro carreteras y distritos.

Pero también la anécdota y la tarde, 
la plenitud que alcanza lo ordinario, 
todo lo que se aprende aunque se hallara 
inscrito previamente y asumido 
como evidencia unánime que sufre 
la falta de relieve y deserciones.

Una raíz emocional (sistémica), 
una facción que impone jerarquías 
y hace de los colores un precepto, 
promulga plataformas, mecanismos, 
sella de dignidad las oquedades, 
inyecta agotamiento en los ocasos.

Se os da la bienvenida. Hay un refugio 
bajo la superficie del desorden.


Como una obertura que vertebra los temas del libro, ese poema inicial de Gramática del desorden, de Enrique Zumalabe, anuncia al lector las claves que ordenan sus poemas, articulados en cuatro partes: Geología hipodérmica, Asíntota, Plástico quemado y Ensimismada sangre.

La voz que recorre los textos de Gramática del desorden, que mereció el XLVI Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, es la de una segunda persona confesional y reflexiva, autorreferencial en las tres primeras partes del libro y proyectada en la figura de su hija en Ensimismada sangre.

En todo caso, su coherencia poética la aseguran la continuidad existencial de su mirada, la tonalidad emocional homogénea y una cuidada dicción, afincada en una voluntad rítmica que ya era una seña de identidad lírica en sus dos libros anteriores, Además del llanto y La lluvia o la mañana.

Atravesada por la melancolía y la conciencia de la fugacidad, Gramática del desorden se sostiene sobre una honda y constante meditación existencial, en un ejercicio de memoria y construcción de la identidad, pero sobre todo en un esfuerzo de reconstrucción de la realidad, de reordenación del mundo para establecer una gramática que fije las reglas del desorden.

Con una admirable contención expresiva y emocional, hay en el fondo de estos poemas un doble equilibrio: entre el mundo interior y el exterior y entre la celebración y la elegía ante el paso del tiempo que estaba ya muy presente en sus dos libros anteriores y que aquí se instala desde el poema inicial de la primera parte, que cifra las claves temáticas, tonales y rítmicas del libro:

Crisis de los cuarenta

Estás en ese punto en que la vida, 
como una piedra que lanzaste al aire, 
ha visto refrenado ya su ascenso 
y, en un instante que es casi un delirio, 
parece estar flotando en las alturas 
antes de su descenso inevitable.

Y a partir de ahí se van sucediendo orgánicamente textos en los que conviven la culpa y la fe en las palabras, el miedo, los errores y el amor. Y una suma de decepciones y esperanzas que recorre el libro y es el eje de poemas como este de la parte final, dedicada a su hija:

Inevitablemente

Has de crecer. Inevitablemente, 
has de entender la prisa y el hastío.

Te desmoronarás de abatimiento. 
Sabrás que casi todo se resume 
en finitud, desprendimiento y trauma.

Ya sé que eres muy niña, que no puedes 
imaginar el mundo que te espera 
escondido detrás del parapeto 
de dibujos y cursos escolares.

Pero también comprendo que algo intuyes 
cuando te hacen llorar los telediarios, 
cuando en tardes difíciles o amargas 
me dices que tú y yo sólo queremos 
llegar a casa y reciclar el mundo.




05 agosto 2026

Las camisas del tiempo de H. B.



