Autobiografía de Xavier Cugat
“Estar arruinado en España, hoy, es una felicidad”, escribía Xavier Cugat en ‘La verdad sobre la mafia”, uno de los capítulos de su autobiografía Yo, Cugat, que publicó en 1981 y recupera Fórcola en una edición que llega hoy a las librerías.
Lo abre un prefacio en el que Frank Sinatra afirmaba en febrero de 1981 que “el calor, la fuerza, el ritmo de Cugat y la vibración de su música son algo con lo que siempre me he sentido identificado.”
Espléndidamente editada por Javier Jiménez, este esmerado volumen incorpora dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas que van más allá de la figura del músico y dibujante para resumir una época de la música y el cine y de la vida artística de Cugat, entre sus comienzos en el Carnegie Hall de 1920 y la televisión de los años 60 con su última actuación importante en El show de Ed Sullivan el 26 de febrero de 1967.
Lo recuerda en su prólogo (‘El rey de la rumba va a Hollywood’) David Felipe Arranz, que reivindica así el legado de Xavier Cugat, que murió en Barcelona en octubre de 1990: “Ahora, pese a las más de tres décadas transcurridas, el legado de Cugat tiene más importancia que nunca aquí en España y acullá en los Estados Unidos, y, si nos lo permiten, en todo el mundo. Aquella energía excesiva, un poco cínica y con un sentido extraordinario de la estética y la música, que mostraba también un pragmatismo sin disimulo, aunque benevolente, debería convertirse en algo muy importante para los españoles, pues solo un puñado de compatriotas ha logrado la hazaña de trascender a lo universal.”
Subtitulada Mis primeros ochenta años, Yo, Cugat es un recorrido autobiográfico por la trayectoria vital y artística del hombre que pasaría sus últimos dieciocho años de vida, desde su regreso a Cataluña en 1972, alojado en una suite del Hotel Ritz de Barcelona. En esos años finales volvería a formar una gran orquesta con la que daría conciertos por España y grabaría en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz.
Nacido con el siglo, el 1 de enero de 1900, en Gerona, de familia ampurdanesa, como recuerda en el capítulo inicial, Cugat llegó con cuatro años a La Habana, donde se formó como músico y se convertiría en primer violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional.
Cugat evoca aquella época preliminar pero decisiva en la fundamentación de su carrera, que despega con un primer concierto en el Carnegie Hall de Nueva York y a partir de ese momento comienza también una larga carrera sentimental que se concretaría en cinco matrimonios y en cinco mujeres a las que dedica sendos capítulos: Rita Montaner, Carmen Castillo, Lorraine Allen, Abbe Lane y Charo Baeza.
Los estudios de perfeccionamiento en Berlín, el abandono provisional y desengañado de la música para dedicarse a la caricatura en Los Angeles Times de Hollywood, el regreso a los conciertos de música clásica como violinista y los quince años de conciertos de música latina -rumba, samba, conga- con su orquesta en el Waldorf Astoria de Nueva York, su relación con Sinatra, que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat, Bing Crosby (“el cantante más completo que he tenido en mi orquesta”), Barbra Streisand, Jorge Negrete, Dean Martin o Rita Hayworth, sus incursiones cinematográficas en los años de las grandes películas musicales de Fred Astaire, Ginger Rogers y Esther Williams o la muerte de Carmen Miranda en el entreacto de una actuación con su orquesta son algunos de los episodios y los personajes que desfilan por estas páginas.
Páginas a las que Cugat incorpora decenas de anécdotas y habla también de la calvicie y el uso del peluquín, de sus actuaciones en televisiones y casinos o del cainismo entre los artistas de raíz hispánica, entre quienes “tanto si son españoles como mexicanos, cubanos o chilenos, existe una envidia tremenda y en el fondo se odian unos a otros y desean su nuevo fracaso”, de su cadena de restaurantes y de su ruina económica, a la que aludía en la frase que abre esta reseña.
Y tras los capítulos autobiográficos, tres epílogos (‘Print the Legend’, de Diego Mas Trelles; ‘Xavier Cugat, la felicidad del siglo’, de Ignacio Peyró, y ‘Cugat, que vivió mucho’, de Jordi Puntí) que resumen la importancia de la trayectoria artística y humana de Cugat. Así cierra Ignacio Peyró el suyo: “Al final, Cugat regresó a España, a Barcelona, para vivir aún unos años entre el cardiólogo y el Ritz. Quedaban atrás las rubias achampanadas, los bailes de Astaire y Ginger Rogers, los dominios de la ilusión, mientras el mundo se despeñaba por la dodecafonía. Pocos más cómplices del corazón humano, necesitado de las benevolencias de la música. Ninguno más grande que Xavier Cugat. A veces hay justicia en la nostalgia: vaya en su memoria una copa de anticuado pipermín.”
Cierran el volumen una cronología, una relación de su filmografía y su discografía esenciales, un centenar de notas del editor Javier Jiménez y un índice onomástico en el que se cifran las referencias vitales y musicales de Cugat: de Bach, Mozart y Beethoven a Caruso, Greta Garbo, Cole Porter o Sinatra.

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