08 noviembre 2006

Mira que te mira Dios

Invierno de 1943 en el frente de Leningrado. El sargento Espinosa, voluntario de la División Azul y en la vida civil ayudante de la cátedra de Química en la Universidad de Madrid, con un carácter marcado por la úlcera de estómago que padece, y el soldado Arturo Andrade, inteligente y opaco exteniente, tienen que investigar una serie de crímenes de los que son víctimas los soldados de la 250 División.

No se trata solamente, aunque también es eso y lo es muy dignamente, de un
thriller, de una novela policiaca en la que unos improvisados investigadores tienen que desentrañar las claves de unas muertes rituales aún más inesperadas. Es también una denuncia de los horrores de la guerra, de la degradación de la condición humana en circunstancias (bélicas y ambientales) extremas. Como Lucifer en el último canto del Infierno de Dante, ese primer cadáver aparece con medio cuerpo enterrado en el hielo. Y es que esta novela tiene algo de bajada a los infiernos de la nieve en la estepa rusa, un espacio propicio para la maldad, para el conocimiento de la realidad y de uno mismo. Esa es la función que cumple ese episodio narrativo que está presente en todas las mitologías, religiosas o literarias.

El tiempo de los emperadores extraños, que publica Alfaguara, forma parte, con El arte de matar dragones, con la que comparte protagonista y de la que que en buena medida es consecuencia, de una trilogía ambientada en los años 30 y 40 en la que se combinan historia y novela para construir un relato que mantiene constante el interés del lector con habilidad narrativa y bien aprendido oficio en el manejo de los diálogos. Un relato que funciona bien porque tiene su base más sólida en una verosímil recreación de aquel tiempo inverosímil.

No se extrañen del título de esta entrada. Forma parte de la clave de la intriga y del transfondo de la novela. Vale la pena leerla y descubrirla.

Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores