De bienes y valores. El caso Manrique
Pero mi intención no era la de meterme en averiguaciones sobre la más íntima esencia de tan oscuro asunto, sino la de considerar el curioso conflicto que impensadamente viene a surgir en las entrañas de una de las más famosas recurrencias del pleito de los bienes y los valores, o sea, las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre. Estas coplas son, en conjunto, un gran fracaso (aunque ya se verá cómo ese mismo fracaso ha sido, paradójicamente, para bien); de ellas las hay malas, las hay mediocres, las hay mejores y las hay detestables; pero no es este primario juicio de valor puramente artístico lo que hace al caso en la cuestión que me interesa, o, al menos, el aspecto que ese juicio toca no concierne ni afecta a mi asunto de modo sustancial, pues el conflicto al que pretendo referirme viene a salirse de lo que propiamente llamamos literario, aunque también sobre ello repercutan sus graves consecuencias.
Para poner en claro lo que quiero decir, nada mejor que empezar por considerar el curioso contraste que ofrecen las opiniones de Menéndez y Pelayo y de Juan de Mairena al respecto de las coplas en cuestión. Don Marcelino agarra el poema por el asa de la intención explícita del autor y, sin dejar de reprocharle las dos coplas realmente deplorables a que aludo más arriba, o sea, la 27 y la 28 («apenas pueden tacharse dos estrofas pedantescas y llenas de nombres propios»), lo elogia sin restricciones en todo lo demás como un «doctrinal de cristiana filosofía», esto es, bajo el concepto de sermón de encarecimiento de los valores y menosprecio de los bienes en que la intención manifiesta del poeta lo quiso colocar. Mairena, por el contrario, demostrando a la vez la más imperdonable despreocupación en cuanto crítico literario y el más fino y seguro oído en cuanto lector de lírica, se olvida por completo de la intención manifiesta de Manrique y se va derechamente al corazón de las únicas coplas verdaderamente líricas del poema, para encomiarlas justamente en el sentido radicalmente contrario al que quisieron tener para el poeta en la totalidad de la elegía. Su descuido o su distracción son tan escandalosos que llega incluso a decir: «El poeta no comienza por asentar nociones que traducir en juicios analíticos, con los cuales construir razonamientos. El poeta no pretende saber nada; pregunta por damas, tocados, vestidos, olores, llamas, amantes...”
Rafael Sánchez Ferlosio.
El caso Manrique.
En Ensayos I.
Altos estudios eclesiásticos.
Debate. Barcelona, 2015.

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