Un trozo de pan duro del antiguo Egipto
En 1960, cuando Mary Beard tenía cinco años, su madre la llevó desde su pueblo a conocer Londres. Y cuando visitaron el British Museum tuvo una experiencia que marcaría su vida y su dedicación al estudio del mundo antiguo: el descubrimiento en una vitrina de las salas egipcias de un trozo de pan que tenía cuatro mil años.
Así evoca Mary Beard esa epifanía de un trozo de pan egipcio en el capítulo inicial de su Clásicos sin filtros que acaba de publicar Crítica con traducción de Silvia Furió:
El pan en cuestión tiene casi cuatro mil años. Fue descubierto a comienzos del siglo XX en unas excavaciones cerca de la moderna ciudad de Luxor y fue entregado al Museo Británico, donde todavía se exhibe (y hay piezas similares en museos de Egipto, de los Estados Unidos y de otros lugares). Es muy probable que originalmente fuera elaborado para ser depositado en una tumba como alimento para el difunto no para consumo humano, o como ofrenda a los dioses, y que se conservase, tal como lo vemos ahora, en las perfectas condiciones que proporcionan las arenas calientes y secas del desierto egipcio.
[...]
A comienzos de la década de 1960, los museos no eran tan agradables para los niños como lo son ahora, y la mayoría de las vitrinas eran demasiado altas para contemplar su contenido siendo pequeña. De modo que cuando mi madre descubrió este pan egipcio antiguo, le pedí que me aupase para verlo más de cerca, pero estaba al fondo de la vitrina.
[…]
En aquel instante pasó un hombre, se percató de nuestro apuro y preguntó qué era exactamente lo que trataba de ver. «Aquel trozo de pan», chillé, ya un poco desesperada. Debía de ser un conservador, porque hurgó en su bolsillo, extrajo un manojo de llaves, abrió la vitrina, sacó el pan y lo sostuvo frente a mí, a unos cinco centímetros de mi nariz. Nunca subestiméis lo poderoso que puede ser el simple acto de abrir la vitrina de un museo.
Aquel asombro infantil de Mary Beard ante la revelación de la maravilla de lo cotidiano provocó la curiosidad y la emoción por el pasado remoto que marcaría su destino personal como estudiosa, su dedicación a la enseñanza y a la divulgación del mundo antiguo y su afán por destacar la actualidad de los clásicos en volúmenes como este, que lleva como subtítulo El impacto del mundo antiguo.
Las cuatro conferencias que impartió en la Universidad de Chicago en 2023 son la base de este libro que establece un diálogo iluminador con los clásicos y explora los vínculos de Grecia y Roma con la realidad actual, un mundo -subraya la autora- “que ha dejado huella a lo largo de todos y cada uno de los siglos hasta el siglo XXI. Durante dos milenios, los clásicos han sido constantemente reinterpretados, a menudo de manera contradictoria, pero nunca olvidados ni desterrados.”
Así resume el sentido de esta obra la propia Mary Beard en la Introducción:
«Una gran pregunta ha inspirado este libro: ¿para qué sirven los clásicos antiguos? O, dicho de otro modo, ¿por qué debería preocuparnos lo que hacía la gente hace dos mil años o más: ¿qué crearon, qué escribieron y qué pensaron? ¿Qué sentido tiene todo esto para nosotros ahora? Quiero reflejar lo que todavía resulta tan emocionante, gratificante y a veces inquietante del mundo clásico, o por lo menos lo que me ha emocionado, gratificado e inquietado a mí. El mensaje subyacente es que puede obtenerse más de los clásicos si uno los venera menos. Asombro, sorpresa, placer, perplejidad e incluso repulsión, sí. Veneración y gratitud, no.
Porque, matiza Mary Beard, «hay también muchas cosas del mundo clásico que condeno. Para empezar, no hay gafas pintadas de color de rosa que puedan ocultar la esclavitud ni la misoginia ni la casi inimaginable violencia, desde los campos de batalla hasta los criminales juegos en el anfiteatro.»
Y con esa mirada actual que combina el asombro y la perspectiva crítica, la sorpresa y la repulsión, Mary Beard se adentra en estas luminosas páginas en la vida, la literatura y el arte de Grecia y Roma para rastrear lo cotidiano y contarlo, para que el lector sepa cómo era estar allí y entonces.