Uno nace desnudo y la vida le va vistiendo y cambiando a medida que uno va viviendo. De pañales a mortaja. ¿Cómo han sido las mías y cómo las han visto mis amigos y mis enemigos? Una camisa no hace verano, pero ayuda a que venga el invierno.
Los viejos, los franquistas, los amigos de mi madre de antes de la guerra del 36, la gente de orden debe pensar, si es que todavía queda alguno vivo, que al tener un tío abogado amigo de José Antonio Primo de Rivera, personaje importante en la Falange y que fue, junto con su padre, asesinado por ser eso, «gente de orden», mi camisa por un tiempo hubiera sido azul.
Los que me recuerdan de joven, un poco misterioso y piadoso, raro, lleno de amor místico, pueden pensar que fui un capillitas y un meapilas, que mi camisa hubiera sido un roquete.
Los que fueron mis amigos de contubernios políticos, inaugurando las primeras pintadas en Toledo, leyendo a Miguel Hernández y escribiendo poesía, noches de centramina, Celtas y Bisontes, ginebra y amores prohibidos, saben muy bien el color de mi camisa.
Los que recuerdan mi celo socialista cuando vivía en Barcelona, seguidor del PSUC, camiseta agresiva, puño de arena, yendo a recitales de Raimon y Pete Seeger y aquella inolvidable noche en Canet caminando por un pasillo de policías con las metralletas apuntando al alba, saben que mi camisa era roja.
Los que no conocían mi ademán, ni mis noches en vela esperándote, entrando en campos de minas, perdido en la maleza de la saliva contaminada, bocas con aliento plomado, nunca supieron el color de mi camisa porque iba a pecho descubierto. Un sebastián herido con flechas envenenadas.
Los que saben todo lo que he perdido, mozos en su juventud más alta, cuerpos roídos por la Peste, la guerra asolando lechos y miradas, cajones saqueados por milicias de paso, no saben que mi camisa fue y es de luto riguroso. Negro dolor, una coraza que no me deja vivir,
Los que ahora me preguntan dónde estuve tanto tiempo, de dónde he salido, no saben que durante todo este tiempo he llevado puesta tu camisa, la del amor, la de muerte, la de la vida.
¡Y pensar que al final no sabré qué camisa me pondrán!

Hilario Barrero.
Todo se torna graveza.
Diarios 2017-2018.
Libros del Aire. Santander, 2026.


04 agosto 2026

El potaje, Gabriel y Galán y la metástasis del mal

  



En el proceso de educación se produce siempre la metástasis del mal. Si no gusta el profesor no gusta la asignatura; si no gusta la comida no gusta el colegio ni la educación que se da en él, ni la religión que se inculca ni la literatura que se sugiere. Y como en mi colegio, horrendo era aquel potaje de garbanzos que con sobrecogedora fruición devoraba don Tomás, horrendos por fuerza tenían que ser aquel Pemán o aquel Gabriel y Galán a quien consideraba él como poetas exquisitos y excelsos. Pero a diferencia del potaje, Gabriel y Galán era cosa voluntaria que yo no probé jamás.

Juan Benet. 
"De Canudos a Macondo"
Revista de Occidente, 70 (2ª época), enero 1969.

 

03 agosto 2026

José Luis Morante lee La herida y el cuchillo

 José Luis Morante, poeta y crítico admirable, firma esta generosa reseña de La herida y el cuchillo. La dejo aquí con mi agradecimiento:






                   

