04 febrero 2026

Cortesanos, de Manuel Longares




En los siglos dorados del Imperio hispano, la corte madrileña de los Austrias desarrolla una voz propia y no simulada, que reza por la prosperidad de la monarquía en capillas y conventos de la capital del reino y alborota en los soportales de su Plaza Mayor los días de pompa y espectáculo, cuando los monarcas absolutos presiden, desde la privilegiada perspectiva de un balcón, el auto de fe contra el hereje y la lidia del jinete con el toro. 

Así comienza Cortesanos, la novela corta de Manuel Longares que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.

Una novela libérrima y brillante, construida sobre un cruce de tiempos y de voces, de espacios y perspectivas, de tragedia y comedia, de ópera bufa desarrollada con el telón de fondo de un Madrid que es, además de un microcosmos representativo de una realidad más amplia, también el territorio de encrucijada del juego y el fuego, de la acrobacia verbal, la mueca carnavalesca y la risotada barroca, escatológica y desinhibida, de Quevedo. 

Y más al fondo, el humor socarrón y benevolente de Cervantes y el desgarrón expresivo del esperpento de Valle, en una espléndida novela cuya intensidad lingüística exige una lectura lenta y gustosa, el paladeo del lector gourmet de la prosa magistral de Longares:

Y mientras el rey andaba de picos pardos por chozas y bosques de la periferia, donde zagales y pastoras asaban castañas al amor de la lumbre o retozaban con sus rebaños de lanar y porcino bajo la mirada pesarosa de la vaca lechera por tanta eyaculación baldía. quedaba el dormitorio de la primera dama en soledad propicia al escarceo y, porque los dos moradores sabían a qué jugaban, al punto se privaba de ropa el bufón y halagaba con obcecada constancia las partes comprometidas de su pareja hasta suscitar con sus salvas el despiporre. 
-Culmina, pesada. 
Así que mientras el bufón ensartaba a su soberana por derecho haciéndole desbarrar pupila y lengua, abanicar párpados, retorcer el esqueleto y exhalar gorgoritos premonitorios del hondo calderón final, el rey, en la soledad de los héroes y más empalmado que otro poco, reiteraba por llanos y serranías de su propiedad su oferta de acoplamiento -rebajada de tasas municipales, que todo hay que decirlo-.

De los Austrias a los Borbones, del cielo velazqueño a la corrala verbenera del género chico, de la asonada de los espadones decimonónicos a las tertulias de rebotica, pululan por estas páginas chisperos y menegildas de zarzuela y chotis, entre el valleinclanesco callejón del Gato y la gruta de Gómez de la Serna, los arrabales barojianos y las Vistillas o la perruna circunstancia orteguiana a lo largo de siglos de historia y de intrahistoria del foro. Esencia de España evocada en párrafos como estos:

Es para la estirpe costumbrista la voz castiza por antonomasia que, ensimismada en su ombligo, canta las penas y alegrías de sus gentes a las puertas de palacio, tras las rejas del Saladero o de camino a la horca de la plaza de la Cebada. Envuelta en la banderita sangre y oro, guía a las figuras de la tauromaquia al cornalón de los ruedos y llora con la Bejarana por los reclutas inmolados en las guerras coloniales. Por ella suspira el pasodoble de España, con ella desfilan ejércitos y procesiones y a ella confían su apoteosis en la pasarela las revistas ligeras de cascos después de que Jerónimo Jiménez y Francisco Alonso la vistan de largo en las academias de idiomas y talentos para que nutra el repertorio de las bandas modestas.
A mediodía de los domingos de primavera y verano comparece en concierto y el aficionado que acude a la cita salvando el barrizal de Eslava, el vértigo del Viaducto o los corrillos de la Puerta del Sol, coincide en las anchuras de Alcalá con los que salen del Casino y el Círculo con el mismo propósito -algunos condecorados en la solapa por las vendedoras de nardos de las Calatravas- y se encaminan a Cibeles por la acera del Banco de España al compás de la marcha que ensaya la tropa en el Palacio de Buenavista. 

Y la línea continua, también vertebradora de tiempos y espacios, de un Manzanares que “más salpica que moja” y “da más pena que sed”. Un río metafórico de un mundo a la deriva que oscila entre el remanso y la furia, entre la sequía y el desbordamiento.

En secuencias milagreras y viñetas de mentidero recorren este Cortesanos la ciencia y la fe, Próspero el ilustrado y el ortodoxo fray Natalio, el cura Arimatea y su penosa muerte, el pintor Ansúrez, Társila, la cocinera ciega y licenciosa, o el bufón Anchuelo y sus florituras amatorias con la soberana empitonada y un real marido coronado, entre oscuras líneas sucesorias, con castrati en su carroza y dádivas pringosas en zona de arrabal, la leche de las Arrepentidas y la sangre licuada de san Pantaleón, la España agria de las luces y las sombras, camino del motín de Esquilache:

Como representantes de la Ciencia y de la Fe, Próspero y fray Natalio disertaban de cuestiones imperecederas o de pasatiempos sin miga a esa hora de la tarde en que, al declinar del sol, repicaban campanarios, susurraba el encinar, dormitaban los ciervos, avisaba el afilador, callaba el yunque, se vaciaba la diligencia, desbordaba la fonda, desenganchaba el cochero, se acicalaban los bravos, contendían los jaques, se reventaban farolas, perseguían los alguaciles, inquietaban los sombreros, intimidaban las capas, atronaba el río como si contuviese agua y en la fachada del tugurio, la viveza del candil anunciaba el baile del petimetre y las majas con los brazos abiertos y las manos cerradas por las castañuelas sobre el palenque alzado en el interior del establecimiento.
-Entre fandango y bolero -confesaban los patriotas-, me quedo con el primero.

Y salpicando el relato con el agua milagrosa del ingenio malicioso y el pleonasmo sentencioso, la vivacidad de los rápidos diálogos eléctricos, verbales o corporales, las coplas populares de pareado fácil y aviesa intención, los episodios sicalípticos, entre los tabernáculos y el metisaca, de un vecindario lúbrico de isidros y palomas. Y la letanía aliterativa:

Chorrada de chisgarabís, chovinismos de chamán. Cháchara sobre supercherías, chiripa chachi y chipén. Chiribitas de champán, empachos de pachulí, chucherías chapuceras, chupitos, pinchos de pochas, chuletillas de lechal y chocolate con churros para la chusma achispada en la pachanga del pichi.
Al chispún de la charanga, un sochantre chamulla chirigotas: «Chaparrones y churrascos, / chubascos y salchichones, / chorizos para el chusquero / y al charnego chipirones». En el chamizo manchego del charcutero chévere, los chalanes fachendosos chismorrean chascarrillos a chamacos y chavalas: «A chirona el charlatán, / el chinorris chasca chicle, / al chivato ducha y chirlo / y chollos para el chambelán».
Chicolea el bachiller, chochea la chispera chata, enchufan al chorlito en la chancillería, un chusco se cachondea de las chaladuras de un chiflado y el machote machaca con el machete al chucho que chapotea en la charca.
-¡A machamartillo!

Una fiesta de la aliteración y la rima de aleluyas, del juego de palabras, el humor, el esperpento y la intensidad descriptiva. Una celebración de la literatura, del ingenio verbal y el placer de contar de Manuel Longares, virtuoso del idioma y maestro imprescindible de la narrativa española contemporánea. Un libro risueño y explosivo que llega hoy a las librerías.