Albada
El amor te dio cuerda como a un reloj de oro macizo.
La matrona te dio palmadas en los pies, y tu grito pelado
se incorporó a los elementos.
Nuestras voces resuenan, amplificando tu llegada. Nueva estatua.
En un museo destemplado, tu desnudez
ensombrece nuestra seguridad. Te rodeamos expectantes como paredes.
Si soy tu madre,
lo soy como la nube que condensa un espejo y allí proyecta
el instante mismo en que el viento la borra lentamente.
Toda la noche la polilla de tu aliento
titila entre las rosas anodinas. Me despierto a escuchar:
en mi oído se mueve un mar lejano.
Un grito, y salgo de mi cama a trompicones, vacuna y floreada
con mi camisón victoriano.
Tu boca se abre, y es limpia como la de un gato. El marco de la
ventana
palidece y engulle sus estrellas sin brillo. Y ahora ensayas
tu puñado de notas;
las nítidas vocales se elevan como globos.
Con esa visionaria y potente
Albada comienza
Ariel, el libro de Sylvia Plath que publica
Galaxia Gutenberg con traducción de Jordi Doce, que se suma a las anteriores de Ramón Buenaventura y de Xoán Abeleira.
Abre esta nueva edición un prólogo de la hija de Ted Hughes y Sylvia Plath, Frieda Hughes, que destaca que “esta edición de Ariel de mi madre, Sylvia Plath, sigue al pie de la letra la disposición del manuscrito final tal cual lo dejó listo. En tanto que hija suya, solo puedo abordar el texto, y su discrepancia con la primera edición británica de Ariel en 1965 y la posterior edición estadounidense en 1966, ambas a cargo de mi padre, Ted Hughes, desde la perspectiva puramente personal de su historia en el seno de mi familia.
Cuando se suicidó el 11 de febrero de 1963, mi madre dejó una carpeta negra en su escritorio con un original de cuarenta poemas. Lo más seguro es que trabajara en el original hasta mediados de noviembre de 1962. El último poema incluido en el índice, «Muerte & cía.», fue escrito el 14 de ese mes. Mi madre escribió diecinueve poemas adicionales antes de morir: seis los culminó antes de mudarnos a Londres desde Devon el 12 de diciembre, y los trece restantes durante sus últimas ocho semanas de vida. Estos poemas se hallaban en su escritorio junto con el manuscrito.”
Ariel fue el segundo y último libro de Sylvia Plath, un póstumo con cuarenta poemas publicados en 1965 con un enorme éxito por Ted Hughes, de quien se había separado y que se ocupó de editar su poesía tras el suicidio en febrero de 1963 de su exmujer.
Hughes tuvo una más que discutible intervención en el libro, porque eliminó doce poemas y añadió otros doce que no estaban en el manuscrito que dejó Sylvia Plath, lo que explica la publicación de una versión restaurada de la obra en 2004 a cargo de su hija que es la que se ha tomado como base de esta edición.
Así resume en el Prefacio Frieda Hughes la intervención de su padre en aquella edición de 1965: “El Ariel que vio la luz por vez primera al cuidado de mi padre era un conjunto bastante diferente del original que mi madre había dejado atrás. Mi padre siguió más o menos el orden fijado por ella en el índice, pero suprimió doce poemas de la edición estadounidense y trece de la edición británica, sustituyéndolos por otros diez poemas en la edición británica y doce en la edición americana, todos ellos espigados de entre los diecinueve inéditos que mi madre escribió después de noviembre de 1962, más tres poemas anteriores.”
Muchos de los textos que Hughes incorporó al libro los había escrito Sylvia Plath durante las últimas semanas de su vida y son probablemente su cumbre poética. Desde esa Albada inicial, que arranca significativamente con "El amor", los poemas de Ariel resumen un itinerario personal hacia el renacimiento vital, un viaje hacia la primavera que se inicia antes de la ruptura del matrimonio hasta una nueva vida, con todas las luchas y las furias de ese trayecto emocional.
