Oqueruela Tékne, de David Delfín
¿Cuál de nuestras brújulas es la más eficaz para orientarse? Como primer asistente lleva a su lado el peregrino la ausencia y en su mochila, órdenes, números indivisibiles, anuncios que solo se sostienen con la lógica de las falsas columnas. Primeros de septiembre y con las vacaciones aún sobre los hombros, te hablas sin decir; el ascensor y el membrete de la oficina aguardándote, sus malentendidos coloreados cum subrayadores, el portátil o las sonrisas cuando te aceptan, el digito 18, tan frío como no regulable, o las fotocopias con la costumbre de la repetición: círculos que te recuerdan el porqué de tu huida durante doscientos trece kilómetros. Para recuperar huellas, echaste al Camino de Santiago e-mails, wasaps, cafés e instrucciones Go To Meeting; y lo que no supiste ver y lo que no sabías te lo fue susurrando el camino y la canción tarareada y los ibuprofenos para el temor a no encontrar más señalizaciones. Estás de vuelta, te saludan y, por momentos, lo comprendido pareciera persuadirte de desobedecer.
Es uno de los textos de David Delfín en su reciente Oqueruela Tékne, que publica Maclein y Parker con un prólogo en el que Vicente Luis Mora orienta al lector con unas iluminadoras "Notas para no entender la poesía de David Delfín", en las que escribe: “En realidad, deberíamos dejarnos mecer por la incertidumbre, sin cuestionarla, sin preocuparnos por si va a llegar un sentido en algún momento. No me refiero solo al sentido del libro; hablo del sentido del poema, me refiero incluso a la razón de ser de cada verso particular (un libro de poemas es una ciudad, cada poema, una calle, cada verso, un habitante con su personalidad propia). Y me parece que este consejo es especialmente útil para leer a David Delfín, a cuya poesía hay que acercarse con la consciencia desconectada, más en duermevela que en vigilia, para dejar que la poesía nos llegue sin preocuparnos demasiado por lo que estamos leyendo. Cuando está bien hecha, como es el caso de Oqueruela Tékne, la habilidad del poeta hará que varios hilos de sentido resuenen en nuestra mente.”
Esas certeras palabras de Vicente Luis Mora preparan al lector para entrar en el territorio hipnótico de que tiene las dos claves iniciales señaladas por el prologuista en ese fragmento: la actitud receptiva del lector para “dejarse llevar, ajarse y relajarse, dejarse hendir, arropar y mecer por el lenguaje, que hay que entender como un canal que va llevándonos por otro espacio”, y esos hilos de sentido a los que alude su llamativo y a primera vista chocante título, alusivo a una técnica y a un tejido que etimológicamente se emparentan directamente con el término texto, que es su sinónimo contracto y culto.
Porque quien escribe es un tejedor de hilos de sentido que trabaja con la urdimbre verbal de su materia prima, la palabra, para crear potentes poemas en prosa poética que exploran desde la perspectiva del tiempo y la emoción la memoria familiar y el sentido de la existencia, el recuerdo gráfico de la infancia y el reino inútil del porvenir, la experiencia y el conocimiento, el extrañamiento y la pertenencia, las lecturas y la vida laboral, los lunes y los volcanes, la Noche y el amor, la fragilidad y la incertidumbre, Casablanca y Oscar Wilde, la deconstrucción y la reconstrucción, la resignificación del fragmento bajo una nueva mirada y con una sintaxis inédita de sus relaciones significativas.
Y así la palabra de David Delfín, que tiene sus referentes explícitos en la poesía de Chantal Maillard o de Olvido García Valdés, se convierte en estos poemas en prosa en faro del recuento del mar de los veranos, en cifra del presente descifrado, en instrumento de reconstrucción de la identidad, en método de expresión y de conocimiento con el Aleph de Borges y los laberintos de Kafka al fondo, a lo largo de este intenso libro de “un extraño imprescindible”, como lo define Vicente Luis Mora al final del prólogo.
Este es el texto que cierra el libro, el que completa su trama de sentido, su tejido verbal, su técnica al servicio de los hilos delicados que tensan su indagatorio y sutil discurso de espejos reflexivos:
El espejismo avanzó sin tener casa hasta la tuya; no había nadie y te imitó para sentirse a tu lado. Cruce de caminos y apóstoles. Conversión del dibujo en oasis, de la fuente en fronteras inundables. ¿Cuándo comenzaron los recuerdos a recordar; un attosegundo a contener todo el universo? Ciudadanía abreviada esa otra encarnada exactitud, ese otro rostro ante sí mismo, esa otra andadura. Perdimos la protección natural del imposible y lo eterno desaparece.

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