Ningún instante es más
Lo perdido,
la extraña brujería de lo frágil,
el rigor mineral de la materia,
la piel, el aire candeal.
Arder adentro.
Ignorarse, olvidar,
hacer de lo vivido incertidumbre.
Todo en ascuas al abrigo de un verbo,
de una razón sin trabas
que habla otra vez de la melancolía.
Y en el catastro de la amanecida,
las dudas de otro claro nuevo al darse.
Aún hay tiempo.
(melancolía)
Ese es el primero de los sesenta y cinco poemas breves que Luis Ramos de la Torre reúne en Ningún instante es más, que publica Baile del Sol en su colección Poesía.
Están presentes ya en ese poema inicial las claves temáticas, tonales y estilísticas de un admirable conjunto de sesenta y cinco teselas que componen un mosaico luminoso en el que Luis Ramos de la Torre reivindica la poesía como revelación epifánica de la realidad, como experiencia vital y como celebración de la vida.
Un mosaico de poemas meditativos que a través de la contención verbal, la expresión recortada y el verso bruñido buscan retener el instante fugaz en sus palabras medidas y anular el tiempo con el uso vertebral del infinitivo y del presente que están por encima del tiempo accidental, de las circunstancias personales y temporales o de los plurales y fijan la abstracción del concepto que al final de cada poema resume su contenido en el sustantivo abstracto que lo cierra entre paréntesis y en minúsculas:
Las cifras de la edad.
La indolencia, el temblor.
El reguero del tiempo en los espejos,
augur y ley,
tensión sin tasa.
Pertenecer. Sentir su ahínco.
Alguna palabra vendrá después
liberadora, incitante,
sin desentendimiento.
O canto, o lágrima.
(cifras)
Los poemas de Ningún instante es más van construyendo así, desde la observación a la meditación, una visión del mundo, una propuesta existencial en la que la palabra es instrumento salvífico de indagación y raíz que nutre el canto celebratorio del conjunto:
Sigue el canto.
Y al aire boga libre
yendo y viniendo,
dándose
como el agua y el alba,
como una ceremonia natural,
porque todo en él es celebración.
Cunde el canto,
inaugural, exento,
materia en ascuas y a distancia,
que se renueva y arde en la mirada.
(celebración)
Poesía de la celebración y la búsqueda de la esencia, de serenidad en la mirada y hondura reflexiva en torno a lo frágil y lo humilde, lo sencillo y lo cotidiano. Una experiencia poética y vital en la que la memoria se impone al olvido, la esperanza a la zozobra, la certeza a las dudas y la renovación a las pérdidas:
No hay pérdida inútil, ni esfuerzo vano,
es tiempo necesario, cicatriz,
intriga o grieta.
Leer en el estigma de los huecos,
junto a lo austero imprime norma.
Habrá que abrir la puerta a lo sencillo.
Renovarse.
Constituir lo anónimo.
Abrir esa babel tanta que aturulla y traba.
Precisa rabia es.
(pérdida)

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