Felipe II
“La pregunta que hoy nos hacemos es si es necesario escribir otra biografía del «gran hombre», señalando sus aciertos, sus fracasos, y emitiendo un juicio sobre él y su legado. Creo que no, porque para eso tenemos las excelentes biografías que ya hemos mencionado.
Planteamos esta biografía desde una perspectiva distinta. Invitamos al lector a viajar a ese país extranjero que es el pasado, donde encontrará elementos que, aunque parezcan familiares, resultan profundamente ajenos. Para empezar, deberá situarse en un mundo sin Estado, sin identidad nacional, sin democracia ni dictadura, sin libertad de opinión ni de credo. Un tiempo regido por estructuras que hoy consideraríamos arbitrarias o inaceptables, dominado por la intransigencia, la jerarquía, el patriarcado y la servidumbre. Ninguno de los valores contemporáneos -independientemente de nuestras ideologías o creencias- tenía cabida en aquella Europa del siglo XVI. Por eso, aunque hablemos de nuestros antepasados, son más «ellos» que «nosotros»”, escribe Manuel Rivero Rodríguez, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Madrid, en la Introducción con la que presenta su Felipe II, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo.
Apoyada en un amplio repertorio de fuentes y bibliografía, esta nueva biografía del rey prudente, concebida con una óptica renovadora, se aleja por igual de la hagiografía y del juicio condenatorio para abordar en profundidad su personalidad y la dimensión pública de su figura histórica, porque, como señala su autor en el Balance de un rey y de un reinado que remata el libro, “la gran mayoría de biógrafos de Felipe II se han inclinado por concluir con una valoración o un juicio sobre el soberano, como si se hubiera ido revelando su personalidad en el curso de la vida y, una vez despejada, se pudiera entender a la persona. Como ya he señalado en páginas anteriores, esto es imposible y no me parece que este sea el trabajo de un historiador.”
Persona y personaje histórico, pues, se estudian en profundidad en estas páginas desde una perspectiva que contempla la complejidad de su psicología y de su comportamiento y la extraordinaria dificultad del mundo político y cultural al que tuvo que hacer frente durante su reinado. Y por eso en su ya citado Balance final, Rivero reconoce que concuerda parcialmente “con el que nos ofrecen las biografías de Felipe II actualmente accesibles al público, que coinciden en ofrecer una imagen compleja de un monarca que fue tanto un defensor incansable del catolicismo como un administrador meticuloso, pero también un gobernante cuyas decisiones a menudo estuvieron marcadas por la inflexibilidad y la imprevisión.”
Y con esa perspectiva discurren los siete capítulos que presentan cronológicamente a Felipe II en su marco vital e histórico: desde la juventud del príncipe, heredero del imperio creciente de su padre, en una sociedad vertical y dinástica de príncipes, hasta su vejez y muerte en El Escorial, con un itinerario sinuoso por tiempos agitados de paz y de guerras, por la configuración imperial de la monarquía universal que convirtió al segundo de los Austrias en soberano del mayor imperio del mundo, aunque “como hombre del siglo XVI, la nación y lo nacional no tenían para él valor alguno.” Y es que “vivió en un tiempo en el que el Estado era propiedad del soberano, y si resucitase ahora se encontraría en un mundo en el que esa relación se había invertido: los pocos soberanos que hoy quedan en Europa son servidores del Estado. Soberanos que deben lealtad a una nación y no a su linaje, así que no le sorprendería tanto la pérdida del imperio como el que los soberanos actuales no se cuidasen de engrandecer su patrimonio contrayendo matrimonios con otros príncipes para acrecentar su poderío.” Porque en los comienzos de la Edad Moderna el sistema político “se organizaba según los intereses patrimoniales y familiares” de cada dinastía, normalmente de carácter internacional y sin mucho arraigo nacional.
La contención emocional de su temperamento flemático e inaccesible, la imperturbable frialdad de su carácter enigmático y hermético, su capacidad analítica -no siempre acertada- y el ejercicio obsesivo del poder, la tendencia a la desconfianza y al aislamiento personal, la confianza en la actividad diplomática, la defensa del catolicismo, no sólo por razones espirituales sino por estrategias políticas, dinásticas y sucesorias, como las que guiaron sus cuatro matrimonios; la contradicción entre su imagen pública de hombre austero y su agitada vida amorosa, las relaciones con sus hijos, entre la severidad y el afecto, y la figura problemática del príncipe don Carlos; su papel histórico en el apogeo del Imperio español, que se extendía por los cuatro continentes conocidos entonces; los conflictos interiores con los moriscos y en Aragón, la conexión política con Mateo Vázquez y Antonio Pérez, su estoicismo ante el sufrimiento, la crisis de los Países Bajos o el triunfo de Lepanto y el fracaso de la Armada Invencible como acontecimientos simbólicos que resumen las ambiciones y las limitaciones de Felipe II son algunos de los aspectos que aborda esta magnífica biografía, cuya dificultad resume Manuel Rivero en estos términos:
Desentrañar la esencia de Felipe II no solo como gobernante, sino como hombre atrapado en las tensiones de su tiempo, es una tarea compleja y casi inabarcable. Lejos de ser un monarca unidimensional, fue un hombre atrapado entre las exigencias de un imperio mundial, las ambiciones dinásticas, las complejidades de la corte y sus propias emociones. Su personalidad se forjó en un entorno de expectativas dinásticas y ausencias familiares.
Y concluye así el ensayo biográfico:
Su muerte en El Escorial, soportando un sufrimiento físico atroz con un estoicismo admirable que él atribuía a una prueba divina, sintetiza la paradoja de su vida: un rey poderoso, prisionero de sus convicciones y limitaciones.

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