01 septiembre 2026

La pasión de la mente occidental

  




“Este libro presenta una historia concisa de la cosmovisión occidental desde los griegos antiguos hasta los autores posmodernos. Con ello he querido proporcionar, en un solo volumen, una exposición coherente de la evolución de la mente occidental y de su cambiante concepción de la realidad. Los últimos progresos en diversos frentes (el filosófico, el de la psicología profunda, el de los estudios de la religión y el de la historia de la ciencia) han arrojado nueva luz sobre esta notable evolución. Esos progresos han influido y enriquecido enormemente la exposición histórica que aquí se presenta, razón por la cual los he expuesto en un epílogo, con el fin de explicitar una nueva perspectiva en la comprensión de la historia intelectual y espiritual de nuestra cultura.
Hoy se habla mucho de la quiebra de la tradición occidental, del declive de la educación liberal, de la peligrosa ausencia de fundamento cultural para abordar los problemas contemporáneos. Estas preocupaciones reflejan, en parte, inseguridad y nostalgia ante un mundo que está sufriendo cambios radicales. Pero también reflejan una necesidad auténtica. Es a los hombres y mujeres que, cada vez en mayor número, reconocen esa necesidad, a quienes se dirige precisamente este libro”, escribe Richard Tarnas en el Prefacio a La pasión de la mente occidental, que ha alcanzado ya, como su posterior y complementario Cosmos y Psique, la quinta edición, publicada por Atalanta con traducción de Marco Aurelio Galmarini.

A través de un recorrido por las ideas que han marcado la evolución del pensamiento occidental y combinando  la claridad expositiva y el propósito divulgador con el rigor analítico que justifica su condición de lectura obligatoria como manual en varias universidades norteamericanas, Richard Tarnas explora la cosmovisión occidental, desde la antigüedad clásica hasta los autores de la posmodernidad. Filosofía, religión, psicología y ciencia, se exponen así ordenadas en un conjunto coherente para explicar el desarrollo de la mente occidental, que es el resultado de un pensamiento y unos valores que se replantean crítica y constantemente, frente al dogmatismo inmovilista y acrítico.

Organizada en seis grandes apartados que responden a otros tantos momentos evolutivos en la configuración y el desarrollo del pensamiento occidental, “la historia que sigue -explica Tarnas en su Introducción- está cronológicamente organizada con una mirada evolutiva de acuerdo con las tres cosmovisiones asociadas a las tres grandes épocas que tradicionalmente se han distinguido en la historia cultural de Occidente: la clásica, la medieval y la moderna.”

Y tanto en el conjunto de la obra como en cada una de sus seis partes hay, además de un análisis panorámico, una voluntad de mostrar la formación y la transformación del pensamiento occidental como resultado de procesos evolutivos dinámicos que vinculan unas épocas a otras en una red de relaciones que permiten apreciar el sentido global y la coherencia de la evolución cultural desde la visión griega del mundo hasta la transformación de la era moderna en la posmodernidad contemporánea de Foucault o Derrida.

Entre esos dos límites, Tarnas recorre la evolución del pensamiento griego desde la cosmovisión mítica de Homero al nacimiento de la filosofía y la aparición del héroe platónico, la transformación de la era clásica desde la evolución de la matriz helenística y el neoplatonismo hasta la visión cristiana del mundo y su herencia platónica, o el paso de la escolástica medieval de Tomás de Aquino y el escolasticismo crítico de Ockham al humanismo clásico de Petrarca, los fundamentos astronómicos, cosmologicos y filosóficos de la visión moderna del mundo que trajo el Renacimiento con Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, Bacon o Descartes.

Transformación dinámica y continuidad de los grandes temas, esas son las dos ideas conectoras que vertebran este monumental ensayo, subtitulado Para la comprensión de las ideas que modelaron nuestra cosmovisión, que revela la imagen cambiante de lo humano desde Copérnico a Freud, la creciente autocrítica de la mente moderna en la Ilustración, de Locke a Hume, del exigente desafío intelectual de Kant al declive de la metafísica; el cisma cada vez más radical entre el pensamiento científico y el humanístico y los intentos de tender puentes entre ambos por parte de Goethe, Hegel y Jung.

