La herida y el cuchillo
Los poemas de Santos Domínguez, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica. Como estructuras fractales que, una y otra vez, crecen y se destruyen orgánicamente para renacer del misterio, como una salmodia litúrgica cuyo sentido nos alcanza antes de descomponerla en versos y palabras, la poesía de Santos Domínguez, el portador del fuego, viaja hasta la hondura del ser y nos revela, inermes, pero guarecidos, nuestra esencial y fría soledad lunar.
Con ese párrafo cierra José María Jurado García-Posada El guardián del fuego (Sobre la poesía transitiva de Santos Domínguez), el espléndido prólogo con el que ha tenido la generosidad de presentar La herida y el cuchillo (Ediciones La Palma), que está a punto de llegar a las librerías con poemas como este:
MUSEO DE LOS ERRORES
El grito. Munch
Fue frágil y violento. Sobrevivió a un naufragio,
mató a su padre un día.
Quemó templos y naves, salió de un laberinto.
Exterminó la vieja memoria de los suyos.
Fundó ciudades de oro y arrasó la tramposa
nostalgia de las tardes. Fue frágil y violento.
Destruyó las murallas de la ciudad del sueño,
celebró amaneceres y evisceró las aves
que volvían desde el mar con la luz declinante
de la tarde de agosto encendida en sus alas.
Inventó paraísos y en la alta noche incierta,
sin luna y sin recuerdos, abominó del llanto,
vio arder barcos oscuros y campos cereales.
Descifró el alfabeto de la traición y un día
incendió los pinares, envenenó las fuentes.
Desnudó al impostor, descuartizó a su hermano,
repudió sus conquistas, lloró lo que mataba.
Viajó por las tinieblas en busca de sí mismo,
imaginó los monstruos que después invadieron
sus torpes pesadillas de cuevas y centellas.
Surcó mares sin fondo y arenales desiertos,
erigió faros altos, buceó en las cavernas
y padeció el insomnio y los claros de luna
en largas noches lentas de fiebre sin sonatas.
Al sol menor de enero
ascendió las montañas y repudió las tumbas.
Despreció en la llanura del páramo de hielo
las plantas que crecían al pie de los ahorcados.
Fue frágil y violento. No conoció la culpa.
Sabía que ejecutaba, sin pasión ni amargura,
la historia universal de la infamia del hombre.
Desde jaulas sin tiempo le acecharán los perros.
Ya suenan sus ladridos.
Ya el viento interminable agita sus harapos.

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