Borges conferenciante
Tras la monumental edición de los tres tomos que reúnen los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa de Borges, Alfaguara publica sus Conferencias reunidas 1960-1985, con edición y compilación de Sara Luisa del Carril, experta en reunir la obra borgiana dispersa.
Una recopilación de los textos dispersos que sirvieron de base a las conferencias que dictó Borges durante un cuarto de siglo, entre la dedicada a la poesía gauchesca el 17 de mayo de 1960 y la última, la que dio el 5 de septiembre de 1985, en el Colegio Ward, un colegio inglés de Ramos Mejía, en la provincia de Buenos Aires.
Hay una parte de la labor del Borges conferenciante que se compiló en volúmenes como Siete noches, recogido con acierto en sus Ensayos completos. Pero hay además unos treinta textos que estaban dispersos hasta ahora y que se reúnen por primera vez en este cuidado volumen que aparece cuando se cumplen en este mes de junio -exactamente hoy día 14- cuarenta años de su muerte en Ginebra, donde escribió alguno de sus más admirables poemas, que reunió en su último libro, Los conjurados.
“De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad” escribió en Atlas. Y añadía: “A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales.
Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.”
Además de la familiar y reiterada Buenos Aires, Nuevo México, California, Washington, Nueva York, Connnecticut, Massachusetts; las universidades de Yale, Columbia o Harvard y la Biblioteca del Congreso; el British Council de Londres, las universidades de Bristol y Amsterdam, la de Antioquía en la colombiana Medellín, el Instituto de Cultura Hispánica en 1973 o el Centro Cultural Colón en Madrid en 1980 fueron los diversos lugares que convocaron la actividad del Borges conferenciante para hablar de sí mismo y del otro: de Shakespeare y de Spinoza, de su obra en verso y su prosa, de Platón y Cervantes, de Evaristo Carriego y el Libro de Job, de Homero y de la literatura fantástica, del tiempo y el destino del escritor, de Lugones y la metáfora, de la historia del libro o la forma de escribir sus cuentos y de concebir la poesía.
No son estos, obviamente, textos centrales en la obra completa de Borges, pero en su condición de complementarios muestran a un Borges cercano que habla de literatura y filosofía, de poesía y pensamiento, de lectura y tradición y de los temas vertebrales de su escritura: la identidad y el tiempo, el sueño y los laberintos, los libros y la memoria.
Dos de estas conferencias -Mi poesía. Mi prosa- las dictó Borges en España el 24 y el 25 de abril de 1973 en el Instituto de Cultura Hispánica durante el ciclo ‘La literatura hispanoamericana americana comentada por sus creadores', que organizó Luis Rosales.
Casi veinte años después, en 1992, se transcribieron en Cuadernos Hispanoamericanos. Así comenzaba la primera de ellas, centrada en su obra poética:
Parece presuntuoso que yo hable de mi poesía, pero al cabo de los años he llegado a comprender que la belleza no es un hecho extraordinario, que la belleza es común, y que todo hombre puede alcanzarla o, como decía Plinio el Joven, en una frase transcrita por Cervantes, «no hay libro tan malo que no tenga algo bueno⟫, y que a todos nos está permitido alguna vez, por una favorable conjunción de los astros, lograr la belleza, aun a mí, viejo aprendiz de setenta y tres años, que he aprendido a fuerza de errores.
Esas dos conferencias, quizá las fundamentales de un conjunto de altísimo intereses, contienen las claves de su mundo poético y explican desde dentro las cimas de su producción narrativa, como Hombre de la esquina rosada, Funes el memorioso o El Aleph, del que dice en la conferencia Mi prosa:
Puedo recordar otro cuento mío, "El Aleph". Yo había leído en los teólogos que la eternidad no es la suma del ayer, del hoy y del mañana, sino un instante, un instante infinito, en el cual se congregan todos nuestros ayeres como dice Shakespeare en Macbeth, todo el presente y todo el incalculable porvenir o los porvenires. Yo me dije: si alguien ha imaginado prodigiosamente ese instante que abarca y cifra la suma del tiempo, ¿por qué no hacer lo mismo con esa modesta categoría que es el espacio? Y entonces imaginé una casa en la calle Garay, una calle bastante mediocre; imaginé que en esa casa había un sótano, y en ese sótano un pequeño objeto luminoso, mínimo, circular; tenía que ser circular para ser todo. El anillo es la forma de la eternidad, que abarca todo el espacio, y al abarcar todo el espacio abarca también el pequeño espacio que ocupa, y así en "El Aleph" hay un "Aleph" —porque esa palabra hebrea quiere decir círculo—, y en ese Aleph otro Aleph, y así infinitamente pequeño, esa infinitud de lo pequeño que asustaba tanto a Pascal. Bueno, yo simplemente apliqué esa idea de la eternidad al espacio. Inventé la historia del Aleph, le agregué detalles personales, por ejemplo, una mujer que yo quise mucho, y que no me quiso nunca y que murió. Le di un hermoso nombre, la llamé Beatriz Viterbo. Cambié un poco las circunstancias, y aquí hay un pequeño hecho sobre el que yo querría llamar la atención de ustedes, y es que si uno no cambia ligeramente las cosas uno se siente insatisfecho. Por ejemplo, si algo ocurre en algún barrio y uno lo escribe, es mejor cambiarlo a otro barrio que no sea demasiado distinto, los nombres de los personajes ya se saben, las circunstancias también. Uno está obligado a esas pequeñas invenciones para no ser un mero historiador, un mero registrador de hechos ocurridos, salvo que los grandes historiadores son grandes novelistas. Dijo Stevenson que los problemas, las dificultades de Tácito o de Tito Livio al escribir su historia, fueron del mismo género que las dificultades de un novelista o cuentista. Contar hechos reales ofrece las mismas dificultades que contar hechos imaginarios, a la larga no podemos distinguir entre ellos.
El libro ofrece mucho más, pero sólo la recopilación en un libro de esas dos conferencias esenciales ya justifica una edición como esta de las conferencias dispersas de Borges.

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