  UNA HOGUERA DE LUZ

  
   Un luminoso texto de apertura del poeta sevillano José María Jurado, titulado “El guardián del fuego”, propone una temprana indagación de La herida y el cuchillo, nuevo libro de poemas de Santos Domínguez (Cáceres, 1955), reconocido con el XXVIII Premio de Poesía Ciudad de las Palmas de Gran Canaria. Ratifica la introducción: “Los poemas de Santos Domínguez, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica”.
   El título del poemario procede de un verso de Baudelaire “Soy la herida y el cuchillo” y agrupa un material poético organizado en tres apartados: ”Quemadura de sombra”, “Marca de aire” y “Una luz extranjera”. Desde las composiciones iniciales se percibe que el autor impulsa su escritura bajo el resguardo de la tradición literaria, siempre presente en citas y conocidas asociaciones expresivas. Así, el primer poema toma como aserto el celebrado título de Tomas S. Eliot y un inspirador verso de inicio para definir un paisaje verbal de pulida dicción y atmósfera sensorial. La poesía emerge desde una ambientación onírica, con personajes como la Sibila, El Rey Pescador, Artur Rimbaud o la poeta Anise Koltz, para transmitir la oscura cicatriz en la que el tiempo difumina vivencias y recuerdos. Lápidas, entierros, tumbas grises y ausencias dan un aire solemne a la despedida final; llenan los colores opacos del día de pompa y circunstancias para hacer del olvido el último lugar habitable. La existencia insiste en diluirse y formar parte de una densa niebla de olvido.
   El poema rastrea las estelas biográficas de aquellos que llegaron a la estación final para sentir que ahora el cansancio, por fin, ha encontrado sosiego. Lo vivido amalgama una sombra confusa que diluye límites y confunde, por ejemplo, la belicosa fuerza del troyano y la quietud de Ovidio en Ponto Euxino. El final de la vida es el aire vacío, igualatorio, que a todos nos espera. Un jardín otoñal donde encuentran cobijo las ausencias: “Con negra quemadura, /  nos apuñala el tiempo profundo de las sombras”.   
   Las composiciones de este primer apartado mantienen un aire solemne de elegía y despedida, encauzan aportes culturales y acogen una dicción selecta y luminosa, de vibrante cadencia musical, como si pretendieran cauterizar olvidos y alejar el sitio final, esa funesta geografía de la ausencia que aguarda a nuestra efímera condición.
   Las composiciones reunidas en la sección “Marca de aire” alientan un yo poético reflexivo, empeñado en formular, desde la soledad precaria de quien busca con el corazón y la cabeza, la estela incierta del propio destino. Alrededor, alza su tributo al continuo fluir un paisaje en ruinas, que es memoria de un tiempo de esplendor y ahora simbólico que recuerda nuestra condición transitoria. La realidad se muestra, dispuesta al ejercicio de la contemplación: “En los ojos del hombre la luz es un espejo / opaco y luminoso, / un cristal transparente, la delicada piel / de un mundo que respira incansable en el lienzo / y siempre estuvo aquí.”. Queda la belleza del arte, su manera de estar en cuadros y esculturas, como encendidas antorchas que iluminan símbolos e historias, esa estela de sueños escrita sobre el agua. Las distintas secuencias acercan con frecuencia conceptos esenciales como desolación, tiempo y muerte; la plenitud solo dura un instante; pronto esconde su fulgor para mostrarse como una raíz seca que dejó de existir: Quedan “La desazón, los límites, las interrogaciones / de un mundo doloroso incomprensible”
  El tramo de cierre, “Una luz extranjera” retorna a la memoria callada de las cosas. El tránsito temporal cambia el paso y lleva hasta la atardecida, pero no hay queja; queda la plenitud gozosa de los días, la quietud de esas sombras que van copando los espacios crepusculares de la existencia, que ponen distancia y silencio en las horas.
   Santos Domínguez deja en La herida y el cuchillo  una emotiva meditación sobre la condición de ser. Lo hace con la intensidad emocional de quien concentra en cada verso la calma y serenidad de la palabra justa, ajena a la estridencia biográfica, para que sea símbolo y conocimiento, un crecer en el tiempo, agua y claridad en lo hondo.

JOSÉ LUIS MORANTE

https://puentesdepapel56.blogspot.com/2026/08/santos-dominguez-la-herida-y-el-cuchillo.html


02 agosto 2026

El temperamento revolucionario

 


01 agosto 2026

Alessandro Baricco. El estilo



Cada estilo –como cada voz– es un sonido único. Se puede imitar, evidentemente, pero su código genético está enterrado en una región inaccesible del individuo. El big bang que lo generó es puro misterio. De ahí esa forma de asombro, cuando no de sospecha, que el estilo difunde a su alrededor. De manera instintiva, la gente percibe el peligro latente de un fenómeno que procede de las tinieblas.
Cuando, por el contrario, el estilo, siempre, es luz.


Alessandro Baricco.
La vía de la narración.
Traducción de Xavier González Rovira.
Anagrama. Barcelona, 2023.