05 octubre 2026

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

 



Sucedió pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
Llegando a nosotros dijo:
-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo a asirme de la mano izquierda, dijo:
-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
-Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

Es una de las páginas más memorables de la historia de la prosa en español, el Prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra póstuma de Cervantes, que firmó el 19 de abril de 1616, cuatro días antes de morir el sábado 23, la dedicatoria al Conde de Lemos («Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir»).

La había empezado a escribir muy a finales del XVI y los cambiantes rasgos estilísticos y de enfoque temático entre los dos primeros libros y los dos finales de los cuatro en que la organizó Cervantes permiten reconocer dos partes bien diferenciadas e inferir que hubo no solo una redacción diferida, sino una probable interrupción entre los libros I y II (1599-1605) y los libros III y IV (1612-1616), aunque muy posiblemente en algunos momentos Cervantes alternara su escritura con la del Quijote y con algunas de las Novelas ejemplares.

De hecho, una de esas novelas, La española inglesa, un Persiles en miniatura, escrita entre 1609 y 1611) marca el cambio de una parte a otra con la intensificación de su temática religiosa y la concepción de la peregrinación que es su eje como un proceso de perfeccionamiento espiritual que en el Persiles arranca de las tierras nórdicas y bárbaras de Tule y Frislandia para acabar en la Roma capital de la cristiandad y sede papal. El viaje físico desde los límites septentrionales del mundo hasta su centro espiritual se convierte así en itinerario apologético y en peregrinación simbólica del camino de la humanidad desde la barbarie a la civilización cristiana.

En todo caso, sabemos con seguridad que cuando publica las Novelas ejemplares tenía bastante avanzada, si no terminada, la composición de los dos primeros libros, porque en su admirable Prólogo al lector afirma que «tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza.»

También en la dedicatoria de las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos («Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín») y al final del prólogo de la Segunda parte del Quijote («Olvidábaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando») se referirá Cervantes al Persiles como un libro de inminente publicación.

Historia septentrional fue el subtítulo orientador que Cervantes le puso a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, una obra narrativa barroca que integra el idealismo y el realismo y responde a los rasgos genéricos de la novela bizantina de aventuras que tiene como modelo  reconocido y declarado la Etiópicas (Teágenes y Cariclea), de Heliodoro, o el Leucipa y Clitofonte, de Aquiles Tacio: los azares, las casualidades y peripecias que protagonizan en sus viajes paralelos una pareja de amantes, Persiles y Sigismunda en este caso, dos príncipes nórdicos que ocultan su identidad y cambian sus nombres por los de Periandro y Auristela, los ritos de paso, las navegaciones y los naufragios, los secuestros y las desapariciones, los disfraces y las fugas, la anagnórisis y las revelaciones del reencuentro en un final feliz.

Con un itinerario geográfico y simbólico que se inicia en las tierras nórdicas de la Isla Bárbara y se desplaza a los países mediterráneos para culminar en Roma, en un viaje alegórico de perfección de la humanidad, el Persiles es posiblemente es la obra que Cervantes estimaba como mejor de las suyas y su éxito inmediato parecía darle la razón con nada menos que siete ediciones en 1617. 

En la dedicatoria del Quijote de 1615 al conde de Lemos se refería al Persiles como «libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible.»

Acuciado por la proximidad de la muerte, Cervantes la terminó con evidente precipitación, que ha dejado señales en algunos descuidos o en la redacción algo telegráfica de los últimos capítulos de la cuarta parte, que por cierto tiene catorce capítulos, mientras que las otras tres partes superan la veintena. Y además esos capítulos finales son notablemente más breves que los del resto de la novela. 

Pero en el conjunto de la novela Cervantes proyectó un palpable entusiasmo creativo y un despliegue imaginativo en el que hizo compatibles la fantasía y los recuerdos autobiográficos de los lugares de Italia y España que había conocido en persona.

Después del éxito inicial, el Persiles cayó en un olvido prolongado hasta que lo rescató el Romanticismo idealista alemán con Friedrich Schlegel, aunque no tardó mucho en convertirse en la novela menos leída de Cervantes.

La edición de Espasa, que acaba de incorporarlo a la Biblioteca Clásica Básica de la Real Academia Española con texto crítico de Laura Fernández y notas a pie de página de Ignacio García Aguilar, recuerda esas circunstancias en su texto introductorio, con estas líneas iluminadoras: «El Persiles alcanzó un gran éxito en el siglo XVII. Tras su publicación se sucedieron rápidamente numerosas ediciones y traducciones a varias lenguas europeas. Durante mucho tiempo, sin embargo, la última novela cervantina quedó relegada a un lugar secundario dentro de la producción de su autor. En las últimas décadas la crítica ha reivindicado el Persiles al margen de la comparación constante con el Quijote. Hoy la obra no se interpreta como un ejercicio menor, sino como la culminación de un Cervantes maduro, con un ideal artístico diferente, sustentado en la variedad narrativa y la complejidad estructural. Su lectura actual permite descubrir a un escritor que, en el tramo final de su vida, prefirió explorar nuevas posibilidades literarias antes que repetir esquemas que ya le habían asegurado el éxito.”