17 septiembre 2026

Giacomo Leopardi a través de sus cartas

  




Este haber surgido de la nada, y saber que vamos a volver a ella, irremediable e infinitamente, ¿quiere decir que somos nada también hoy? Que no existiésemos antes y no vayamos a existir después, ¿quiere decir que no existimos ahora, o que da igual que lo hagamos? Muchos respondemos convencidos que sí, que no, que quizá: pero rápidamente conseguimos hacernos otra vez los despistados y seguir con nuestras cosas, variadísimas e iguales. Este despiste es la naturaleza misma, y es el único milagro que existe en el mundo. Leopardi, que pensaba que los hombres y las mujeres son poco más que animales hipertrofiados por el azar y la acumulación del tiempo, animales enfermos de razón, se tomó demasiado en serio esta pregunta, y así contradijo en su base misma a la naturaleza, que le quería feliz. Las cosas no eran, como van a no ser: ¿qué importa que estén siendo? Nada, pensó Leopardi. ¿Podemos pensar nosotros que Leopardi se equivocaba? ¿Dónde está Leopardi?

A eso precisamente, a saber dónde está Leopardi, existencial y literariamente, dedica Diego Garrido su Lengua mortal no dice lo que sentía, que acaba de publicar Anagrama, una consistente aproximación a la figura del romántico inmortal de Recanati elaborada a partir de un meticuloso rastreo de su biografía y su filosofía existencial. 

Una introducción interpretativa que se construye con rigurosa mirada crítica a través de su abundante epistolario, su obra poética, la prosa de sus Operette morali y su monumental Zibaldone di pensieri, cuya traducción completa y comentada al español está ultimando el propio Diego Garrido, que fija así su propósito:

Voy a tratar de hacer, en este libro un poco caótico y misceláneo, un repaso a su vida física e imaginaria, a través de sus cartas principalmente. Dentro de no mucho (espero) tendré lista una traducción del Zibaldone y el lector de español podrá conocerlo al fin un poco más: casi íntegra, su prosa permanece absurdamente inédita.

La imagen que ofrece esta  Lengua mortal no dice lo que sentía es la de un Leopardi poeta y pensador para quien -explica Diego Garrido- «este regresar a la nada es la única verdad que existió, existe y existirá en el mundo. Nada tiene una razón de ser, todo vive sometido a un juego de creación y destrucción arbitrario, perpetuo y sin porqué. Porque si las cosas surgen de la nada y porque sí vuelven a ella. Mañana no estaré, ni aquí ni en ningún otro sitio, como no estuve ayer; todo el resto es literatura, ilusión. Y en un mundo sin sentido, sin trascendencia, lo mejor que podemos hacer nosotros es alimentar las ilusiones hasta la bulimia, inventarnos este sentido como creadores; hoy, cuando no podemos fingir ya que no sabemos, mirando paradójica e inevitablemente de frente a la nada. La mayor de todas las ilusiones, la más espontánea y estable, es el arte, la literatura: la poesía.»

Así recuerda Leopardi en el Zibaldone su progresiva “transición de la erudición a la belleza” y “el paso de la poesía a la prosa, de la literatura a la filosofía”:

Las circunstancias me habían llevado al estudio de las lenguas y la filología antigua. Esto formaba todo mi gusto: despreciaba, entonces, la poesía. Es verdad que no me faltaba imaginación, pero no creí ser poeta hasta que hube leído a muchos poetas griegos. Mi transición de la erudición a la belleza no fue, sin embargo, repentina; fue gradual: poco a poco empecé a sentir en los antiguos, y en mis estudios, algo que no sentía antes. Lo mismo me ocurrió con el paso de la poesía a la prosa, de la literatura a la filosofía.

Poesía y filosofía, pensamiento y sentimiento, emoción y reflexión, experiencia y escritura son los ejes de la obra en verso y prosa de Leopardi, en la que expresó su honda conciencia del vacío y de la fugacidad. Y a explorar esa presencia central de su pensamiento existencial dedica Diego Garrido esta iluminadora monografía en la que se leen párrafos como este:

Para Leopardi, lo que existe no debería querer dejar de existir, seguir siendo eternamente debería ser su máxima ambición. Hasta aquí todos los escritores habían estado más o menos de acuerdo, y por eso se inventaron los Dioses, el Arte, las Formas, el Amor... Todas estas cosas, ellos las identificaron con la verdad, mientras que la muerte, la infinita no-existencia de todo, era una pura ilusión –una mentira–. Leopardi dice que la única verdad es la aniquilación y que precisamente todo el resto de las cosas que identificamos con lo cierto (estos Dioses, Arte, Formas, Amor) son las ilusiones: unas ilusiones colocadas en nosotros por la naturaleza, inteligentísima, en este punto misericorde, para no impedirnos vivir este rato antes de regresar obedientes a la nada.