Un triple monumento imprescindible
Cuando se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges Alfaguara publica simultáneamente en España e Hispanoamérica una triple edición monumental de la obra completa de su obra completa: los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa.
La obra narrativa de Borges describe una trayectoria parabólica ascendente o sugiere el trazado de una alta cordillera. Su último cuento, La memoria de Shakespeare, es una de sus cimas, pero hay otras alturas titánicas como El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, La Biblioteca de Babel o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde la irrupción de lo mágico en lo real se convierte en la clave de lo fantástico.
En muchos de esos cuentos, híbridos de ficción y ensayo, el eje es la búsqueda del centro, el laberinto es la metáfora polivalente del mundo o del infinito, y la memoria, el tiempo y el espacio, el sueño y la razón, la vida y la escritura, el caos y la pesadilla, el espejismo y la realidad no son sino variantes de un enigma indescifrable.
Un enigma al que se suman lo trivial y lo trágico, la mística y la erudición, la invención fantástica y la trama policial, la venganza y el insomnio o los libros imaginarios convocados por Borges en una prosa que reúne la exactitud y la elocuencia, la sugerencia y el rigor.
Así lo resumía Vargas Llosa en estas líneas memorables de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020): “Borges perturbó la prosa literaria española de una manera tan profunda como lo hizo, antes, en la poesía, Rubén Darío. [...] Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas. [...] Decir que con Borges el español se vuelve “inteligente” puede parecer ofensivo para los demás escritores de la lengua, pero no lo es. Pues lo que trato de decir (de esa manera “numerosa” que acabo de describir) es que, en sus textos, hay siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores. [...] Cada uno de sus cuentos es una joya artística.”
Rigor constructivo y potencia inventiva, metafísica y narrativa, erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de unos cuentos habitados por los tigres y los laberintos, los sueños y las bibliotecas, el tiempo y las revelaciones, las elucubraciones y el conocimiento. Y por una prosa de inimitable perfección y limpieza, de asombrosa transparencia y profundidad.
Una de las cimas más altas del idioma que atraviesa también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos. Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980).
Precisión verbal y profundidad de pensamiento recorren estos textos ensayísticos, fundamentales para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.
Entre la semblanza de Torres Villarroel que abre Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía.
Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.
Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.
“Ser en la vana noche /el que cuenta las sílabas, dejó escrito Borges en un tanka de El oro de los tigres, uno de los trece libros que reúne su Poesía completa. “Mi destino es la lengua castellana”, decía en otro de sus poemas. Un destino feliz para la lengua y la literatura en español el de esta poesía mayor en la que conviven el pensamiento y la revelación, los espejos y los tigres, los laberintos y las pesadillas, las mitologías escandinavas y la lluvia vespertina en el arrabal de Palermo.
Una poesía poblada por las sombras de la ceguera y las imágenes potentes, por el flujo narrativo del alejandrino o el estremecimiento contenido del soneto. Desde Fervor de Buenos Aires (1923), que contiene entre líneas el germen de su poesía posterior, hasta Los conjurados (1985), con que la culminó asombrosamente, libros como El hacedor, Elogio de la sombra, La moneda de hierro o El oro de los tigres recogen sucesivamente “los diversos o monótonos Borges”- las palabras son del Prólogo que escribió para esta Poesía completa quien murió hace ahora cuarenta años.
Un largo paréntesis de silencio que duró más de treinta años separa sus tres primeros libros del muy diferente El hacedor, que ya en los años sesenta suponía, más que la recuperación de su poesía, el hallazgo de una voz propia y de un tono personal con el que iría construyendo un universo poético irrepetible. Una voz poética que en El otro, el mismo siguió creciendo entre la sombra a la que dedicó su siguiente Elogio de la sombra.
Esos libros marcaron en los años sesenta un antes y un después de la poesía en español, no sólo en la trayectoria poética de Borges, que volvió a brillar con El oro de los tigres, en la plenitud de La rosa profunda, en la prodigiosa madurez de La moneda de hierro, Historia de la noche, La cifra y en esa cima absoluta que es Los conjurados, que muchos lectores de Borges celebran como su mejor libro.
Un Borges que, por cierto, no hablaba de sus libros, sino de los poemas que lo componían: “Tres suertes -escribía en el Prólogo de su Poesía completa- puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas.
Si el tercero fuera mi caso, yo querría sobrevivir en el Poema conjetural, en el Poema de los dones, en Everness, en El Golem y en Límites.”
Ese poema, uno de los muchos memorables que escribió, comienza con estas cuatro estrofas:
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Como él dijo de Quevedo, Borges “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”. Y es más que eso: un universo completo, un mundo complejo y cumplido. No leerlo es un delito de lesa literatura, no haberlo leído es una limitación insalvable.

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