Y además de esa visión panorámica, Tarnas aporta excelentes visiones de conjunto sobre el significado en el pensamiento occidental de autores fundamentales como Aristóteles y el equilibrio griego (“Podría decirse que con Aristóteles, Platón bajó a la tierra. Y si, desde un punto de vista platónico, la luminosidad del universo basado en las Ideas trascendentes quedó devaluada en el proceso, otros señalan que con Aristóteles el mundo se hizo mucho más inteligible y consideran que su enfoque fue una modificación necesaria del idealismo de Platón”); el dualismo materia/espíritu y Atenas/Jerusalén en el cristianismo y Agustín de Hipona (“un individuo cuya influencia en el cristianismo occidental sería de una amplitud, profundidad y duración sin parangón. Pues en Agustín todos estos factores (el judaísmo, la teología paulina, el misticismo de Juan, el primer ascetismo cristiano, el dualismo gnóstico, el neoplatonismo y el estado crítico de finales de la civilización clásica) se combinaron con las peculiaridades de su carácter e historia personales para definir una actitud respecto de la naturaleza y de este mundo, de la historia humana y de la redención del hombre, que durante mucho tiempo habrían de modelar el carácter del cristianismo occidental medieval”); la figura paradójica de Ockham (“hombre completamente medieval a la vez que extrañamente moderno [...], nacido poco después de la muerte de Tomás de Aquino, empleó la misma pasión que éste por la precisión racional, pero llegó a conclusiones absolutamente distintas”]; Locke, que “estableció el tono de la Ilustración con su afirmación del principio fundamental del empirismo: no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”; Kant, cima del pensamiento filosófico y fundador de la modernidad (“el desafío intelectual al que hizo frente Immanuel Kant en la segunda mitad del siglo XVIII era aparentemente imposible de resolver: por un lado, reconciliar las aspiraciones de la ciencia al conocimiento cierto y auténtico del mundo con la afirmación filosófica de que la experiencia nunca podría dar origen a ese conocimiento; por otro, reconciliar la aserción de la libertad moral del hombre, tal como la postulaba la religión, con la afirmación científica según la cual la naturaleza está absolutamente determinada por leyes necesarias”) y su contemporáneo Goethe, que “si bien, al igual que Kant, reconocía el papel constitutivo de la mente humana en el conocimiento, percibía la verdadera relación del hombre con la naturaleza como la superación del dualismo kantiano. A juicio de Goethe, la naturaleza lo impregna todo, incluso la mente y la imaginación humanas. De ahí que la verdad de la naturaleza no exista como algo independiente y objetivo, sino que se revela en el acto mismo de conocimiento humano”; “el extraordinario logro filosófico” de Hegel (“inspirándose en la filosofía griega clásica, el misticismo cristiano y el romanticismo alemán para construir su sistema, que lo abarcaba absolutamente todo, Hegel enunció una concepción de la realidad que trataba de relacionar y unificar hombre y naturaleza, espíritu y materia, humano y divino, tiempo y eternidad”) o de Jung, que “encontró pruebas de un inconsciente colectivo común a todos los seres humanos, estructurado de acuerdo con poderosos principios arquetípicos. Aunque no había duda de que la experiencia humana estaba condicionada localmente por una multitud de factores concretos de orden biográfico, cultural e histórico, todos ellos se integraban, en un nivel más profundo, en determinados modelos o modos de experiencia universales, formas arquetípicas que constantemente ordenaban los elementos de la experiencia humana en configuraciones típicas y daban continuidad dinámica a la psicología humana colectiva.”