Por ejemplo cuando entra en la Taberna de Salvio en Pompeya:
Lo que tiene de tan especial la Taberna de Salvio es que todavía podemos atisbar, a través de nuestra mirada contemporánea, lo que sucedía allí hace dos mil años, y casi escuchar furtivamente las bromas del personal y de los clientes, porque frente al mostrador de la sala principal había una memorable pintura de la vida en la taberna, similar a una viñeta de tamaño gigante, con bocadillos que contenían las palabras de los personajes.
[...]
Es una imagen de la colorida vida en una taberna romana pintada en la pared y completada con una banda sonora en latín callejero y escritura callejera, que sería difícil de reconocer a partir del latín «correcto» que actualmente se enseña a los estudiantes. Quizás pretendía ser una advertencia, o un chiste, o probablemente un poco de ambascosas, pero sin duda era un espejo para que los clientes de la taberna se contemplasen a sí mismos. Gracias a la tragedia de la erupción, podemos husmear y ponernos en su lugar. Casi nos estamos viendo a nosotros mismos en el espejo sin que los años que nos separan cuenten para nada. Es como si pudiéramos excluir el aquí y el ahora y, milagrosamente, sentir cómo era estar allí en aquel momento.
Para descifrar también desde nuestra mirada actual cómo era estar allí para lo bueno y para lo malo, para lo admirable y para lo incomprensible, para lo inesperado y para lo violento. Cómo era, por ejemplo, estar ante la provocadora Afrodita desnuda y profanada de Praxíteles en el siglo IV a.C., ante el grafiti grosero de una letrina de Herculano, ante la peligrosa risa incontenible del senador Lucio Casio Dion frente al emperador Cómodo en el Coliseo, ante la Eneida o las Meditaciones de Marco Aurelio y su estatua ecuestre en la colina Capitolina o para reinterpretar a la luz actual la moralidad de la guerra en la Ilíada, la poco heroica conducta de Odiseo o el significado del conflicto trágico entre Antígona y Creonte.
Porque, con sus aciertos y sus errores, los griegos y los romanos “nunca han dejado de mirarnos a la cara”, “nunca se han marchado del todo, ya que siempre los hemos estado reutilizando, reconvirtiendo y reinterpretando.”
A propósito de la inevitable vinculación del pasado y el presente y de la mirada actual sobre los clásicos, Mary Beard reconoce que “este libro es en parte una respuesta a las muchas personas que me dicen: «Has pasado tanto tiempo de tu vida con ellos que sin duda debes de querer mucho a los griegos y a los romanos». La respuesta es rotundamente «no». No a los griegos y romanos porque los quiera paréntesis del mismo modo que los virólogos tampoco quieren a los virus o los astrónomos a los agujeros negros). Los estudio porque a veces son un placer, a menudo desestabilizadores y con frecuencia sorprendentes, pero sobre todo invariablemente reveladores e interesantes (incluidos los acueductos). Los estudios clásicos cambian tu forma de ver el pasado remoto. No solo eso: te instan a replantearte el presente.”
El último capítulo aborda el estado de los estudios clásicos dentro del currículo de los institutos y las universidades y defiende dos argumentos para su presencia y su importancia: en primer lugar, su potencial para iluminar cuestiones polémicas de la actualidad y en segundo lugar, la necesidad de “leer cosas difíciles” que están escritas en latín y en griego.
Cierra el volumen un curioso Epílogo, con otra historia ambientada en el British Museum. En ese texto, Mary Beard vuelve a aquel trozo de pan egipcio de Tebas que orientó su vida, a aquella “apertura de la vitrina que para mí supuso el inicio del asombro y curiosidad por el mundo antiguo que ha durado toda una vida y que se ha visto recompensado de una manera que nunca hubiera podido imaginar. He pasado más de cincuenta años con los antiguos griegos y romanos, admirables y repelentes en igual medida, pero indefectiblemente interesantes y enriquecedores. Tengo mucho que agradecer a aquel conservador anónimo. Se dio cuenta de que una niña pequeña quería ver algo, se molestó en averiguar qué era, abrió la vitrina y le mostró el trozo de pan. Para mí fue un ejemplo de cómo compartir el tiempo y el conocimiento; espero haber estado a la altura. Es decir, espero haber contribuido a hacer que algunos de los excluidos del mundo antiguo, como el «muchacho que con su aliento empañó el cristal», se sientan parte del «nosotros» que puede disfrutarlo, ya sea en el aula, a través de la radio y la televisión, o de la escritura. Espero haber conseguido que los clásicos le hablen a más gente, de todos los orígenes, dondequiera que se encuentren.”

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