Antología poética de Mario Lourtau
Por el cauce encendido de sus aguas
la memoria es un libro navegable.
Escritas van en él, orilla adentro,
flotando, las palabras.
Ellas se entregan hondas, firmes, azarosas,
a corazón abierto,
sin condición o pacto.
Mucho antes ya fueron
el gélido vacío de días desapacibles,
el gozne donde apoya su codo la tristeza,
la balanza que sentencia con su peso
la sombra del error
o el oro jubiloso del acierto.
Pero hoy están aquí -desnudas, generosas-,
sobre un arca de espuma que recoge
las sílabas del tiempo, sus grietas, sus enigmas,
ese lenguaje anfibio donde reptan
las líneas de la vida con su elixir de asombros,
esa voz que redime y nos consuela,
esa azul celebración de lo nombrado.
Ese magnífico poema de Mario Lourtau, que abría El lugar de los dignos, es el que figura también como pórtico de Para menos morir, la antología poética que ofrece una significativa selección de su poesía entre 2008 y 2021, publicada por la Editora Regional de Extremadura con prólogo de Verónica Aranda.
Una elección acertada, porque ese espléndido poema inicial resume un programa literario que orienta su trayectoria creciente en el dominio de la palabra y en la creación de un mundo poético propio. Un camino hacia la madurez poética y la configuración de una voz personal del que da cuenta esta antología, que recoge muestras de sus libros publicados hasta ahora, desde los iniciales Donde gravita el hombre y Catálogo de deudores hasta los inéditos de Agua por beber, pasando por Quince días de fuego, La mirada del cóndor o El lugar de los dignos, con el que obtuvo el premio Espronceda en 2020.
Se cerraba ese libro con el poema homónimo, El lugar de los dignos, que delimitaba su espacio vital y ético y concluía con estos versos, con ecos del If de Kipling que evoca la cita que lo encabeza:
Si supiste interpretar en las palabras
el signo que nos nombra erróneos e imperfectos
y llegaste a descifrar que en el enigma late
la dimensión exacta de la vida,
su azul celebración, su esencia pura,
entonces, de algún modo,
tendrás la sensación de haber logrado algo,
de ser alguien,
de alcanzar en la mesura de tus actos
el lugar de los dignos.
Porque el itinerario poético de Mario Lourtau es el reflejo de una constante búsqueda y la expresión de una noción de lugar que además de su componente espacial y su proyección en el paisaje tiene un sentido moral: el que delimita el ámbito -existencial y literario, confesional y poético- en que se reúnen la persona y la obra, la ética y estética, la escritura y la vida.
Y por eso, la emoción y la reflexión, el tiempo y el recuerdo, la contemplación y la meditación, la palabra cuidada y la sentimentalidad contenida se dan cita en los poemas de esta antología, convocados por la consciente exigencia estilística de un poeta como Mario Lourtau, que busca en la escritura una fuente de conocimiento y una indagación en el crisol verbal donde se funden la experiencia y la memoria, lo escrito y lo vivido, la conciencia y la poesía, la luz y la sombra, el himno y la elegía, el presente y el pasado, la ceniza y la llama.
“Hacia una poética de la contemplación” titula certeramente Verónica Aranda el prólogo que introduce esta antología provisional de la obra en marcha de un poeta que sabe distinguir, más allá de la mera cuestión tipográfica, la lengua de la poesía del habla de la prosa y que por tanto elige como ruta y como meta en su camino hacia la luz la ambición expresiva y una suma de intensidad verbal y sutileza elusiva frente al decir trivial, más inane que humilde, de los poetas menores, tan abundantes, tan sobrevalorados, tan venales, tan banales.
De su talante humano y de su dimensión poética dan fe poemas como esta Coda, que cerraba su plaquette Quema la nieve y que cumple también ese papel conclusivo en este Para menos morir:
CODA
Siento que la vida exige emociones,
no reflexiones.
Robert Walser
Poco más que palabras para tejer los días:
el telar de la nieve en los bancales
para decir invierno, hoguera, petirrojo,
para explicar el tacto del ojo en la belleza
y abrigarnos bajo el frío de las contemplaciones
los libros que el azar puso en tus manos
cuando eras juventud y apenas si sabías
que la altura de un verso celebrado
equivale a respirar, a ser labio en la herida,
a heredar de la grandeza de otros bardos
el don de la verdad,
la hondura en la virtud de los asombros
el miedo de abordar en el fracaso
la página vacía, los cuerpos apagados
no escritos en la noche,
ese junco que tiembla entre los dedos
y no encuentra su orilla si no busca,
si no encuentra un regato
de tinta derramada hacia el deseo,
si no insiste en la idea de ser en las palabras
reencuentro y emoción,
luz y consuelo.
Acabo con una nota personal, entre la complicidad y el agradecimiento: Mario Lourtau fue uno de los mejores alumnos que tuve en los talleres de poesía que impartí durante unos años. Conozco de primera mano su sólido bagaje literario, su amplio equipaje de lecturas y su calidad humana. Y he seguido con interés y admiración su crecimiento como poeta en estas dos décadas.
Por eso quiero terminar esta reseña agradeciéndole el delicado homenaje poético que en forma de guiños intertextuales me dedicaba en su admirable Necesidad del ángel, un poema de Catálogo de deudores que forma parte de esta estupenda antología:
NECESIDAD DEL ÁNGEL
Para Santos Domínguez
Igual que el vuelo blanco de un ángel necesario
tu verso ha contagiado de dulce ceremonia mis pupilas,
ha trepado los muros con que la noche envuelve
el cuarto de silencios, de sombras, de efímeros relojes.
Ha detenido el tiempo que anega los paisajes
sorteando los puñales con que la niebla avanza.
Ha caminado a ciegas por un bosque extranjero
donde el espino extiende su circular dominio.
Y ahora me encuentro solo, en desigual batalla,
lidiando con los sueños que inundan cada cosa:
el frío de los caballos, la lluvia del trapecio,
el hombre que gravita dormido en las palabras.
Y escucho en mi inconsciente un viento de clarines,
una campana blanda que augura mansedumbre.
Y se sucede entonces la imagen de un recuerdo,
un destello que irrumpe quebrando los cristales:
Es el ángel que baja flotando entre las sombras,
su vertical firmeza, su látigo de espumas.
Es el ángel que abarca el mundo y sus confines:
un dios hecho palabra, un ángel necesario.

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