Además de la filosofía, la religión, la ciencia y la psicología, en la construcción del pensamiento occidental, no sólo en su expresión formal, tiene un papel muy importante la literatura, que ha ido configurando una serie de arquetipos y modelos que perfilan ese pensamiento y lo consolidan culturalmente. Por eso Tarnas no pierde de vista esos referentes literarios (de Homero a Dante, de Montaigne a Shakespeare, de Virgilio a Petrarca, de Cervantes a Milton, de la literatura clásica al Romanticismo) y analiza con su admirable claridad expositiva algunas de las líneas fundamentales de la literatura del siglo XX, entre el existencialismo y el nihilismo, una de las zonas de confluencia de la filosofía y la literatura: 

La impotencia subyacente al individuo en la vida moderna presionó a muchos artistas e intelectuales a retirarse del mundo, a abandonar la liza pública. Cada vez eran menos los que se sentían capaces de abordar problemas que fueran más allá de la situación inmediata del yo y de su lucha privada por la sustancia, por no hablar del compromiso con las visiones morales universales que ya no parecían creíbles. La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.
[..,]
En los cuatro siglos de existencia del hombre moderno, Bacon y Descartes se habían convertido en Kafka y Beckett.

Era el preludio del pensamiento crítico de la posmodernidad, que -concluye Tarnas- “estimuló un vigoroso rechazo de todo el «canon» intelectual de Occidente, que durante tanto tiempo había sido definido y privilegiado por una elite más o menos exclusivamente masculina, blanca y europea. Las verdades heredadas con relación al «hombre», la «razón»,“la «civilización» y el «progreso» han sido denunciadas como intelectual y moralmente en bancarrota. Bajo el manto de los valores occidentales se han cometido demasiados pecados. Hoy se lanzan miradas desencantadas hacia la larga historia occidental de expansionismo y explotación despiadados: rapacidad de las elites desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos, sistemático medrar a expensas de los demás, colonialismo e imperialismo, esclavitud y genocidio, antisemitismo, opresión de las mujeres, la gente de color, las minorías, los homosexuales, las clases trabajadoras y los pobres, destrucción de sociedades indígenas en todo el mundo, arrogante insensibilidad para con otras tradiciones y valores culturales, cruel abuso de otras formas de vida, devastación ciega de prácticamente todo el planeta.
  En este contexto cultural radicalmente transformado, el mundo académico contemporáneo se ha preocupado cada vez más por la deconstrucción crítica de los supuestos tradicionales a través de diversas modalidades de análisis que en parte se superponían unas a otras: sociológicas y políticas, históricas y psicológicas, lingüísticas y literarias. ”

“La más lúcida y concisa introducción que he leído sobre las grandes líneas del pensamiento occidental que cualquier estudiante debería saber. Su estilo es elegante y transporta al lector con el ímpetu de una novela”, dijo Joseph Campbell de La pasión de la mente occidental.

Un libro que se cierra con un iluminador Epílogo que recopila e integra en una visión de conjunto la evolución del pensamiento occidental a través de cuatro ejes de referencia: El doble vínculo poscopernicano, Conocimiento e inconsciente, La evolución de las cosmovisiones e Integrar los opuestos.

En el primero de esos cuatro apartados habla Tarnas del doble vínculo del hombre con el mundo en la condición existencial de la modernidad y de la insignificancia del hombre en el vasto universo indiferente:

En la evolución posterior del pensamiento moderno, cada uno de estos cambios fundamentales, que aquí asocio simbólicamente a las figuras de Copérnico, Descartes y Kant, han sido sostenidos, extendidos y apurados hasta sus últimas consecuencias. Fue así como el radical desplazamiento copernicano del centro cósmico que sufrió el ser humano se vio enfáticamente reforzado e intensificado por la relativización darwiniana del ser humano en el flujo de la evolución, ya no ordenado divinamente, ya no absoluto ni seguro, ya no la culminación de la creación, el hijo preferido del universo, sino tan sólo una más de sus especies efímeras. Inserto en el cosmos inmensamente expandido de la astronomía moderna, el ser humano, otrora noble centro del cosmos, revolotea sin rumbo, convertido ahora en un habitante insignificante de un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella como cualquier otra en el borde de una galaxia entre miles de millones, en un universo indiferente y, en última instancia, hostil.

Y remata la última sección del Epílogo (Integrar los opuestos) con estos párrafos sobre “la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente” que cierran esta obra portentosa:

Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla.
[...]
¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.
Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado… y completado, en el abrazo con lo femenino.