05 noviembre 2026

El estilo clásico en la música






“No ha sido mi intención hacer un análisis de la música del período clásico, sino describir su lenguaje. En música, como en pintura y arquitectura, los principios del arte «clásico» se codificaron (o, si se prefiere, se hicieron clásicos) cuando ya se había agotado el impulso que les diera vida: lo que yo he intentado es reconstruir su sentido de libertad y vitalidad. Me he limitado a estudiar a los tres grandes maestros de la época, pues mantengo la postura tradicional de que como mejor puede definirse la lengua musical es de acuerdo con sus logros. Es posible diferenciar entre el inglés que se hablaba en 1770 y el estilo literario de, digamos, el doctor Johnson, pero resulta más difícil trazar una línea divisoria entre el lenguaje musical de finales del siglo XVIII y el estilo de Haydn, e incluso parece dudoso que merezca la pena tomarse el trabajo de hacerlo.
Yo no comparto la creencia de que los grandes artistas se reconocen al oponerlos al entorno de mediocridad que los rodeaba: en otras palabras, que las calidades dramáticas de Haydn, Mozart y Beethoven son la consecuencia de haber violado las pautas que sus coetáneos imponían al público de entonces. De ser así, las sorpresas dramáticas de Haydn, por poner un ejemplo, perderían parte de su eficacia a medida que nos fuéramos familiarizando con ellas, cuando lo cierto es que todos los amantes de la música han sustentado siempre la opinión diametralmente opuesta: es decir, las bromas de Haydn parecen más ingeniosas cada vez que se interpretan. Cierto es que a veces una obra puede hacérselos insoportable de tan conocida; a pesar de todo, pensemos únicamente en unos ejemplos muy triviales: el movimiento inicial de la Heroica y los dos toques de trompeta de la Leonora núm. III asombrarán siempre, por su inmensidad, a todo aquel que escuche una y otra vez estas obras. Ello se debe a que nuestras expectativas no son externas a la pieza, sino que están implícitas en ella, es decir, es la obra musical la que determina sus términos”, escribe Charles Rosen en el Prefacio de El estilo clásico, un monumental tratado de musicología que publica Alianza Sendas con traducción de Elena Giménez Moreno y Barbara Zitman en la edición ampliada que apareció en 1998, un cuarto de siglo después de su primera versión de 1971.

Charles Rosen (Nueva York, 1927-2012), prestigioso pianista, crítico musical y profesor de música en las universidades de Chicago, Oxford y la State University de Nueva York y autor de varios libros clave en la historia de la música, como Música y sentimiento, Las sonatas para piano de Beethoven o Las fronteras del significado, obtuvo con esta obra el American National Book Award.

Como indica el subtítulo, Haydn, Mozart y Beethoven, los tres gigantes de la Escuela de Viena, son los referentes de este estudio sobre la renovadora creatividad de la música clásica. Un estudio que arranca del lenguaje musical de finales del siglo XVIII para abordar la coherencia del lenguaje musical en el estilo clásico y centrarse luego en la evolución de Haydn desde 1770 hasta la muerte de Mozart como autor de cuartetos de cuerda y compositor sinfónico; en las óperas serias de Mozart y Beethoven (Idomeneo y Fidelio) y en óperas bufas como Don Giovanni y Las bodas de Fígaro y en su facilidad de estilo, con la que destruyó el dogmatismo de la música neoclásica.

A Mozart le dedica Charles Rosen el capítulo central del libro, entre Haydn y Beethoven: sus conciertos para piano y orquesta, los cuartetos y quintetos de cuerda, las sonatas para piano y la ópera cómica son los géneros musicales que analiza a través de sus piezas más representativas como La flauta mágica.

