Obra completa en prosa de Muñoz Rojas
«Poética es la prosa de las Historias de familia, pero como los asuntos de las distintas narraciones que componen el volumen proceden de la vida real y aun de la experiencia con que cualquier hombre sensible pudiera subrogarse, la expresión está conseguida con toques de una profunda verdad en el matiz, en la observación, en el análisis», apuntaba Melchor Fernández Almagro cuando reseñaba en 1945 en ABC las recién publicadas Historias de familia, el libro de José Antonio Muñoz Rojas que abre el primer volumen de su Obra completa en prosa en la magnífica edición que publica Pre-Textos.
La introduce un espléndido prólogo de Enrique Andrés Ruiz, José Antonio Muñoz Rojas en su prosa y su espejo, en el que repasa su trayectoria literaria y la evolución de su trayectoria prosística entre Historias de familia y Dejado ir y se pregunta: “¿Cómo es un escritor, una vez partido el espejo literario sobre el que ha volcado la imagen de su deseo, esa imagen, hoy diríamos aspiracional, con la que nos ha seducido? En el caso de José Antonio Muñoz Rojas, quien quiera saberlo debe ir a su prosa: ese es su espejo partido.”
Se ha ocupado de la cuidada edición del volumen Sergio Suárez Blanco, que en la nota inicial explica que “han pasado ya diecisiete años de la publicación de la obra completa en verso de José Antonio Muñoz Rojas (y dieciséis de la muerte del propio poeta, en septiembre de 2009). Tal vez convendría decir, junto con María Victoria Atencia, refiriéndose ella a la recopilación de la poesía de Muñoz Rojas que publicó el Ayuntamiento de Málaga en 1989, que «aún cabría esperar un segundo volumen, el de su prosa, que yo –como Fernando [Ortiz]– nunca he sabido diferenciar de su poesía».
He aquí pues, aunque con quizás excesiva tardanza, este segundo volumen, que vendrá acompañado de un tercero y hasta quién sabe si de un cuarto, puesto que la prosa de Muñoz Rojas no cabría en un solo tomo que pretendiera ser manejable y legible antes que un centón enciclopédico.”
Y añade: «No ha sido ni sencilla ni obvia la decisión de qué títulos agavillar para este volumen. Se imponían en principio razones de orden cronológico que invitaban a juntar los primeros libros en prosa que Muñoz Rojas fue publicando: Historias de familia (1945), Las cosas del campo (1951), Las musarañas (1957); y junto con ellos Las sombras, que no apareció sino hasta la reedición de los dos últimos en 1976. Orillando otros libros misceláneos con vistas al segundo tomo, hemos optado por incorporar La gran musaraña (1994) por su carácter unitario y su pertenencia, como los restantes libros, al mundo de Antequera, sus tierras y sus gentes, que no es otro que el mundo de su infancia y juventud».
Así describía Vicente Aleixandre la Casería del Conde, la finca antequerana que fue el paisaje vital y literario de Muñoz Rojas hasta que se trasladó a Madrid a principios de los años cincuenta: “Una casa alta sobre un alcor, junto a un son de agua, y a los pies corren, vuelan, ascienden, campo arriba, campo abajo, en el altozano, en la cañada, por el otero, en la hoz, las hojas proseguidoras, propagadas, continuas, desplegadoras sobre el haz de la tierra, de los olivos. Al otro fondo están las mieses. Acá la huerta ubérrima, y todavía allá, muy más allá, las herrizas, los pelados cabezos, el viento, el cielo azul… El espacio.”
Ese paisaje genera una inolvidable imagen estilizada de la Andalucía profunda del olivar y la ancha soledad que figura como telón de fondo de toda la obra de Muñoz Rojas y constituye el centro y la raíz de su libro central, Las cosas del campo (1951), un conjunto portentoso de cuadros descriptivos breves, unidos por el lirismo y la emoción, por la ensoñación meditativa y la rememoración melancólica que desencadenan el despliegue de su potente y matizada prosa poética sobre un leve sustento narrativo y una firme base autobiográfica. De Las cosas del campo escribió Dámaso Alonso que es “el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre (es decir, desde que leí Platero y yo).”