Esa realidad conflictiva está en la raíz de muchos de sus poemas, resueltos con una mezcla de alucinación y realidad, de sueño y de vigilia, de angustias y obsesiones, de odios y afectos, de fragilidad y dureza, de venganza y desolación, de impulsos liberadores y tendencias autodestructivas, como en Ariel, el poema que da título al libro.
A esas contradicciones de la nueva vida y la muerte se refería Sylvia Plath en Edge (Filo), el último poema que escribió. Lo dejó fechado el 5 de febrero de 1963, seis días antes de meter -en el límite definitivo- la cabeza en el horno y abrir la llave del gas antes de que amaneciera aquel 11 de febrero.
A ese poema pertenecen estos versos que son su principio y su final:
La mujer ha alcanzado la perfección.
Su cuerpo
muerto muestra la sonrisa de la realización;
la imagen de una necesidad griega
fluye por los pies de su toga,
sus pies
desnudos parecen estar diciendo:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
[...]
La luna no tiene de qué entristecerse,
mirando fijamente desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.
Marcada por la fractura de la infancia que supuso la muerte de su padre y por la separación de Ted Hughes, murió con treinta años y con una madurez creativa sorprendente para su edad. Y aunque había llegado al límite de su resistencia, estaba lejos de llegar al límite de sus posibilidades poéticas.
Así comienza Olmo, uno de los poemas más significativos del libro:
Conozco el fondo, dice. Lo conozco con mi gran raíz primaria:
es lo que temes.
No lo temo: he estado ahí.
¿Es el mar lo que oyes en mí,
sus insatisfacciones?
¿O la voz de nada, que era tu locura?
El amor es una sombra.
Cómo mientes y lloras a su paso…
Escucha, estos son sus cascos: se ha marchado, como un caballo.
Toda la noche la pasaré así, galopando impetuosamente
hasta que tu cabeza se vuelva piedra, tu almohada un pequeño césped,
sonando, resonando...
La poesía de Sylvia Plath, que alcanza en Ariel su cima expresiva y su mayor intensidad emocional con poemas deslumbrantes como ese, es una conversación entre las ruinas que está atravesada por el tema de la muerte y por la afirmación de la propia identidad. Confesional y visionaria a la vez, transciende su propia experiencia biográfica para ir más allá de la anécdota personal y dar carácter universal a lo que escribe, a su poesía interrogativa y desolada frente a un paisaje sombrío y amenazador, como el del magnífico e inquietante La luna y el tejo, que termina así:
Qué bajo he caído. Místicas y azules,
las nubes florecen sobre la cara de las estrellas.
Dentro de la iglesia, los santos serán todos azules,
flotando sobre los fríos bancos con pies delicados
y manos y rostros rígidos a fuerza de santidad.
Nada de esto ve la luna. Es calva y salvaje.
Y el mensaje del tejo es negrura: negror y silencio.
Más allá de su mero valor confesional, estos textos adquieren una transcendencia que está por encima de las limitaciones temporales, geográficas o individuales para conectar con el lector en un lugar del sentimiento, de la inteligencia o de la vida. En un lugar hondo y secreto, como estos poemas en los que se desnudó una persona que de alguna oscura manera revive en carne propia la figura dramática y atormentada de Medea, como advirtió Robert Lowell en el prefacio a la primera edición de este Ariel, el libro en el que Sylvia Plath “se vuelve ella misma, se convierte en algo creado con imaginación, novedad, desenfado y sutileza –ya no una persona, o una mujer, ciertamente no una ‘poetisa’, sino una de esas grandes heroínas clásicas, súper real e hipnótica.”
Esta edición, que llega hoy a las librerías, restaura el texto de Ariel a su versión original, con la selección y el orden fijados por Sylvia Plath en el manuscrito, que se reproduce en facsímil, así como los borradores y notas preparatorias de la autora y los doce poemas excluidos por Ted Hughes.