Un paraíso de escombros
Nunca fui como las otras jóvenes. Acababa de nacer cuando mi padre, deseoso de un varón que le sucediera en el trono, me abandonó en el monte Partenio. No quería hijas este padre, cuyo nombre omitiré desde ahora, por no creerle merecedor de ninguno. Consideraba a las mujeres inferiores y ordenó que me arrojaran a la voracidad de los animales. Se dice que fue Artemisa quien me tomó bajo su protección, pero fue una osa quien lo hizo. Los lobos habían matado a sus crías, y al verme entre las rocas aquella hermosa hembra se hizo cargo de mí.
La de Atalanta, la cazadora montaraz y vengativa que habla en ese párrafo, es una de las catorce voces a las que, desde el fondo inmortal del tiempo misterioso de la mitología, pone espíritu y palabra Gustavo Martín Garzo en Un paraíso de escombros, que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.
Catorce voces intemporales: Atalanta y Eurídice, Nausicaa y las Sirenas, Penélope y Europa, Eco y Medea, Leda y Helena, Briseida y Pasifae, Acteón y Orfeo. Catorce historias clásicas contadas desde dentro y puestas en la voz de los protagonistas de catorce episodios mitológicos con un nexo común, el tema amoroso, reescritos por el excepcional contador de historias que es Gustavo Martín Garzo en catorce relatos con títulos tan sugerentes como Mi madre era una osa, Todo en ti fue naufragio, El héroe de las penas, El animal que habla, El rostro en el agua, Las enseñanzas de Eurídice o Un paraíso de escombros, el dedicado a Pasifae, la reina de Creta, que da título al volumen y comienza con este párrafo, puesto -como todo ese relato- en boca de Dédalo, el constructor del laberinto diseñado por orden del rey Minos para encerrar a Asterión, el Minotauro:
No es bueno recibir un don. Te aparta de los demás, te hace creer que eres distinto a ellos, que sus vidas no son como la tuya. Yo recibí el de las artes mecánicas. Tenía seis o siete años, cuando al pedirle a un herrero que recortara una plancha de metal siguiendo el contorno de la espina de un pescado, inventé la sierra. Otra vez, uniendo con un remache dos trozos de hierro, y afilando los extremos opuestos, creé el compás. Mis ingenios se sucedieron en los años siguientes y alcanzaron las más diversas actividades humanas, desde máquinas de guerra hasta instrumentos para la labranza y objetos de uso cotidiano. Alcancé fama por ello y fueron muchos los que, en los lugares más distantes, levantaban sus copas al oír mi nombre. Era el constructor de fortalezas y embalses, el orgulloso padre del autómata de Talos, el guardián más temido de Creta, que ponía incandescente su cuerpo introduciéndose en una hoguera y abrazaba a Ios que capturaba dándoles la muerte. El constructor, sobre todo, de aquella vaca perfecta en cuyo interior Pasifae, la reina, aguardó llena de confusión y gozo la embestida del toro sagrado que habría de transformar su vida para siempre.
El encuentro de Nausicaa con el náufrago Odiseo; el hechizo insalvable del canto inmortal de las sirenas; la tejedora Penélope y sus noches del deseo; las primas Briseida y Criseida, que compartieron al rey de los griegos, Agamenón, como botín de guerra o como capricho que desencadenó la cólera de Aquiles; Europa, hija de un rey, y el cuento del toro que rapta a una doncella; Acteón, el animal que habla desde el reino de los muertos para narrar la historia de Perséfone y Deméter y el encuentro con Artemisa y sus ninfas; la historia de Leda y el Cisne y de sus hijos, dos parejas de mellizos: los Dioscuros Cástor y Pólux, Clitemnestra y Helena, contada por su hermana, que los incubó; la condena de Eco y el reflejo desdibujado de Narciso en el agua de una fuente mágica al coger una manzana; Teófanes, la mujer transformada en oveja por Proteo y poseída por el carnero celestial; el recuerdo de Jasón el argonauta y el robo del vellocino de oro evocado por Medea, la sacerdotisa de la Cólquida, entre el amor y el odio; la pasión de Pasifae por el toro blanco con el que engendró al Minotauro Asterión, narrada por Dédalo, que recuerda también la historia amorosa de Ariadna y Teseo; el odio a su propia belleza de Helena de Esparta, la mujer más bella de la Antigüedad, la melliza de la envidiosa Clitemnestra, que desencadenó la guerra de Troya; el decisivo encuentro de Selene, la narradora amiga de la ciega Eurídice, con Orfeo, que protagoniza con su canto uno de los relatos míticos mas transcendentales por su influencia persistente en el arte, la música y la literatura.
Historias que viven en la imaginación ancestral de los hombres y en el estrecho territorio de frontera entre la razón y la fantasía, entre el hombre y el animal, entre la naturaleza y la historia, entre la vida y la muerte, entre el sueño y la vigilia:
Hacemos mal -dice Helena- en querer cumplir nuestros sueños, en llevar a la vida las cosas que solo en ellos deben existir. Es mejor dejarlas en el mundo inasible al que pertenecen. Ved si no lo que pasa con todos esos objetos divinos que hombres y mujeres se empeñan en llevar a sus vidas: el vellocino de oro, la caja de Pandora, las sandalias aladas de Hermes, el yelmo de la oscuridad, las manzanas de oro. Todos terminan por originar la desgracia de sus poseedores. ¿Por qué realizar una obra cuando resulta tan hermoso tan solo soñarla?
Como se avisa en la machadiana cita inicial del libro, no son espejos, son fuentes. Las fuentes de las preguntas que plantean y las respuestas que proponen los misterios, gozosos y dolorosos, del amor y la muerte. Son las voces de los mitos que regresan desde su sagrado fondo inmemorial, convocados desde su misteriosa épica de amantes ejemplares para seguir hablando al lector de iluminaciones y de revelaciones por encima del tiempo con la sutileza y la sensibilidad de la bien templada prosa de Gustavo Martín Garzo, que vuelve a contar en presente y desde dentro la mitología clásica:
Podéis decirme que todo esto acabó con el laberinto, y así lo creí yo al conocer su destrucción, sabedor de que no volvería a existir en la tierra un lugar como aquel. Pero un día, paseando por la playa vi a un grupo de niñas jugando. Habían cogido palos y conchas que con solo pintarles ojos con un trozo de carbón transformaban en niños con los que jugaban. Eran niños deformes de los que ellas se ocupaban como si fueran las criaturas más hermosas de la tierra: su paraíso de escombros. Y al ver a aquellas niñas tan abstraídas en sus juegos, pensé en Pasifae, cuando tenía a Asterión en los brazos y corría orgullosa a enseñármelo. Y supe que ese niño indecible siempre se las arreglaba para regresar. Regresaba cuando buscábamos la compañía de los animales, regresaba en nuestros relatos. El amor era mirar por sus ojos, jugar en secreto con él, hacer lo que te pedía. Estaremos a salvo mientras su historia se siga contando.

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