La plegaria encendida de Javier Asiáin
Esta es la oración devota
la pleglaria encendida
en la torre del mundo
Del segundo verso de Liturgia de las horas procede el título de la espléndida antología esencial 2002-2026 de Javier Asiáin que publica Hiperión con prólogo y selección de Alfredo Rodríguez, que ha organizado en tres partes cronológicas los materiales poéticos decantados por el poeta navarro a lo largo de un cuarto de siglo de escritura.
Desde Del amor y otras verdades (2002-2008), la primera sección de la antología, que recoge sus poemas iniciales, atravesados por el tema del amor y el deseo, hasta el despojamiento estilizado y transcendente de los de La rebelión del espíritu, escritos desde 2012, pasando por los intensos poemas de celebración cultural de El sueño de la cultura (2008-2012), las tres partes de La plegaria encendida muestran en su sincronicidad una evidente homogeneidad temática y permiten apreciar en su conjunto la evolución diacrónica de una poesía en movimiento en la que se integran con intensidad semejante la chispa emocional que enciende el poema y la cuidada elaboración de su concreción verbal, la reflexión sobre el mundo y la medida construcción estructural de cada texto.
Porque -señala Alfredo Rodríguez en su admirable prólogo, 'El sueño desprendido de Javier Asiáin'- este “no es un poeta conformista, jamás se repite, no se copia a sí mismo -como muchos otros- sino que se reinventa en cada libro, sigue adelante en aquello que cree, y se aventura siempre hacia nuevas posibilidades para su poesía. Abre caminos, ensaya caminos. Y en cada nuevo libro nos va dejando poco a poco ver su verdad, otearla, nos la va revelando con destreza.”
Destaco aquí dos textos: el que abre la segunda parte, titulado Transfusión primera:
Escribir es desangrarse
y la Poesía es siempre
un acto heroico.
Y el que cierra el volumen, La intimidad del trapecista, un elogio entusiasta del equilibrio de la balanza astrológica de Libra que termina con estas estrofas:
Firmes y a su vez delicados,
igual que la suave luz crepuscular
traspasando el cielo de matices ínfimos.
Ingobernables, seductores, intuitivos,
de corazón indómito, nuestro único juramento
es a la obediencia desnuda de la piel.
Añoramos el vuelo fugaz del cometa celeste
y el delirio sublime de las hélices.
Oferentes y sagrados.
Sirvientes de Venus y de Afrodita.
Genuinos y sublimes.
Soñamos con la vida eterna y un caballo blanco
sobre la Vía láctea.
He aquí la intimidad del trapecista,
el elogio de la balanza.
Los libra, los liber, los libras, los libres.
Definitivamente renegamos del mito.
No somos equilibrados. Somos equilibristas.
De ese equilibrismo del arriesgado trapecista Asiáin, funambulista poético entre vida y literatura, entre pensamiento y sentimiento, entre conocimiento y palabra dejan un indeleble testimonio los estupendos poemas de La plegaria encendida, en ese constante movimiento que funde al hombre con el poeta en textos como este sabio y maduro Decálogo del insomne:
Alimenta las lámparas de aceite.
Permanece despierto.
Que tu cuerpo descanse. No tu conciencia.
Escribe para sonámbulos partituras para cisnes.
La noche es un viaje hacia otra forma de vida.
Conduce a los durmientes a lo alto del trapecio.
El vértigo antecede siempre a las preguntas.
Que tu poema sea otra cosa.
Un interruptor cuántico.
Un acelerador de partículas.
Frente a los ojos miopes repite conmigo:
Todos vemos lo mismo pero
qué hay detrás de lo que vemos...
Aprende a leer los labios
mas nunca los expliques con palabras.
Tensa tu arco contra la Vía Láctea.
Apunta siempre hacia el fulgor de la estrella.
Eleva el misterio entre las manos
pero no muestres nunca la perla barroca.
Un insomne no muere nunca,
permanece erguida su torre vigía.

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