Y tras el capítulo dedicado a la prolífica obra de Haydn durante los diez años posteriores a la muerte de Mozart (“catorce cuartetos de cuerda, tres sonatas para piano, catorce tríos para piano, seis misas, la Sinfonía Concertante, la Creación, las Estaciones, doce sinfonías y un gran número de piezas menores”), al estilo popular, el trío para piano y la música sacra de las Misas y los oratorios, Rosen se centra en la obra de Beethoven, sobre cuya obra afirma:

El antagonismo generacional y el cambio de modas entre una generación y la siguiente son fenómenos bien conocidos en la historia de los estilos. A todo esto suele imputársele a veces un peso excesivo. Los cambios debidos únicamente a la reacción sólo en contadas ocasiones son profundos. Beethoven, a pesar de toda su proclamada independencia de anteriores influencias, y a pesar de su evidente resentimiento con Haydn, no supone un desvío radical del estilo de Haydn y Mozart, comparable a la ruptura con el pasado que protagonizó la generación de Schumann y Chopin. En cuanto a Mozart y Haydn, el antagonismo con las generaciones siguientes apenas si llegó a alcanzar un plano personal. Los cambios de moda entre las generaciones, en el peor de los casos, son meros pretextos y, en el mejor, refuerzos de la estrategia de los revolucionarios. Beethoven transformó la tradición musical que le había visto nacer, pero jamás puso en duda su validez. Aun cuando se quejó del patrocinio de Haydn e incluso de su apoyo y ayuda, jamás abandonó sus formas ni su técnica en gran medida. Tampoco, desde el punto de vista musical, expresó otra cosa que adoración hacia Mozart, incluso cuando condenó el aspecto de moral frívola de los libretos de sus óperas.
De hecho, con el paso del tiempo, Beethoven estuvo cada vez más cerca de las formas y las proporciones de Haydn y Mozart.

En esta edición ampliada Rosen añadió un nuevo capítulo de sobre los últimos años de Beethoven y las convenciones musicales que heredó de Haydn y Mozart.  Ese capítulo culmina este estudio canónico sobre el lenguaje de la música clásica, que se articuló en torno a tres propuestas características: el ritmo, la armonía y la melodía.

Sobre la evolución de ese estilo clásico y el cambio tonal hacia el Romanticismo musical con Chopin, Liszt, Schumann y Schubert escribe Rosen en el Epílogo:

Todo estilo, cuando ya no es un modo natural de expresión, adquiere una nueva vida -una existencia indefinida entre la vida y la muerte-, una especie de prolongación del pasado. Nos imaginamos que podemos revivir este pasado a través de su arte, perpetuarlo al seguir trabajando dentro de sus convencionalismos. Para conseguir esta ilusión de revitalizar la historia, hay que impedir que el estilo renazca verdaderamente. Los convencionalismos, las formas pierden su significado original a fin de asumir la nueva responsabilidad de evocar el pasado. Este proceso de osificación es una garantía de respetabilidad. En su estado original, el estilo clásico no podía comportar tales seguridades: Don Giovanni y la Heroica fueron motivos de escándalo, las Sinfonías Londres sublimemente impertinentes. Sin embargo, lo mismo que a Mozart la fuga haendeliana le sirvió para plasmar la excelsa seriedad del ritual sagrado, las formas sonata en las sinfonías y en la música de cámara de Mendelssohn y Schumann son ensa- yos de decoro y respeto. En tales obras, que por desgracia no gozan hoy del favor del público, la evocación del pasado es sólo secundaria: se intenta alcanzar el prestigio del estilo imitado. Sin embargo, con Brahms la sensación de un pasado irrecuperable es omnipresente, resignadamente ecléctica, ambigua y carente de ironía. La profundidad de este sentimiento de pérdida dio a la obra de Brahms una intensidad inalcanzada por ningún otro imitador de la tradición clásica; cabría decir que Brahms compuso con la convicción -que él expresaba con toda franqueza- de haber nacido demasiado tarde. Por lo demás, la tradición clásica se pudo utilizar de modo original únicamente cuando se impregnó de ironía, la ironía de Mahler, por ejemplo, quien utilizó las formas sonata con el mismo fingido respeto que tienen sus fragmentos de trilladas melodías de danza. Los auténticos herederos del estilo clásico no fueron aquellos que perseveraron en sus tradiciones, sino los que, desde Chopin a Debussy, supieron conservar la libertad del estilo al mismo tiempo que, gradualmente, fueron alterando -y al fin acabaron por destruirlo- el lenguaje musical que permitió la creación de dicho estilo.