Un hombre es el paisaje de las ciudades que ama
Orhan Pamuk es probablemente el vecino más famoso de Estambul, una ciudad que ha ido formando su carácter y perfilando su literatura. A esa ciudad, a la misma calle, a la misma casa ha permanecido ligado durante toda su vida el último Nobel de Literatura.
Estambul. Ciudad y recuerdos, que publica Mondadori, es una buena puerta para entrar en el mundo narrativo de Pamuk, tan cargado de referencias autobiográficas, un libro sobre ese destino que comparten paisaje y personaje hasta confundirse uno con el otro; la memoria del soñador dichoso que fue Pamuk en su infancia de niño rico e imaginativo en una ciudad anticuada. No vieja, ni antigua: un semáforo estropeado con los tres colores encendidos a la vez. Porque Estambul fue antes otra ciudad, y se llamó Constantinopla, y antes otra, que se llamó Bizancio. De ninguna de las tres queda ya probablemente más que el nombre, los grabados y el mito.
Estambul. Ciudad y recuerdos, que publica Mondadori, es una buena puerta para entrar en el mundo narrativo de Pamuk, tan cargado de referencias autobiográficas, un libro sobre ese destino que comparten paisaje y personaje hasta confundirse uno con el otro; la memoria del soñador dichoso que fue Pamuk en su infancia de niño rico e imaginativo en una ciudad anticuada. No vieja, ni antigua: un semáforo estropeado con los tres colores encendidos a la vez. Porque Estambul fue antes otra ciudad, y se llamó Constantinopla, y antes otra, que se llamó Bizancio. De ninguna de las tres queda ya probablemente más que el nombre, los grabados y el mito.
Y además de una memoria más o menos imaginaria, pero de enorme fuerza narrativa, es un album de recuerdos familiares y de imágenes de las calles de Estambul en los años cincuenta y sesenta, una guía sentimental por un tiempo más que por un espacio, en una autobiografía con imágenes de tiempos y espacios que ya no existen.
Una autobiografía plasmada en fotografías en blanco y negro, porque ese es el recuerdo de la ciudad en su infancia, un recuerdo en blanco y negro, con sentimientos encontrados de alegría y tristeza, el blanco de la nieve en la ciudad y el humo negro de los barcos del Bósforo.
Un recuerdo imaginario en el que la nostalgia del paraíso perdido de la infancia se funde con la nostalgia de una ciudad entrevista, desaparecida o tal vez inventada, de un Estambul que Pamuk no conoció tampoco y que seguramente existe más en la leyenda que en la historia, más en la amargura de sus habitantes que en la realidad.
Y Estambul es también, y sobre todo, la historia de una decadencia familiar paralela a la decadencia de la ciudad, de una descomposición que refleja en lo privado la descomposición del imperio otomano, de unos conflictos matrimoniales que parecen reproducir la realidad conflictiva de la Turquía contemporánea. Porque cuando Pamuk habla de él, acaba hablando de Estambul y cuando escribe sobre Estambul termina escribiendo sobre sí mismo.
El libro lo dice de otra manera: la infelicidad es odiar a la ciudad y odiarse a sí mismo.
Reseña íntegra en la revista Encuentros de lecturas y lectores

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