14 agosto 2026

Silencio, luz y poesía de José Antonio Santano

  





 En Ser y tiempo reflexionaba Heidegger sobre la relación entre el habla y el silencio y afirmaba que "sólo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el 'ser ahí' tener algo que decir... El silencio es un modo del habla". Y unos años después, en De camino al habla, insistía en que “el hombre está atento a la invocación del mandato del silencio."  

Lo recuerdo ahora a propósito del paradójico título que ha elegido José Antonio Santano para reunir casi tres décadas de escritura poética en un amplio volumen bajo el rótulo Silencio [Poesía 1994-2021] que publica Alhulia con un estudio preliminar en el que Alfonso Berlanga Reyes aborda minuciosamente la trayectoria poética del autor.

La paradoja es uno de los signos característicos de las contradicciones de la modernidad, en la que el silencio está en conflicto latente con la palabra desde el conocido verso de Hölderlin, ¿Y para qué poetas en tiempo de penuria?

Y el silencio, con todos sus matices reflexivos, está muy presente, casi como una constante, no sólo en el título de la poesía reunida de José Antonio Santano, sino también en los de varios de los quince libros reunidos en este monumental volumen (Memorial de silencios, Los silencios de la Cava, La voz ausente) y en algunos de los títulos de sus poemas: Del silencioso y crepuscular embrujo de Carboneras, El último silencio o Color silencio, un texto de Tierra madre (2019) que se cierra con estos heptasílabos:

en las nubes tristeza 
son de una música 
del desierto en su eco 
cuando solo destella 
en el lienzo la luz 
y el color de la vida 
que el pincel arcoíris 
dibuja en la niebla 
y el silencio devuelve 
a la mar de tus ojos.

Y así como la ausencia brota entre las presencias, así como la quietud sólo tiene sentido en relación con el movimiento, así como el olvido es una forma actualizada de la memoria, así como la sombra sólo existe frente a la luz o en la música el silencio tiene un crucial efecto rítmico y compositivo, así también en la poesía el silencio emerge de la palabra para resaltar los perfiles verbales que trazan los versos. Y a la vez ese silencio es el motor interior de la búsqueda que está en la raíz de la poesía de José Antonio Santano, especialmente a partir de Memorial de silencios (2014), un libro que -en palabras de Alfonso Berlanga- “significa un antes y un después en la trayectoria poética del autor. Un antes porque en ella se recogen, a modo de resumen, algunas de las constantes de su producción anterior y un después porque apunta lo que va a ser la poesía de Santano en el futuro.”

Organizado en cuatro partes de diez poemas cada una, este es el texto que cierra Memorial de silencios:

Se suceden las horas y en mis sienes 
estallan deslumbrados los recuerdos 
azules que se abisman en la alcoba 
de esta casa habitada de tristeza, 
de un racimo de versos y silencios 
aviejados, de nubes abrasadas, 
de incontenibles llantos y un decrépito 
desnudo sobre un campo de amapolas 
y la mirada lívida del padre.
Hoy: el tiempo vencido en los espejos, 
en las sombras de siempre, en las pupilas, 
la calle y sus sonidos, la oficina, 
en la casa y la alcoba, la voz viva 
del pasado clamando sus dominios.

Una poesía de la búsqueda, la contemplación y la revelación que se sustenta en el silencio latente de la expectativa y se sustancia en la experiencia cumplida del poema, que entre el inicial Profecía de otoño (1994) y el final Madre lluvia (2021), resulta de ese equilibrio de fuerzas entre el silencio y la palabra, entre la indagación verbal en la realidad y el hallazgo inspirado que ilumina el poema, nutrido de una extensa experiencia vital y literaria y fecundo en imágenes y en sugerencias sutiles que amplían su horizonte significativo de referencias.

Porque en el principio no era el verbo, sino el silencio vacío del que surge la palabra que nombra el mundo y funda la realidad. O lamenta las pérdidas, como en el elegíaco La voz ausente (2017), que evoca la figura perdida del padre con el temblor nostálgico de versos como estos:

Recuerdo que al principio te veía
con asombro de niño en los espejos
del agua de los ríos y la luz
vertical de frondosas alamedas,
juguete entre mis manos diminutas,
llamarada de soles en estambres
de cobre y de arcoíris prolongados;
era inagotable, siempre atento
al brillo de mis ojos esperaba
que el tiempo detuviese su aventura
en aquel blanco vértice de ensueño
que la vida trazaba sobre el aire
y los tejados grises de las casas.
Recuerdo, muy al principio, que tus dedos
se enredaban alegres al espacio
azul de las sonrisas y eras todo
tú, mariposa en vuelo hacia los mares,
deslumbrante luciérnaga, fanal
del tiempo, voz de ecos repetidos.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
La tarde iba cayendo en las cortinas
de blanco encaje —lúcidas formas
tras la pared de alcobas y desvanes—,
de huellas y aromática alhucema
en los atardeceres del invierno,
también de sus silencios estridentes
sobre la piel enferma del abismo
cada vez que tus manos me apresaban
a la luz de la luna y en tus sueños
existía gozoso en las estrellas,
libre en mi fugaz vuelo hacia los astros.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
En el blanco silencio de la casa,
cuando nada era todo, vida toda,
luz primigenia, solo luz del alba
que derrama sus ojos sobre el patio
colmado de crecidas aspidistras
y aromas de jazmín y madreselvas.
Recuerdo el pavoneo de tu cuerpo
vestido de domingo entre las nubes,
el tañer de campanas misteriosas
que hablaban de mareas y glaciares,
las ollas de agua hirviendo y el vapor
que aniebla las paredes del aseo
teñido de pobreza y soledades.
Recuerdo, te recuerdo en la distancia,
abriéndote caminos de cristal
y de cuchillos, ebrio de placeres
en la encendida noche del solsticio
del invierno, ya cumplida la condena
que te apresó al abismo del vacío.
Pasado el tiempo vino la luz calma
del silencio, los sones de la lluvia
y todo fue latido y pulso ciego
en las blancas mañanas de domingo.

El equilibrio entre meditación y emoción, entre silencio y palabra, entre pasado y presente, entre pensamiento y experiencia, entre lo visible y lo invisible, entre lo real y lo soñado, entre materia temática y forma estilística es una de las señas de identidad de una admirable obra poética, a la que se han añadido estos últimos años nuevos libros como Sepulta plenitud.

Sólida en sus cimientos, brillante en su trayectoria, variada en motivos, tonos y enfoques, intensa en su expresividad y rigurosa en su construcción, estamos ante una obra que traza ante el lector, verso a verso y poema tras poema, el alto perfil literario de José Antonio Santano, sin duda uno de los poetas más relevantes del panorama poético de esas tres décadas que abarca este sonoro y vibrante Silencio, un espléndido libro en el que -vuelvo a la paradoja del comienzo-, pese a su honda y persistente vocación elegíaca, brilla siempre la luz de la palabra que ilumina la noche y enciende su silencio de siglos.