En el pórtico que fijaba la presencia del paisaje como centro, su temple vital y su tonalidad estilística escribía Muñoz Rojas:
Sé algo de la tierra y sus gentes. Conozco aquélla en su ternura y en su dureza, he andado sus caminos, he descansado mis ojos en su hermosura. Los cierro y la tengo ante mí. Tierras duras, alberos y polvillares, breves bugeos, largos cubriales; aquí se riza una loma, allá se quiebra una cañada, se extiende una albina, tiembla un sisón de vuelo lento. Todo el campo vuela pausadamente. Las herrizas se coronan de coscojas, aquí una encina huérfana canta una historia. Las encinas solitarias son los dientes que le quedan al campo para mascullar una historia de montes sonoros con grandes encinas y muchas jaras, con sombras apartadas y rincones que nadie había hollado, cuando reinaba la alimaña y tenía libertad la primavera.
Hoy... El campo lo dice claro. Hasta aquí llegaba el arado, por allí comenzaba la realenga; dos mil años tienen estas encinas, apenas ciento estos olivos. Y el verdor ceniciento o plata de los olivos según el viento. ¡Cómo se parecen en su seriedad, en su grande monotonía, al mar! ¡Qué de sangre ha regado estos campos! No sangre roja, ni derramada, sino sangre labradora, sudor y lágrimas. ¡Cuánto sueño, cuánta esperanza cuentan estas lindes tan caprichosas al parecer, tan fieles a la Poesía en realidad! ¡Cuánta riqueza humana!
Yo me estremezco andando estas realengas, cruzando estas lindes, asomándome a estas herrizas. Me siento extrañamente eterno. Me hundo en el campo y gusto en mi espíritu tanta amargura suelta, tanta dulzura recogida en estos anuales surcos y sementeras. Año tras año, sol a sol, surco a surco, se va el hombre atando a la tierra, enterrándose en ella. Andamos sobre sus sudores, sobre sus ilusiones y sobre sus huesos. Por eso tiemblo algo cuando voy por estos campos, por eso canto. Y tengo miedo de no poder acabar una vez comenzado. Empiece por donde empiece, no acabaré. Se me quedará la canción a medio camino, entre los labios. Pero la tierra la seguirá cantando. La oirán las alondras, los alcaravanes, algún matutero a deshora por la veredilla, algún extraviado entre los olivos, algunos amantes que busquen la complicidad de la noche y la dureza de la tierra para darle lo suyo al amor. ¡Oh canción tan inútil y tan necesaria como esta enorme y anual cosecha de florecillas ignoradas!
Seis años después de Las cosas del campo, en 1957, publicó Muñoz Rojas Las musarañas (1957), la evocación de una geografía emocional -casa, campo y jardín- ligada a la búsqueda del mundo de la infancia a través de la recuperación de su mirada. Un mundo idealizado, recorrido por la melancolía agridulce y dolorida ante la pérdida del paraíso y los estragos irreversibles del tiempo. Este es el texto homónimo que abre el libro y explica su título:
¡Oh celestiales! ¡Oh divinas! ¡Oh criaturas, compañeras de aquella edad! Estabais dondequiera, salíais de todos los rincones, nos aliviabais en todas las dolencias. Cuando los días se hacían largos, cuando había que quedarse quietecitos —Dios sabría por qué con aquellas hormigas que se nos paseaban por las piernas—, cuando dentro había un bulto negro avanzando, cuando la escuela era aburridísima, o predicaba aquel padre que todo era ísimo, ísimo, ísimo, de pronto algo que, ¿cómo se llamaría aquello que nos sacaba de la dolencia de las gentes pesadas, de las horas pesadas, de los sermones pesados? ¿Cómo se llamaría? Intuíamos que sin nombre no tendría existencia.
—Te quedas ahí pensando en las musarañas.
