02 enero 2026

Andrea Marcolongo. El arte de correr



 


“A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla. 
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años. 
De ese segundo descubrimiento -o, mejor dicho, de esa segunda epifanía- es de lo que pretendo hablar en este libro”, escribe Andrea Marcolongo en El arte de correr, que publica Taurus con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado De Maratón a Atenas, con alas en los pies, El arte de correr es una reflexión sobre el esfuerzo, a veces doloroso, de la carrera continua, sobre la extraña necesidad de correr y sudar y sobre los antecedentes de esa actividad física en la Grecia clásica.

Apoyada en su experiencia reciente de corredora aficionada que no había hecho nunca deporte, en su determinación de correr los casi 42 kilómetros de la primera maratón que inauguró hace más de dos mil quinientos años, el 12 de septiembre del 490 a. C., el soldado Filípides cuando fue corriendo desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas -«Νενικήκαμεν» (¡Hemos vencido!)- antes de caer muerto por el esfuerzo, y en De arte gymnastica, el primer tratado deportivo de la historia, escrito por el filósofo Filóstrato de Atenas en el siglo III d. C., Andrea Marcolongo explora y asume las lecciones de los clásicos en relación con la actividad física y su relación con el pensamiento y con la belleza. De hecho, Σοφία -«sabiduría»- es la primera palabra del tratado de Filóstrato, que defiende en sus primeras líneas que “la gimnástica es un saber no inferior a los otros.”

Cuando siete siglos después de la batalla de Maratón, Filóstrato buscaba una explicación a la decadencia de los griegos, como señala Andrea Marcolongo, “no abrigaba duda alguna: el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos. Los grandes resultados deportivos de los atletas helénicos en las Olimpiadas eran ya un lejano recuerdo que había que contemplar en las estatuas de mármol deterioradas que reproducían a los vencedores y en los poemas olvidados que cantaban sus gestas. Si bien, como dice el filósofo, «los leones de hoy no son en nada inferiores a los de antes, y lo mismo podría decirse de los perros, los caballos y los toros; en el reino vegetal, las viñas de hoy crecen igual que las de antaño, como también los frutos de la higuera; nada ha cambiado con respecto al oro, la plata y las piedras preciosas; sino que, al contrario, siguiendo los dictámenes de la naturaleza, todas estas cosas son iguales ahora que antaño», es evidente que el carácter de los hombres, que biológicamente siguen siendo idénticos a los de antaño, de repente se ha vuelto muelle debido a la pereza y a la falta de ejercicio: «Aquellas cualidades que brinda la naturaleza han sido deformadas […] a causa de entrenamientos inadecuados y de prácticas poco apropiadas».”

El núcleo de sentido del tratado de Filóstrato “era comprender ante todo qué es el deporte y, por lo tanto, de qué hablamos cuando nos referimos a la actividad física”, explica Marcolongo, que resume así su propio proyecto vital e intelectual en torno al arte de correr entendido no sólo como ejercicio físico sino también como ejercicio intelectual, porque “el entrenamiento no se describe como un camino hacia el éxito, sino como una práctica de resistencia, de repetición, de formación interior. La armonía entre cuerpo y pensamiento no es una metáfora: es una necesidad vital.”

Desde que intuí que detrás de la carrera a pie había mucho más que una cara enrojecida y unas agujetas generalizadas, entender qué es verdaderamente la actividad deportiva me resultó más necesario que nunca. De hecho, enseguida comprendí que el bienestar que sentía después de entrenarme -y algunas pocas veces mientras me entrenaba, si encontraba el valor necesario para guardar las distancias entre la cama y yo- no podía circunscribirse solo a los músculos y su movimiento mecánico. Lo que estaba en movimiento era todo mi ser, físico, mental, emotivo, espiritual, que imploraba que me moviera para estar bien más allá del simple aspecto saludable del asunto. 
Ha sido para arrojar luz sobre todo esto por lo que he hecho del Gimnástico de Filóstrato la principal referencia teórica del presente libro. Las piernas, en cambio, las he puesto yo sola.

Y así se preparó la intrépida autora para correr en solitario, como en 1983 había hecho Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), los 41,8 kms. de distancia entre Maratón y la Acrópolis, porque “los años que he pasado peleándome con la lengua griega para intentar «pensar como pensaban los griegos» me han empujado a cambiar de estrategia; tras estar años sentada ante mi mesa de trabajo rodeada de libros y manuales de gramática, tengo la sensación de que ha llegado para mí el momento de levantarme e intentar «correr como corrían los griegos».”

“En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión, trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo.”

Dejo para terminar esta reflexión en la que nos reconoceremos muchos de quienes, como Murakami en Hawái, como  en París, salimos a correr cada mañana, bajo el sol o la lluvia, con frío o con calor:

A veces me pregunto si todo este andar corriendo de aquí para allá no es más que un intento desesperado de ir más deprisa que el dolor. De una cosa estoy bien segura: todos los corredores que por las mañanas nos obstinamos perversamente en atarnos los cordones de las zapatillas de deporte somos unos grandes masoquistas.