¡Ya estaban aquí! Claro. Eran ellas. Las musarañas, insectos, animalillos, ángeles. Algo tenía que ser. Si no, no cabía que, sin presencia de alguien, se cambiara tan hondamente el contorno.
Así, cuando estábamos solos sin estarlo, cuando nos divertíamos sin reír, cuando soñábamos sin sueño, las musarañas estaban presentes, angélicas, efectivas, consoladoras. Lo malo es que, a veces, descansábamos en su esperanza y no venían. Nos quedábamos sin consuelo, sin musarañas. Estábamos verdaderamente solos.
Y era horrible.
Esa tendencia melancólica se incrementará en Las sombras (1976), complementario de los dos anteriores, un conjunto de textos nostálgicos que rememoran desde la añoranza y el desengaño las figuras de seres y lugares desaparecidos, rebajados ya a la condición de esas consoladoras sombras inmateriales que resume el título, que es también el de su texto inicial:
Las sombras
¿Dónde andáis, sombras amigas? Nombre tuvisteis una vez, cuerpo y amor. Temblando me acerqué a vosotras, me llevasteis de vuestra mano a todos los descubrimientos, me asomasteis a la noche donde están los misterios, a los acantilados donde el mar a veces desvela su secreto. Por los ríos de la esperanza fuisteis mostrándome el revés tangible de tantas cosas como mi imaginación, hecha de deseo y esperanza, había tocado. Por las tardes me llevasteis a las moradas tras cuyas paredes estaban los seres que tanto nos habían estremecido en las ensoñaciones adolescentes. Sombras con nombre que ni a pronunciar me atrevo, que tan hondamente llevo escrito dentro. Venía vuestra mano salvadora o vuestra voz a punto, o vuestra hermosura preparada, a hacer doloroso o profundo el instante. Sois hoy como esos limos que las laderas depositan en los valles y que hacen los suelos propicios a la fecundidad. Tras desaparecer tangiblemente, ¡qué consuelo no tangible habéis sido, continuáis siendo, tantas noches en que otras sombras han venido a cargar el latir del corazón! Al simple resorte de la evocación, fieles y dispuestas habéis deshecho los nudos de la angustia, abierto los postigos a la luz consoladora, roto mágicamente la red del tiempo y nos habéis hecho ingrávidos sobre él y el espacio, recuperados a la esperanza, devueltos a la libertad.
El último título incluido en este primer volumen es La gran musaraña, un libro publicado en 1994 en el que recogerá otra parte de sus memorias a través de los hechos más relevantes de su biografía. Se abre con esta significativa Advertencia que avisa al lector del contenido de sus páginas:
No parece que tenga demasiado sentido salir ahora, mediados mis ochenta, publicando las memorias y evocaciones que llenan esta Gran Musaraña. Sentido pudieran tener de haber sido yo hombre de alguna relevancia pública, en cualquier campo de la vida, social, política o literaria. No ha sido ese mi caso. Todo lo que aquí se cuenta de una manera errática, desigual y desordenada, son los acaeceres de un niño huérfano temprano, criado por la ternura de una abuela en una vieja casa andaluza; de un adolescente no demasiado feliz en sus años escolares; de un joven, con ciertas inquietudes literarias y la natural ingenuidad de darles aire cuanto antes, por los años veinte; de un español, cogido igual que tantos, por una desgraciadísima conflagración, cuyas huellas y cicatrices aún perduran, por los años treinta. Para quien conozca alguno de mis escritos anteriores he de advertir que hallará en éstas referencias y reiteraciones aparecidas en aquéllos. Inevitables ya que muchas veces la vida es mera reiteración, tal es mi caso.
Culminaba así Muñoz Rojas medio siglo de escritura de una prosa de admirable calidad, llena de matices y sugerencias y enorme capacidad evocadora, atravesada por la recreación del paisaje personal y la reconstrucción de la memoria, entre la emoción y la melancolía, el sentimiento del tiempo y una excepcional altura estilística.

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